La medida de nuestra resiliencia

Por ANDRÉS TAPIA

Durante la Segunda Guerra Mundial, el sonido de sirenas solía anunciar a los habitantes del Reino Unido la llegada inminente de un escuadrón de bombarderos alemanes. La gente corría a los refugios subterráneos, si estos se hallaban cerca, o buscaba cobijo donde pudiera hallarlo. Para desmoralizar más a la población e infundirle miedo, los raids aéreos tenían lugar durante la noche o la madrugada.

Desde hace unos años, la Ciudad de México dispone de una tecnología que en cierto modo imita el sonido de las sirenas que despertaban a los británicos y les recordaban que estaban en guerra. Colocadas estratégicamente, una serie de bocinas se activan cada vez que el Servicio Sismológico Nacional detecta un movimiento inusual de las capas tectónicas del país y emite una alarma.

Cual si fuera un mantra, y emitida con el tono de gravedad que la situación amerita, una tarde o una mañana la capital de México puede escapar de su rutina al influjo de sólo dos palabras: “Alerta sísmica”.

Culturizada por el terremoto de 1985, la mayor parte de la sociedad suele actuar de manera civilizada. Todo el mundo afuera, en orden, uno por uno, y sin muchos aspavientos. Y si bien y el temor y el trauma persisten al sortilegio de aquel recuerdo, la repetición que da origen a la costumbre nos ha curtido la piel. Es eso y también la facultad que acaso involuntariamente hemos adquirido por habitar un sitio que parece ser el laboratorio de pruebas de la naturaleza y el infortunio.

Se llama resiliencia a la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Aunque en modo alguno se trata de un neologismo, en México la palabra se puso de moda desde hace unos pocos años, al grado de que personas que no sabrían distinguir entre un adjetivo y un sustantivo, vamos, entre el sujeto, el verbo y el predicado, la han convertido en un activo constante de su vocabulario y conocen con precisión su significado.

Como si no fuese suficiente padecer el karma geográfico, histórico y geológico de estar situados al sur de los Estados Unidos y justo encima de donde dos placas tectónicas (Cocos y Norteamericana) se sobreponen causando fricción frecuente entre ellas y en consecuencia acumulación de energía, los habitantes de México enfrentamos todos los días un hándicap que, a no dudarlo, nos ha situado en el Top Ten de la resiliencia.

El acto común e inconsecuente de volver a casa después del trabajo o el colegio, previa parada en un bar por una cerveza, equivale a pasar al siguiente nivel de un videojuego, en la conciencia de que no se ha ganado nada aún y que la aventura continúa.

A la bonanza de estar rodeados por dos océanos, debemos restar la constante presencia de huracanes en ambas costas. Ahora mismo tres fenómenos meteorológicos se desplazan por el Atlántico con la misma alegría con que un grupo de niños persigue un balón de fútbol. Mientras eso ocurre, las nubes avanzan por el centro del país transformándose de vapor a agua, ignorando con desdén que el norte de México es un territorio donde la sequía es eterna.

En el caso específico de la Ciudad de México, la acumulación de basura y el pésimo sistema de drenaje y alcantarillado, la han devuelto por momentos a la condición que guardaba cuando aún se llamaba Tenochtitlan.

En tal circunstancia, el alcalde de la ciudad, Miguel Ángel Mancera, debería estar ya en pláticas con Elon Musk, a quien le fascinaría desarrollar y comercializar vehículos anfibios para la renombrada CDMX. De otro modo, cualquier día podríamos ir al trabajo en un Mini Cooper y volver a casa en un armatoste inundado e inservible.

Eso, por supuesto, si antes no se hunde el suelo bajo las llantas de nuestro auto, como ocurrió hace unas semanas en una autopista cercana a la metrópoli, o bajo nuestros pies, como prácticamente ya ocurre todos los días.

Nuestra resiliencia no se alimenta únicamente, por supuesto, de la fatalidad de enfrentar los fenómenos naturales de temporada, sino de la descomposición social y de la incapacidad del gobierno de establecer el Estado de Derecho. Si consigues volver vivo a casa, es posible que lo hagas sin tu teléfono móvil, sin la billetera y, si has tenido mucha mala suerte, sin el auto con el que te marchaste por la mañana.

Te queda la vida, tu vida, y en la retórica que nos hemos inventado para consolarnos, eso es suficiente para volver a empezar de nuevo, para ignorar las desgracias o, por lo menos, para evadirlas. Ya llegará mañana, mañana siempre llega. Y, con él, otro día.

En la dialéctica perversa que da origen a ese pensamiento, nuestra resiliencia fortalece sus ya muy desarrollados músculos y se declara lista para enfrentar la siguiente tragedia. Como si nada hubiese pasado, repentinamente volvemos a sonreír y disolvemos nuestras desgracias en el macabro humor negro que, por fortuna, forma parte de nuestra cultura.

La sonrisa deviene en carcajada que con los modos de una epidemia impregna poco a poco el inconsciente colectivo.

Así, una noche volvemos a casa, con los pies deshechos, el ánimo roto, de buen humor o acaso tristes. Y lo único que nos apetece es mirar una película, leer un libro, echar un vistazo a Facebook o todo eso junto mientras una copa de vino nos relaja.

Y en eso estamos, haciendo lo posible por olvidar el sitio en el que vivimos, en el que estamos parados, cuando, casi a punto de la medianoche, una sirena y un mantra nos recuerdan lo que somos: ¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica!

Nuestra maldita resiliencia tiene medida: 8.2 grados.

Y sí, estamos vivos.

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