El reflejo de un monstruo

Por ANDRÉS TAPIA

Se llama Juan Carlos, tiene 33 años y, de acuerdo a las declaraciones que hizo a un fiscal del Estado de México (el estado fronterizo que rodea y envuelve a más de la mitad de la Ciudad de México), asesinó a por lo menos 10 mujeres durante un periodo aún no determinado o hecho público. Se sabe, también, que tenía por pareja a Patricia, una mujer cinco años mayor que él y con quien habría engendrado tres o cuatro hijos (las notas periodísticas de los últimos días son confusas, divergentes e imprecisas)

Juan Carlos y Patricia fueron arrestados hace unos días mientras transportaban en un coche para bebés bolsas de basura que contenían restos humanos; su intención era depositarlos en un predio abandonado situado no muy lejos de su casa.

La policía les vigilaba: durante los últimos meses, tres mujeres habían desaparecido en el municipio de Ecatepec. Una pista obtenida a partir de un teléfono móvil condujo a los investigadores a establecer que las tres víctimas habían estado en contacto con Patricia.

Que tres mujeres hayan desaparecido en ese sitio forma parte de la anormalidad de México –devenida en abyecta normalidad–: el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) contabilizó al año 2016, en un lapso de tan sólo nueve años, la muerte de más de 2,300 mujeres en Ecatepec.

Por alguna razón, por alguna extraña razón, la policía del Estado de México decidió investigar con algo parecido al profesionalismo y descubrió que las desapariciones de Arlet Olguín, Evelyn Rojas y Nancy Huitrón (quien desapareció junto con su hija recién nacida), estaban relacionadas entre sí.

De acuerdo a información oficial vertida a cuentagotas, filtraciones a la prensa que los medios han exagerado o publicado sin verificación de por medio, así como el video de un interrogatorio que se le formuló a Juan Carlos, la opinión pública de México ha podido conocer lo siguiente:

Patricia contactaba a las víctimas con la promesa de venderles ropa, perfumes y tal vez teléfonos móviles. Las citaba en su casa para mostrarles la mercancía. Una vez ahí las mujeres eran violadas y asesinadas, o asesinadas y violadas. Algunos diarios han publicado alternativamente que Juan Carlos violaba primero a las víctimas y luego las asesinaba, y también que las decapitaba para posteriormente realizar prácticas necrófilas. Luego de eso las mutilaba, depositaba los restos en baldes de agua a los que agregaba cemento, o guardaba algunas partes en un frigorífico. Finalmente, transportaba los restos a predios abandonados o a dos propiedades cercanas a su hogar.

En el interrogatorio que se le realizó a Juan Carlos, éste aseguró haber sido abusado sexualmente a la edad de 10 años por una mujer con quien su madre lo dejaba mientras ella ejercía labores de prostitución. También dijo haber visto a su madre sostener relaciones sexuales con diferentes hombres (fue muy explícito en los detalles). Sorprendentemente, se mostró afligido y al borde del llanto cuando se le mencionó a una mujer llamada Mónica quien le habría traicionado y abandonado; presumiblemente, ella habría sido su primera víctima. En algún momento dijo que escuchaba voces, al menos una voz, que lo atormentaba de manera constante, y también que de cuando en cuando veía a perro negro que nadie más podía ver.

Pese a la filtración de este video que va a ocasionarles un dolor de cabeza jurídico, los miembros de la fiscalía que investiga el caso deben estar brincando de alegría. Se toparon con un asesino serial al que le fascina hablar con la policía y que no sólo ha confesado sus crímenes, sino también ha sido generoso en los detalles de los mismos.

Si tuvieran dos dedos de frente, y no los tienen, sabrían que una de las características de los asesinos seriales es su proclividad a hablar sus crímenes, especialmente delante de la policía. Pero no es la única. En ese video de 12 minutos de duración, Juan Carlos exhibe todos y cada uno de los síntomas del arquetipo del asesino serial.

En el libro Whoever Fights Monsters. My Twenty Years Tracking Serial Killers for the FBI, el investigador estadounidense Robert K. Ressler detalla los años de investigación que dedicó al estudio del comportamiento de los asesinos seriales, una de cuyas partes esenciales se basó en la realización de entrevistas con dichos individuos.

En dicho estudio, Ressler estableció una categorización de los asesinos seriales: organizados, desorganizados y mixtos, siempre bajo la salvedad que realizar perfiles criminales es un arte, no una ciencia. El asesino serial organizado es aquel que establece un plan de acción, que analiza la forma en que va a cometer sus crímenes y que cuida todos los detalles para no hacerse evidente. Tiene un auto, conduce, o tiene una casa, en la que va a cometer sus crímenes. Su coeficiente intelectual es elevado, es manipulador, lleva consigo una serie de objetos, herramientas, y es capaz de adaptarse a los momentos de tensión y riesgo.

El asesino serial desorganizado no planea su primer crimen, ni los subsecuentes. Padece en la generalidad una enfermedad mental que lo conducirá a matar de formas crueles y abyectas, sin preocuparse por ocultar los cuerpos de sus víctimas ni retirar las evidencias que deja a su paso. No tiene un trabajo fijo, tampoco un auto, es por lo general un ser solitario y aislado incapaz de socializar con el mundo.

Juan Carlos, “El Monstruo de Ecatepec”, como ya lo llama la prensa de México, exhibe mayormente las características de un asesino serial organizado. Utilizó a Patricia, su pareja, como carnada para atrapar a su víctimas. Al igual que un león macho, envió a la hembra a la “caza” y una vez que ésta tenía sometida a la “presa”, él se apersonaba para matarla. Es necesario decir en este punto que las parejas de asesinos seriales no suelen ser comunes, pero por lo que se desprende de lo informado por la fiscalía y los medios de comunicación, el papel de Patricia era el de cebo y nada más. El autor material de los asesinatos, más allá de la complicidad de Patricia, era únicamente Juan Carlos.

Sin embargo, Juan Carlos también posee algunas de las características de un asesino serial desorganizado. Mutilar los cuerpos de sus víctimas, depositar los restos en locaciones cercanas a su hogar y asesinar en un entorno urbano. Su inteligencia, empero, le permitió camuflarse en un sitio en el que la desaparición y los asesinatos de mujeres son cosa de todos los días. ¿Quién habría de extrañar a una mujer más?

En el video de su interrogatorio, Juan Carlos se exhibe como una víctima (fui abusado sexualmente a los diez años, contemplé a mi madre sostener relaciones sexuales con muchos hombres, fui víctima de la traición y el engaño de una mujer), sin embargo, no renuncia a su vocación de asesino serial por excelencia: “Si salgo de ésta, voy a seguir matando mujeres”.

Además de los restos humanos, en la casa de Juan Carlos la policía tuvo que haber encontrado prendas, objetos y accesorios que eran propiedad de las víctimas: los trofeos de caza que el victimario se guardó para rememorar sus crímenes. Es muy probable, también, que haya guardado diarios y capturas de páginas de Internet en los que se habla de la desaparición de sus víctimas: otra forma de enaltecer su narcisismo. Lo que quizá no dirá la historia oficial, o tal vez sí, es que Juan Carlos practicaba el canibalismo.

Un fragmento del título del libro de Robert K. Ressler, está inspirado en una cita de Friedrich Nietzsche: “El que lucha con monstruos debería evitar convertirse en uno de ellos en el proceso. Cuando miras al abismo, él también mira dentro de ti”.

Los crímenes cometidos por Juan Carlos no son más o menos horrendos que los que desde hace años perpetran los cárteles del narcotráfico en México. Son iguales, o peores… o da igual… o lo que sea.

Miramos al abismo porque no hay nada más qué mirar.

Y al hacerlo, tristemente, sólo descubrimos un reflejo.

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