El blues del mago de Plaza Cortázar

Por ANDRÉS TAPIA

En la Plaza Cortázar, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, existe una tarde de noviembre, un mago que luce como un pordiosero, un árbol con dos letras inscritas en él y una historia que deambula y husmea por entre los pies de la gente. La tarde es azul y feliz. El mago finge ser infeliz. El árbol es tan grande que cobija al mago, a las letras y a la historia cuando ésta se cansa de vagar por ahí.

Con un poco de fortuna es posible contemplar todo el conjunto reunido, es decir: la tarde azul y feliz de noviembre, el mago que viste como pordiosero, el árbol, sus letras y la historia que de tanto husmear los pies de la gente en ocasiones parece un perro callejero. Y si ocurre así, entonces es como mirar un cuadro de Manet… pero en otro siglo.

Sin embargo, eso raramente tiene lugar. La tarde de noviembre sólo se presenta ahí cada noviembre, el mago sólo aparece cuando está triste y la historia, me cuentan, ahora vaga por toda Buenos Aires. Tan sólo el árbol y sus dos letras permanecen inamovibles en Plaza Cortázar.

Fueron grabadas con una llave antigua –una de esas grandes llaves de acero que pertenecen a otro tiempo– y un anhelo de eternidad. Cuando eso ocurrió, el mago no estaba ahí. Fue una noche de septiembre, una noche fría pero feliz, en la que la Luna se abrió paso entre el follaje y las ramas para iluminar los afanes de una mano errática que hirió sin malicia la corteza de aquel árbol.

El mago apareció el día siguiente. La historia también. El primero tendió su mesita de trucos dispuesto a encantar a la gente a cambio de alguna moneda. La segunda de pronto, de la nada, se posó en sus pies y los lamió con gratitud. Y entonces se marchó. El mago debió haberse quedado ahí, a ganarse la vida como lo hacen los magos callejeros, pero recogió su mesita con mucha celeridad y siguió de lejos, o de cerca (como a cinco pasos), a la historia que graciosa comenzó a escabullirse entre los pies de la gente.

Le siguió hasta el barrio de Boedo, a la calle de Castro Barros, y la miró introducirse en el número 1073. Como no podía ingresar ahí a riesgo de ser tomado por un ladrón, el mago llamó a la puerta y haciendo uso de su varita mágica, desapareció. Cuando el portero del lugar abrió la puerta, el mago, invisible como estaba, se escabulló. Encontró a la historia en el patio, tendida y rendida de cansancio en las baldosas multicolores, y cuando hizo el acto de aparecer delante de ella, ésta se estremeció y de nueva cuenta lamió sus pies. El mago le acarició la cabeza, los belfos, y la historia agitó su cola como si fuera un perro.

–Te espero mañana –le dijo–, a la misma hora y en el mismo lugar donde te encontré.

Dicho esto, el mago tomó de nuevo su varita mágica. Y desapareció.

La noche siguiente el mago se plantó en la Plaza Cortázar, justo enfrente de aquel árbol y sus dos letras, y mientras tendía su mesita de trucos hizo girar su cabeza, a un lado y hacia otro, como si buscara algo, como si buscara a alguien. La gente se reunió en torno suyo, una gran muchedumbre, y al conjuro de su varita mágica hizo aparecer de su sombrero siete conejos, una rosa, dos palomas y un rey de tréboles. Pero ni ese día, ni los que estaban por venir, consiguió que apareciera aquella historia que una noche de septiembre le lamió los pies.

Pasó el tiempo. Una noche de primavera, con mucho dolor, el mago se convenció de que aquella historia no aparecería nunca más. Recogió su mesita de trucos, se la echó a la espalda, y antes de partir posó su mano sobre aquel árbol, sobre aquellas letras, y con pervertida aflicción recorrió con la punta de los dedos las llagas labradas a la corteza de aquel árbol.

–¿Qué pasó aquí –se preguntó– que ni con toda mi magia puedo averiguarlo?

Tendría que decir que el mago tomó su varita mágica, que se tocó la cabeza, que esa noche desapareció al instante y que no volvió a Plaza Cortázar jamás. Pero no es así. Sé que le vieron aparecer el 28 de febrero, el 29 de marzo, todas los días de abril y la noche del 06 de mayo. Y también una tarde de noviembre, una tarde de mucho calor, en la que, vencido por el cansancio y la melancolía, casi sin darse cuenta, se derrumbó delante de aquel árbol y aquellas letras en la Plaza Cortázar.

No tendió su mesita de trucos, no cogió su varita no movió la cabeza. Se limitó a mirar sus pies, sus zapatos sucios, sus medias agujeradas y sus pantalones cortos remendados hasta el cansancio. Y de pronto, de la nada, aquella historia apareció. Husmeó sus pies, sus tobillos, las rodillas y un poco más allá. Movió la cola, sacó la lengua, dio tres vueltas sobre sí y de nuevo, como la primera vez, le lamió los pies.

El mago sonrió. Le acarició la cabeza, los belfos, le besó el testuz. Y tendió entonces su mesita de trucos, como hacia otrora, como hacia siempre, y se dispuso presto a encantar a la gente. La historia, que brincaba a su lado, comenzó a ladrar en ese instante. Y mientras lo hacía, un hombre y a una mujer se detuvieron en Plaza Cortázar, justo delante de aquel árbol, para observar con el asombro de quien contempla un milagro las letras talladas en él.

Hizo aparecer entonces de su sombrero un rey de tréboles. Y dijo:

–Les regalo un truco si me cuentan la historia de este árbol, de esta plaza, de estas letras.

Anuncios