No admitas nada. Niégalo todo. ¡Acusa al acusador!

Por ANDRÉS TAPIA

Hace algo menos de 23 años, el 21 de octubre de 1994, a través del canal de televisión Fox, se proyectó el sexto capítulo de la segunda temporada de la serie de ciencia ficción The X-Files. Se tituló “Ascension” y el slogan del mismo se componía apenas de dos palabras: Deny Everything (Niégalo todo).

En tanto la principal línea narrativa de la serie aludía a una conspiración orquestada por el gobierno de los Estados Unidos, el slogan Deny Everything no sólo parecía haber surgido de la imaginación de un extraordinario guionista de Hollywood, sino también de algún manual de contrainsurgencia de la CIA.

Esas dos palabras, empero, son apenas un fragmento de una premisa mayor: Admit Nothing. Deny Everything. Make Counter-Accusations (No admitas nada. Niégalo todo. Acusa al acusador). Contra todo pronóstico, su origen es incierto. Excepto por una nota breve que apareció en el periódico The New York Times el 12 de junio de 1987 (http://www.nytimes.com/1987/06/12/us/washington-talk-briefing-tribute-to-cia.html), el misterio detrás de esa frase parece destinado a formar parte de los X-Files.

La nota en cuestión relata el encuentro en Honduras entre el congresista demócrata Stephen J. Solarz, miembro del Comité de Asuntos Internacionales, y un oficial de la contra de Nicaragua. Este último llevaba puesta una gorra de beisbol con el diseño de una pirámide, en cuyos tres lados visibles de la base estaba inscrita la leyenda: Admit Nothing. Deny Everything. Make Counter-Accusations. Solarz preguntó al oficial dónde la había conseguido, y éste le respondió que la había comprado en una tienda de souvenirs en Langley, el distrito de Virginia en el que está situado el cuartel general de la CIA.

La ausencia de fuentes que confirmen su origen, no demerita la contundencia de la preposición ni obra en contra de su semántica, por más críptica que parezca. Hagámoslo más simple: Si te descubren (no admitas nada); si te cuestionan (niégalo todo); si insisten (¡acusa al acusador!).

El reporte The Global Surveillance Industry, auspiciado por Privacy International –una ONG británica fundada en 1990 que se dedica a vigilar, estudiar y proponer medidas en contra de actos subversivos e invasivos de la privacidad por parte de gobiernos y corporaciones–, documentó que el gobierno del presidente de México, Enrique Peña Nieto, adquirió un programa de espionaje que es capaz de intervenir un teléfono inteligente para hacerlo funcionar como un micrófono y una cámara remotos.

Dicho reporte apareció el año pasado, mucho tiempo antes que el reportaje que publicó esta semana The New York Times –firmado por Azam Ahmed y Nicole Perlroth, y en el que se denuncia que un grupo de periodistas, activistas y defensores de derechos humanos fueron víctimas de espionaje por parte de alguna agencia o institución del gobierno de México–, y al día de hoy no ha sido desmentido, cuestionado o incluso mencionado, en los tímidos alegatos que a ese respecto ha emprendido el estado mexicano.

El software, que hoy se sabe lleva por nombre Pegasus, es un activo de la seguridad nacional de México y fue creado por la firma NSO Group, con sede en Tel Aviv, Israel, con la intención de intervenir los teléfonos de criminales, terroristas, narcotraficantes y cualquier otra amenaza mayor a la seguridad de un estado.

Dada su naturaleza y la magnitud de su alcance, NSO Group se impuso un código de ética: el programa sólo estaría disponible para los gobiernos del mundo, siempre y cuando estos demostrasen un elevado compromiso con los derechos humanos. En este sentido resulta incomprensible su venta a México… pero esa es otra historia.

Hace unos días, en respuesta a la tormenta mediática que levantó el reportaje de The New York Times, Enrique Peña Nieto declaró en un acto público: “Espero que la Procuraduría General de la República con celeridad pueda deslindar responsabilidades y espero, al amparo de la ley, pueda aplicarse la justicia contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno”.

Un poco antes, en el mismo acto, Peña Nieto negó cualquier intervención en la vida privada de cualquier ciudadano mexicano, habló de un estado democrático maravilloso, si bien reconoció, sin mencionarlo específicamente, la adquisición de tecnología encaminada a la protección de la seguridad del país. En uno y otro caso se le miró vibrante, casi colérico, envalentonado y pendenciero.

Era un presidente muy distinto al que Jonathan Tepperman, editor en jefe de Foreign Affairs, preguntó en los últimos días del año 2013: “(…) ¿Y las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje estadounidense han dañado su relación con Washington?”.

“(…) esto es algo de lo que he hablado con el presidente Obama. No queremos que contamine la relación entre México y Estados Unidos. Sin embargo, es inaceptable que un país practique tal espionaje, especialmente si existe una buena relación entre ambos.

“Esta revelación es un tema que involucra no sólo a México, sino a muchos otros líderes del mundo. El espionaje es ilegal y considero que rompe la armonía y la cordialidad que debe existir entre nuestras naciones y pueblos.

“Dado que ahora se sabe, y considerando la posición de otros jefes de Estado sobre este asunto, esperamos que Estados Unidos, humildemente, reconozca lo que hizo y que no recurra a estos actos de ahora en adelante”.

Es muy probable que Enrique Peña Nieto ya no recuerde la respuesta que le dio a Tepperman, pero, si lo hace, entonces está siguiendo a pie juntillas un mantra cuyo origen es incierto y, sin embargo, parece salido no sólo de un expediente secreto X sino de un archivo oculto en algún sitio del Pentágono: Admit Nothing. Deny Everything. Make Counter-Accusations.

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