Entre el olvido, la memoria y Frank Underwood

Por ANDRÉS TAPIA

Un verso de una canción de Joaquín Sabina reza lapidario: “Más vale que no tengamos que elegir entre el olvido y la memoria”. El cantautor andaluz planteó tal disyuntiva en 1994, año en que la telefonía móvil era sólo el privilegio de unos cuantos y la Internet un mito urbano con los modos de una profecía.

La advertencia de Sabina, formulada al amparo del romanticismo, nada tenía que ver con el mundo en el que hoy vivimos. Y, sin embargo, hoy describe el modus operandi de los seres humanos, quienes puestos a elegir decidimos que era preferible el olvido en tanto podíamos hacernos de una memoria alterna que no ocupase espacio en nuestros cerebros.

¿Quién memoriza hoy el número telefónico de su madre, esposa, hijos, amigos? Lo suficiente, y precario, es memorizar el número propio y delegarle al smartphone la responsabilidad de almacenar nuestra vida. Es simple. Y macabro. Mientras nuestros teléfonos inteligentes acumulan información sobre nuestros hábitos, recuerdos, relaciones y perversiones, nuestras mentes divagan como ancianos seniles, valga la tautología, en un supermercado.

Premeditada aunque inconscientemente, soltamos el lastre y avanzamos por la vida. Pero cuando por la razón que sea es necesario mirar atrás, la cauda que nos sucede se ha difuminado tanto que es irreconocible o por lo menos vaga. ¿Qué hacía yo en 1994? ¿Quiénes eran mis amigos? ¿A qué lugares viajé? ¿A quién amé? ¿En dónde estaba?

La memoria de un smartphone, compartimentada a partir de aplicaciones, no es tan larga y extensa. En consecuencia, Facebook no nos devolverá recuerdos tan antiguos.

El año de 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional inició una guerrilla en el sur de México y por primera vez Estados Unidos albergó el Mundial de Fútbol.

Si viajara más atrás, a 1990, por ejemplo, sería capaz de recordar el encuentro inaugural entre Argentina y Camerún en el Mundial de Italia, el gol de cabeza de François Oman Biyik, mi paso por la universidad, mi trabajo en Televisa, mi novia de aquel tiempo.

En la celebración de los mundiales de fútbol y los Juegos Olímpicos, mi memoria halló un asidero para prevalecer. Los años que fechan tales eventos, son para mí mucho más memorables que aquellos que carecen de la efeméride. Es sólo que la llegada de la era de la Internet modificó sustancialmente mi manera de recordar la vida.

A despecho de la modernidad y las nuevas costumbres, no delegué a mi teléfono inteligente del control de mi vida. Tengo decenas de libretas en las que sin orden ni método escribo frecuentemente, documentando, eso sí, lugares y fechas.

No soy inmune, empero, al torbellino de los nuevos tiempos y los nuevos hábitos. Y en esta circunstancia he aprendido a cifrar el tiempo, mi tiempo, a partir de acontecimientos distintos a los deportivos.

Dejé de ver televisión durante muchos años. Una mañana de soberbia, incluso, me di el gusto de arrojar desde un quinto piso mi televisor como una muestra de mi poco aprecio por la otrora llamada “caja idiota”. Es sólo que, una tarde de principios de siglo, una amiga me invitó a comer a su casa y me hizo ver un episodio de la serie X-Files.

Sin proponérmelo, mi vida cambió.

En ese tiempo, había concluido la transmisión regular en televisión de la serie creada por Chris Carter. Nueve temporadas, nueve años, en los que viví en una suerte de oscurantismo. Diletante tardío, me di a la tarea de adquirir, una por una, las nueve temporadas en formato DVD. Y uno por uno, entre los años 2001 y 2004, devoré los 202 capítulos de la serie.

Caí en la cuenta de que la “caja idiota” había empezado a pensar y a modificar los contenidos que durante años aletargaron la capacidad de pensamiento y abstracción de los seres humanos. Tal revolución comenzó a finales de la década de 1980 con la serie The Wonder Years y lenta pero firmemente fue ganando adeptos.

Tras los X-Files me volví habitual de Los Soprano. Y en tanto no tenía televisión por cable, repetí el método: adquirir y ver, una por una, las seis temporadas, con la diferencia en esta ocasión de que tenía que aguardar un año para comprar cada una.

De ese modo, dejé de contar los años a partir de mundiales de fútbol, de Juegos Olímpicos.

Así, el invierno de 2011 me hice de la primera temporada de la serie Game of Thrones en formato de blu-ray. Y cada año, como si fuese el ritual celebratorio de la Navidad, me encontré esperando por la llegada de una nueva temporada.

Esa espera fue advertida por una naciente empresa de contenidos de televisión por Internet. Se llama Netflix, y no necesito abundar al respecto. El 1 de febrero de 2013, la compañía propiedad de Reed Hastings decidió poner al aire, por primera vez en la historia, la primera temporada completa de una nueva serie: House of Cards.

A partir de ese momento, miles de personas en todo el mundo hemos aguardado cada primavera por la llegada de una nueva temporada de las trapacerías de Frank Underwood.

El próximo martes 30 de mayo, en punto de las 00:00 horas, comenzará una noche de desvelo.

En el estreno de la quinta temporada de House of Cards cifro la llegada de un verano triste. Pero elijo la memoria, no el olvido.

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