Una obra de arte (el asesinato de Andrés)

Por ANDRÉS TAPIA

Le dijeron que sería casi al final de la primavera, cuando faltasen unas tres o cuatro semanas para las elecciones, con la intención de que la inercia de los acontecimientos provocase que fuese imposible detenerlas y posponerlas. Fresca la sangre en las portadas de los periódicos, provocaría un maremágnum en el inconsciente colectivo del país, y si bien se convertiría en un Cristo, por ello mismo su reino ya no podría ser de este mundo.

Le dijeron que sería en el Norte, que ahí no lo querían, o al menos no tanto, que ahí el ecosistema social le resultaba particularmente adverso y, al mismo tiempo, la ominosa presencia de los cárteles del narcotráfico y sus pugnas por el control del mercado, les granjearían la coartada perfecta, máxime que era de sobra conocido que el candidato se rehusaba a aceptar los cuerpos de seguridad de la República.

Una emboscada, posiblemente, o el fuego cruzado de dos bandas criminales, o quizá algo más sofisticado, como un desperfecto en el auto, una llanta pinchada en una zona agreste y lejana, de modo que pudiera parecer un accidente. Pero, fuese como fuese, le dijeron que tendría que ser un sitio alejado del entorno urbano, un paraje solitario, una carretera olvidada, porque, por obvio que fuese, después de Kennedy y Colosio nadie creería nunca más en la teoría del asesino solitario.

Le dijeron que, de aceptar, se olvidara de todo lo que había sido su vida: familia, amigos, historia, recuerdos. Que lo sacarían del país clandestinamente y lo llevarían a un sitio donde su presencia no pudiese despertar la más mínima sospecha. Uno mencionó Australia, otro más Brasil y hubo algún idiota que incluso sugirió Islandia.

No tenía mucho que dejar atrás. En realidad no tenía nada. Había hipotecado su vida desde muy joven, cuando alguien le ofreció ingresar a la policía federal con la idea de tener una fachada respetable, si bien en los hechos tendría que aceptar, de antemano, que algunas veces jugaría del lado de los héroes y, algunas más, en el lado de los villanos.

Era así, es así, porque así funciona la política. Una mentira dicha entre dos verdades es mucho más convincente. Estaría en el mundo con dos caras, y representaría el papel de cada una con la convicción perfumada de un patriotismo patinado con monedas de plata.

Le dijeron que, si así lo quería, podría tener a su disposición armas, hombres, equipos sofisticados, todo lo que quisiera, pero que se decantase por la simplicidad, por la más ingeniosa de las ideas, por la ausencia de rastros, de restos y de testigos. Y esto se lo dijeron a propósito, con un propósito, que no era otro más que atizar su ingenio a partir de los devaneos de su ego con la gloria, el único rasgo de su persona que parecía tener correspondencia con la humanidad.

Les pidió tiempo, un par de semanas, y se retiró a descansar a una casa de campo en la ciudad de San Miguel de Allende, en donde, todas las noches, en el bar-terraza del Hotel Rosewood, mientras consumía Marlboros y bebía agua mineral, maquinó la forma de eliminar al candidato puntero en las elecciones presidenciales de 2018.

Volvió a verlos y preguntó si podría ser en el estado de Chihuahua, si habría alguna forma de atraerlo a uno de los pueblos que rodean las Barrancas del Cobre, no propiamente a los más turísticos, pero sí alguno cercano. La soledad del sitio, la orografía, las autopistas que bordean las montañas y la profundidad de las cañadas, casi podían garantizar una obra de arte.

“Una obra de arte… pero tienen que llevarlo ahí”, sentenció. “Es eso y conseguir que, por algún intrincado motivo, se sienta obligado a ir a esa región, en el tiempo acordado, y que sea algo que esté anotado en su agenda con al menos dos semanas de anticipación. Si lo consiguen, yo les doy a su muerto grande”.

Lo dijo con tal seguridad, que el silencio que siguió fue tan profundo que todos los ahí presentes pudieron escuchar, por un instante, el sonido de su presión arterial en aumento y los latidos de sus innobles corazones. Alguien asintió con la cabeza, o fue con la mirada, pero en ese momento se decidió.

Cuando preguntaron qué necesitaría para llevar a cabo la encomienda, pidió un vehículo de carga, el motor en excelentes condiciones, pero la carrocería deteriorada por los años, sin logos de ningún tipo, que estuviese registrado y que su uso fuese común y evidente en la región. Consecuentemente, tendría que incluir al propietario, para no dejar ningún cabo suelto, y en este orden de ideas esta persona tendría que ser eliminada.

La mañana del domingo 13 de junio de 2018, ocho días antes del solsticio de verano, una caravana de tres vehículos se internó en la zona del Cañón del Cobre, en la región conocida como la Sierra Tarahumara. Un poco más adelante, un camión de mudanzas avanzaba con dolorosa agilidad por la cadena montañosa. Era conducido por su propietario y en el asiento del copiloto le acompañaba un hombre que lo había contratado una semana antes para transportar una cocina industrial de un pueblo a otro.

Miró la caravana acercarse por el espejo lateral. Le dijo al conductor: “Ahí atrás viene el candidato de la izquierda, debería dejarlo pasar”. Entusiasmado por la curiosidad, no por la cortesía, el conductor se orilló a la cuneta para abrir espacio en la estrecha autopista. “Viene en la segunda camioneta”, señaló su interlocutor.

El primer vehículo adelantó al camión y, justo cuando el segundo hacía lo mismo, el hombre gritó: “¡Andrés, Andrés…!”.

Los rescatistas pudieron llegar a los vehículos dos días más tarde: se precipitaron más de 500 metros por el desfiladero, en una zona inaccesible. Hallaron muertos en un vehículo al candidato y tres acompañantes, y en el camión los cuerpos despedazados de dos hombres que transportaban una cocina industrial.

Dijeron que fue un asesinato de estado, un magnicidio, por días y semanas, por los siglos de los siglos. Eso le dijeron que dirían.

Y también dijeron que aquello sólo fue un accidente. Un terrible accidente.

Pero un accidente, si se piensa, por definición, es una obra de arte.

Una obra de arte.

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