La inocencia de Emma

Por ANDRÉS TAPIA

Hace unos años los ecologistas nos vendieron una imagen cierta, pero chantajista: un oso polar se mantiene en pie sobre un breve trozo de hielo que apenas lo contiene y flota a la deriva. Es la primavera en el Círculo Polar Ártico y eventualmente ese pedazo de hielo va a derretirse. La narrativa tramposa nos hace suponer que el más grande de los osos que habitan la Tierra terminará ahogado. Nada más falso.

Los osos polares son grandes nadadores, tanto que podrían rivalizar con Michael Phelps. Son capaces de nadar por horas, alcanzando una velocidad de 10 kilómetros por hora, y existen casos documentados en los que se les ha visto recorrer hasta 100 kilómetros sin descanso.

Es sólo que, por más poderoso que sea, ningún mamífero terrestre es capaz de nadar eternamente.

El cambio climático y el calentamiento global cada año derriten con mayor rapidez las capas de hielo que los osos polares requieren para poder cazar. Sin tierra firme de la cual poder asirse, se ven obligados a nadar en busca de alimento. En travesías que en ocasiones duran días, pierden masa corporal, agotan la grasa obtenida el año anterior y, eventualmente, se ahogan por cansancio o mueren de inanición.

El status de conservación de los osos polares, de acuerdo a la World Wildlife Fund (WWF) es el de vulnerable. En 19 regiones circunscritas en torno al Círculo Polar Ártico, se calcula existe una población de entre 22,000 y 31,000 individuos. No pocos, sin duda, pero los expertos advierten que tal universo habrá de reducirse a un ritmo de -30% durante las próximas tres generaciones (34.5 años).

El zoólogo estadounidense Steven Amstrup, así como otros científicos del US Geological Survey, han predicho que para el año 2050 se habrán extinguido dos terceras partes de los osos polares que habitan la Tierra, especialmente los que pueblan Europa, Asia y Alaska, así como menguado considerablemente la población del Archipiélago Ártico de Canadá y las regiones cercanas a Groenlandia.

Las cosas buenas se hacen en silencio, pero ante la absurda y aberrante decisión de Donald Trump de abandonar el Acuerdo de París, me temo que debo romper la discreción de esa regla.

Desde hace algunos años soy miembro, activista y donador de la WWF. Destino mensualmente una cantidad de dinero a esa organización, no sólo pensando en los osos polares, sino también en otras especies.

Por otras razones, no precisa y exclusivamente el cambio climático, los tigres (3,890 individuos), el leopardo de Amur (algo más de 60 individuos), los rinocerontes negros (algo menos de 5,000 individuos), los gorilas de la montaña (880 individuos), por mencionar algunos de los casos más dramáticos, se hallan en peligro crítico de extinción.

Hace unos años, en una entrevista que le hice al etólogo británico Desmond Morris, el también autor de El mono desnudo me dijo: “No somos ángeles caídos, somos simios ascendiendo”.

El diseño ganador de la especie humana, su capacidad para enseñorear a todos los demás seres vivos de la Tierra, hace mucho tiempo, por razones culturales, nos hizo revertir el proceso evolutivo en aras de una soberbia quizá auténtica pero nunca justificada.

El Acuerdo de París –en la práctica acaso más simbólico que efectivo–, supuso una negación de esa soberbia, la concientización de la humanidad, y un acto de humildad casi supremo.

La decisión de ese malnacido llamado Donald Trump, cuyos afanes sólo están alimentados por la soberbia, la envidia y un ultraliberalismo grotesco, supone un acto de guerra contra la naturaleza. Pero también equivale a la decisión idiota de darse un tiro en un pie.

Por fortuna, el mismo pueblo estadounidense, al menos la parte más consciente, le ha plantado cara al déspota e irá contra sus decisiones abyectas.

En alusión a una de las frases pronunciadas por Trump cuando anunció que Estados Unidos se retiraba del Acuerdo de París (“Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París”.), Bill Peduto, alcalde de la ciudad de los tres ríos, publicó un tweet extraordinario: “Como alcalde de Pittsburgh, les aseguro que, por nuestra gente, nuestra economía y nuestro futuro, seguiremos las directrices del Acuerdo de París”.

Hace unos 8 años, conocí a una niña, Emma Forgeron Ornelas, la hija de una pareja de amigos; en ese tiempo ella tendría cuatro de edad. Introspectiva y silenciosa, parecía habitar un mundo alterno. Quizá por ello nos hicimos amigos improbables, cómplices de una causa desconocida y acaso perdida.

En ocasión de uno de sus cumpleaños, pregunté a su madre si una colección de muñecas podría ser un buen obsequio. Ella dudó y me hizo dudar a mí. Decidí entonces hacerle un regalo simbólico, aunque también físico: vía online, compré una familia de tigres de peluche en el portal de la WWF. Una parte del dinero iría destinada a la conservación de esa especie. Emma recibió no sólo los tres peluches, sino también un certificado de adopción. Cuando lo supo, Emma me dijo que cuidaría muy bien a esa familia de tigres y preguntó a su madre dónde podría verlos. Andrea no supo qué decirle.

Emma nació en Francia. Hoy tiene 12 años y aún no ha perdido esa inocencia, que no es otra cosa que el “estado del alma limpia de culpa”.

En seres como Emma está cifrada una buena parte del destino del mundo.

Y también la existencia de los osos polares.

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