El país y el tiempo equivocados

Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en el que el país en el que vivo fue un buen sitio para vivir: el diario llegaba todas las mañanas y, pese a que era arrojado con la violencia con la que se arroja un cadáver, nadie temía levantarlo porque en sí mismo aquello era un acontecimiento feliz. Era así porque las malas noticias ocurrían en otros países y en otros tiempos, y la tormenta que vendría estaba situada en un futuro muy distante.

En tiempos como ese, las tragedias, por ejemplo, ocurrían en Nueva York. La noche del 10 de agosto de 1977, un periodista de televisión en México llamado Jacobo Zabludovsky, en punto de las 22:00 horas, inició su programa con las siguientes palabras: “Nueva York al fin puede dormir: cayó el Hijo de Sam”. Zabludovsky se refería a David Berkowitz, un asesino serial que había asesinado a seis personas y herido a siete más en un lapso cercano a 13 meses.

Algo más de tres años después, el mismo Zabludovsky informaría a los televidentes del país en el que vivo, que a las afueras del Edificio Dakota, en el Upper West Side de Manhatthan, John Lennon fue asesinado por el puño y la pistola de un eróstrata llamado Mark David Chapman.

En la geografía y en la imaginación de quienes éramos niños en ese tiempo, Nueva York estaba lo bastante lejos como para sentirnos amenazados por hombres que escuchaban vocecitas en sus abyectas mentes, las cuales les ordenaban matar para cumplir así con la infamia de algunos designios viles y secretos.

No significa esto que en ese tiempo el país en el que vivo fuese un santuario o un mundo de fantasía. Como en cualquier otro país del mundo los crímenes ocurrían. Sin más, una mañana perdida de los primeros años de la década de 1980, mientras un grupo de amigos del barrio corríamos alrededor de un parque, descubrimos un auto cuya puerta izquierda estaba abierta y obstaculizaba nuestra carrera. Alguno de nosotros decidió mirar al interior y lo que contempló nos sorprendió en extremo, pero no nos atemorizó: el cadáver de un hombre con un hilillo de sangre coagulada recorriéndole la nariz, yacía en el asiento del piloto.

Hasta entonces ninguno de nosotros había visto un cadáver, mucho a menos uno cuya muerte hubiese sido desencadenada a partir de la violencia. Y si bien no supimos si aquel hombre fue asesinado o se suicidó, pese a haber perdido de algún modo la inocencia, no perdimos el deseo de vivir ni la alegría de hacerlo. El futuro estaba delante nuestro, en ese parque o a la vuelta de la esquina. Y hacia él nos dirigimos con la ingenua convicción de que, en contrapunto a nuestro hallazgo, la muerte era algo que podría ocurrirle a otros, pero nunca a nosotros.

El mundo, empero, estaba cambiando. Y no sólo en la lejana Nueva York ocurrían las tragedias. Cuando el país en el que vivo todavía era un buen sitio para vivir, en otro país, en otras ciudades, la muerte y la violencia se convirtieron en un asunto de todos los días. En Colombia, la guerrilla, los cárteles del narcotráfico y los paramilitares, iniciaron una carnicería que tocó no sólo a los habitantes de ese país, sino que se fue extendiendo paulatinamente por todo el continente.

No era en modo alguno algo nuevo: los gobiernos militares de Chile y Argentina, por ejemplo, durante la década de 1970, acabaron con la vida de miles de personas cuyos cadáveres, en muchos casos, jamás fueron recuperados. Pero en uno y otro tiempos —sin que ello significase, insisto, que México fuese el alumno aventajado de la clase—el país en el que vivo aún era un buen sitio para vivir en el que nadie temía recibir el periódico por las mañanas, pese a que éste fuese arrojado con la violencia con la que un asesino arroja un cadáver en la acera tan sólo para enviar un mensaje.

Sin embargo, la tormenta que vendría ya no estaba situada en un futuro muy distante sino en uno muy cercano. Tan cercano que pudimos ver cómo se acercaban las nubes y percibir, al mismo tiempo, la humedad en nuestros rostros. Pero, ingenuos, con la promesa de la eternidad que para entonces habíamos guardado en una caja de zapatos bajo la cama, no fuimos capaces de darnos cuenta.

El futuro llegó en la década de 1990, con la creación de la Internet y el advenimiento de la era digital. Paulatina pero endemoniadamente, nos hicimos de computadoras, de dispositivos portátiles que día con día se hacían más pequeños, y de tecnologías que sólo unos cuantos imaginaron. En un abrir y cerrar de ojos nos descubrimos tomando fotografías, grabando videos, conversaciones, sonidos, música, con un aparato que en su origen tan sólo era un teléfono inalámbrico portátil.

Para entonces, en México no eran ya los diarios los que caían cada mañana en las puertas de las casas, sino cadáveres descompuestos, violentados, cuando no sólo pedazos de ellos. La muerte se convirtió en un asunto de todos los días, de todos los momentos, de narrativas nunca sencillas que ahora se distribuían oralmente o mediante mensajes y fotografías enviados al través de los teléfonos móviles.

El país en el que vivo ya no era un buen sitio para vivir, pero, pese a ello, por esos extraños mecanismos de la mente humana que, enfrentada al miedo y al horror, prefiere desviar la mirada para suponer que no está ocurriendo lo que ocurre, decidimos que todavía lo era.

Pasan los días, pasa el tiempo, los cadáveres se amontonan en las páginas interiores de los diarios y no obstante la barbarie ya es grotesca e inmemorial, todavía creemos a pie juntillas que el país en el que vivimos es un buen sitio para vivir.

No lo es ya, lo fue alguna vez. Quizá no hace tanto, pero parece tanto que ya recordarlo no es sencillo.

Hoy tenemos el país y el tiempo equivocados.

Y en ellos vivimos muriendo.

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