Diferir de Hawking (la Tercera Guerra Mundial comenzó)

Por ANDRÉS TAPIA

El 5 de noviembre del año 2006, la BBC transmitió en el Reino Unido el que fue el capítulo número 6 de Planet Earth, una serie documental narrada por Sir David Attenborough y cuya realización tomó cinco años. Se tituló “Ice Worlds” y su temática versaba en torno a la vida animal en el Ártico y la Antártida.

Una de sus secuencias –acaso una de las más extraordinarias que se hayan filmado jamás debido a las implicaciones técnicas que supuso su grabación y al dramatismo intrínseco de la misma– exhibe a un oso polar macho que, obligado por el deshielo, abandona la placa continental y nada una distancia aproximada a 100 kilómetros con tal de encontrar comida.

En otros tiempos una aventura tal hubiese sido imposible, pero el instinto de supervivencia de los seres vivos, entre los cuales –para bien o para mal– se cuenta la especie humana, ha convertido a la narrativa del suicidio en épica.

Agotado y flaco después de semanas de viaje, el oso polar encuentra una isla habitada por una colonia de morsas: la travesía ha valido la pena… o al menos eso es lo que uno quisiera creer. Es sólo que, como cualquier otro ser vivo, las morsas también están empeñadas en sobrevivir y se agrupan, pertrechan y atrincheran, de modo que las crías queden lejos del alcance del predador que, en sus múltiples intentos de ataque, recibe numerosas heridas propiciadas por diversos y filosos pares de gigantescos colmillos.

Extenuado, el más grande de los osos que pueblan el planeta Tierra se tiende sobre un montón de rocas para morir.

El pasado 2 de diciembre, el científico británico Stephen Hawking, publicó en el periódico The Guardian una columna de opinión que, en ocasión de su título, parecía un alegato verde y ecológico: “Este es el tiempo más peligroso para nuestro planeta”.

Lo es y no.

Hawking, una de las mentes más brillantes que ha conocido la humanidad en toda su historia, no sólo por la profundidad y asertividad de su pensamiento sino por tratarse de un hombre que a los 21 años de edad fue diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica –una enfermedad degenerativa neuromuscular que en su progresión resta, restringe e inhabilita al fin la capacidad motora del cuerpo humano–, y sentenciado a morir en un lapso no mayor a tres años.

Era 1963 cuando Hawking conoció su destino. Estudiaba en la Universidad de Cambridge y aspiraba a conseguir un doctorado en física. Una a una, las partes de su cuerpo dejaron de responderle: un día una mano; el otro, un pie. Más tarde la otra mano: el brazo completo. Y luego una pierna, la otra pierna completa. La mano que faltaba. Pero no murió.

Hoy en día y desde hace algunos años, habita una silla de ruedas desarrollada por la compañía Intel que, a partir de un ordenador, funciona mediante movimientos leves y casi insignificantes de su cabeza y sus ojos, y la cual mediante la función muscular de su mejilla derecha –aparentemente el único músculo del cual conserva control– es capaz de comunicarse con su entorno y con el Mundo.

Para mí, la preocupación más alarmante de este tópico es que, más que en ningún otro tiempo de la historia, nuestra especie necesita trabajar en conjunto. Y es así porque enfrentamos retos ambientales imponentes: el cambio climático, la producción de comida, la sobrepoblación, el exterminio de otras especies, las epidemias, la acidificación de los océanos.

Es sólo que el alegato aparentemente ecológico de Stephen Hawking se sustenta en los acontecimientos políticos y sociales que han tenido lugar en la Tierra en el último año, en los últimos años. Los más recientes –y sustanciales– la salida del Reino Unido de la Unión Europea mediante el referéndum llamado Brexit, y las elecciones presidenciales en los Estados Unidos que dieron como ganador a Donald Trump.

Sea lo que sea que pensemos acerca de la decisión del electorado británico en torno a rechazar su membresía a la Unión Europea, así como la del pueblo estadounidense de aceptar a Donald Trump como su próximo presidente, los analistas políticos no tienen duda de que se trata de un grito de furia emitido por aquellos que sienten que han sido abandonados por sus líderes.

El fin justifica los medios, dicen. Pero las consecuencias del fin, aunque el uso de los medios se justifique, podrían ser catastróficas. Y, en consecuencia, injustificables.

En los últimos días, Donald Trump, el mesías de los rupestres agraviados y olvidados, ha provocado a China a partir de una conversación telefónica con la presidenta de Taiwan, Tsai Ing-wen, así como con sus declaraciones en torno a la captura de un drone submarino que Beijing ya se ha comprometido a devolver.

En tanto empresario, a Trump no le gusta que China –una paradójica, absurda pero funcional sociedad comunista que halló en el capitalismo una solución a su aislamiento geopolítico–, obtenga ganancias mayores como país y como empresa.

Envalentonado por su pene de quién-sabe-cuántos-centímetros, el cual fue fabricado a imagen y semejanza de sus acciones en la bolsa y en el Monopoly, Donald Trump provoca a un tigre acariciándole los colmillos, si bien en su caso es obvio que lo que toca son los genitales –como presumió hacía con las mujeres que se le acercaban.

Hace unas horas asesinaron al embajador de Rusia en Turquía. Hace unas horas, un camión que conducía un hombre desconocido arremetió contra una multitud en el centro de Berlín… al momento hablamos de 12 muertos.

El año de 1939, Adolf Hitler y Iósif Stalin convinieron un pacto para dividirse Polonia: así dio inicio la Segunda Guerra Mundial. Dos años más tarde, Hitler invadió la Unión Soviética de su aliado –pero al fin  granjero– Stalin.

Poco antes de escribir esto, me entero –tardíamente, por supuesto– que un individuo llamado Josh Bowmar, un estadounidense que vive en Ohio, cazó hace unos meses a un oso negro en Alberta, Canadá, y lo hizo con una lanza a la que colocó una cámara Go-Pro en uno de sus extremos. Era un oso negro, magnífico, que fue cazado por un imberbe fisicoculturista de tan sólo 26 años.

Podemos hacer esto. Soy un optimista extraordinario de mi especie, pero esto requerirá que las élites –de Londres a Harvard, de Cambridge a Hollywood– aprendan de las lecciones que nos dejó este año. Que aprendan, sobre todo, que existe una medida de la humildad.

Un oso polar nada 100 kilómetros para conseguir comida.

Cientos, miles de personas escapan de una guerra en Siria y aprenden a nadar y caminar miles de kilómetros… tan sólo para morir.

Josh Bowmar, un cavernícola postmoderno perfecto se vanagloria en YouTube de haber cazado a un oso negro en Alberta, Canadá, con una lanza hecha a imagen y semejanza de Mark Zuckerberg y el Pentágono.

Vladimir Putin y Donald Trump se vuelven aliados.

No soy nadie para cuestionar a Stephen Hawking, pero hoy tengo que diferir de su opinión: no soy optimista en torno a mi especie.

Coincido, sin embargo, en lo que dice franca y abiertamente: “Este es el tiempo más peligroso para nuestro planeta”.

Y en lo que desde el aislamiento doloroso y magnífico de su silla inteligente no se atreve a decir: “La Tercera Guerra Mundial ya comenzó”.

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