Te paso el balón, Marion

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: ITZEL NAVARRETE GONZÁLEZ / CC BY-SA 4.0

Guardo en mi memoria la imagen de una chica que no tendría porqué estar ahí y, sin embargo, a 27 años de distancia aún permanece con las maneras egregias de una postal. 

Era el año de 1994 y viajé a la ciudad de Washington D.C. a cubrir los conciertos con los que dio inició el Voodoo Lounge Tour, la gira mundial que, como siempre, se creyó era la última que darían los Rolling Stones. Los recitales tuvieron lugar los días 1 y 3 de agosto, el Mundial de Estados Unidos había concluido un par de semanas antes con el triunfo de Brasil sobre Italia por 3 goles a 2 en serie de penales.

En lo que parecían los resabios del evento, esa fiebre que provoca el fútbol incluso en un país que siempre lo miró con desdén e indiferencia, en las áreas verdes que rodean el Monumento a Washington, situado en el extremo Oeste del National Mall, asistí a un partido informal en el que dos equipos combinados de hombres y mujeres se enfrentaron entre sí.

Me resultó extraño, y a un mismo tiempo gratificante, ver a un grupo de mujeres jugar con y entre hombres, y también contra ellos. Pero no había concesiones y mucho menos condescendencia: se jugaba fuerte, con el calor del verano a tope, y la humedad del Potomac empapando la ropa. 

Entonces apareció aquella chica que llevaba una camiseta casi rosa, desbordada de sudor, atlética, de piernas fuertes, cola de caballo y venas hinchadas. Corría como posesa por la banda izquierda y un compañero suyo, un afroamericano, le cedió un balón bombeado en las postrimerías del área grande. Detuvo el balón con el pecho, lo dejó caer a la hierba y acto seguido lo golpeó suavemente con la parte externa de su pie para hacerse un ángulo y disparar. 

Esa es la imagen que conservo: abiertos los brazos, el medio segundo en que mira la portería, vuelve al balón y dispara. Anotó un gol, que no vi, porque de haberlo visto no tendría su imagen en mi memoria. Y la tengo, justamente, porque es una de las imágenes más estéticas y revolucionarias que tengo de una mujer, del fútbol y de la vida.

La imagen de aquella chica a la que vi 27 años atrás, apareció en mi mesa de trabajo la tarde de hoy. La culpable de ello es la periodista mexicana, cronista y analista deportiva, y, sobre todo, mujer, Marion Reimers.

En algún punto me parece ridículo tener que establecer un contexto para explicar quién es Marion Reimers. Pese a mis objeciones tengo que hacerlo. Ella, Marion, la Reimers, como le gusta autonombrarse y que la llamen, es la primera y única mujer nacida en México en narrar una final de la Champions League. Y, aunque no lo sé de cierto, es probable que sea una de las pocas mujeres en el Mundo, si no la única, que lo haya hecho.

Hecho por hombres y para hombres, como muchas otras cosas y disciplinas y actividades y deportes y situaciones, el fútbol no podía admitir que una mujer se plantase a jugar, narrar, analizar, discutir, diseccionar, lo que ocurría en el campo de juego. Pero los hombres, la FIFA, la corrección política y la indulgencia del machismo tenían que ceder en algún momento para parecer magnánimos y justos.

Así nació el fútbol femenil, y las versiones femeninas de muchos otros deportes, como una artimaña de los hombres para parecer ecuánimes, y otra vez justos, delante de lo que en ese momento no era propiamente un reclamo, sino quizá tan sólo un deseo. No como un negocio, sin duda, sino tan sólo como una concesión cuya finalidad era la de reafirmarse como dueños del balón, de las ideas, del dinero y de muchas otras cosas.

Pienso en esto porque ayer, en ocasión del encuentro entre el Barcelona y el Paris Saint-Germain, por causa de una falla técnica en el audio de su compañero Ricardo Murguía, el cronista oficial de Fox Sports, Marion Reimers tuvo que suplirlo durante alrededor de cinco minutos, lapso en el que tuvo lugar uno de los goles más memorables en la historia de la Champions League.

“…Pedri que distribuye para Lionel Messi; Messi que encara, Messi, el remate… ¡Gol! ¡Goooooooooooool… del Barça! ¡Aparece la estrella! ¡Aparece Messi con tremendo zapatazo y el Barça consigue el uno por uno!”. Esa fue la narración de Marion, de Marion Reimers.

Pero algo pasó. Algo que no entiendo, que es inexplicable: Marion Reimers se convirtió en tendencia en Twitter por haber suplido, de manera circunstancial, la narración de un hombre. Los hombres, la mayoría, y las mujeres, una minoría, la tundieron como si hubiese cometido un pecado, como si hubiese hecho algo malo, como si hubiese metido un gol extraordinario, siendo mujer, en un deporte que fue creado por los hombres, que consecuentemente les pertenece a los hombres, y no admite la presencia de mujeres y mucho menos la insolencia de su inteligencia y talento.

No es la primera vez. Marion Reimers ha sido atacada continuamente en redes sociales, especialmente en Twitter, esa cantina en la que los borrachos y las borrachas suelen desfogar sus frustraciones y que un día, más tarde o más temprano, será un referente de lo nauseabundo que es el Mundo hoy.

Y lo es porque Marion Reimers es mujer, y le está plantando cara a los hombres, y los está humillando porque es mucho mejor persona, mujer, y ser humano que ellos.

Marión Reimers estaba por cumplir nueve años de edad cuando vi a aquella chica en Washington D.C. pegarle a un balón de fútbol y anotar un gol indecible; en ese mismo tiempo Lionel Messi había cumplido siete.

No conozco a Marion, no la he visto nunca y consecuentemente jamás he hablado con ella. Pero sé que es, y lo es, una de las mejores cronistas de fútbol de todos los tiempos. Y lo es, y sólo lo es, porque se atrevió a plantarle cara al establishment. Igual que aquella chica en Washington que jugaba entre hombres y anotó un gol indecible.

Te paso el balón, Marion. 

Tú sabes qué hacer.