Por ANDRÉS TAPIA

En honor a Joaquín…

 

Qué dios perverso y pervertido miente

Quién reza llorando antes de soñar

Quién podrá dormir cuando lo intente

Quién de los presentes me va a extrañar.

 

Qué imbécil fue a cazar al murciélago

Quién hoy no extraña a Messi en el Nou Camp

Quién aislado no es un archipiélago

Quién ha visto a la humanidad temblar.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1999 los motores de búsqueda más populares de Internet eran Yahoo!, Netscape Navigator, Lycos, Geocities, WebCrawler, Altavista, AskJeeves y LookSmart. Google, que había sido fundada en septiembre de 1998, estaba muy lejos de convertirse en un emporio rayano en un monopolio, y MSN Search, que también ya existía, a pesar de tener un buen comienzo no logró consolidarse con el paso del tiempo. La oferta, empero, era diversa, amplia y ecléctica, y cada nuevo internauta podía elegir a la compañía de su preferencia.

Sin embargo, durante el segundo lustro de la década de 1990, cuando la Internet apenas empezaba a propagarse en el mundo y la navegación implicaba una infraestructura alámbrica vinculada a las líneas telefónicas, acceder a una página tomaba mucho tiempo y la comunicación estaba sujeta a interrupciones constantes. Tales vicisitudes afectaban mayormente a los receptores del mensaje, pero los emisores del mismo no estaban exentos de ellas: subir contenido a Internet era tan complejo como jugar una partida de ajedrez con Gary Kasparov.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AFP

Afganistán es un país extraño y reciente, por más antiguas que sean las planicies y las montañas que comprenden su geografía. Fundado en 1747 por Ahmad Shah Durrani –quien unificó a las tribus Pashtun–, los lugares comunes de la memoria colectiva apenas lo aluden a partir de la invasión de la otrora URSS (1979), y de la guerra emprendida en contra del régimen Talibán que lideraron los Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La esperanza de vida de un habitante de Afganistán es de casi 51 años, una tasa bajísima que ubica a esa nación del sur-centro de Asia, en el sitio 222 del Mundo, es decir, sólo por arriba de Guinea-Bissau y Chad.

Por ANDRÉS TAPIA

Las palabras suelen traicionar. La infancia también.

Guardo en la memoria, como un tesoro, el recuerdo y el diálogo entre un niño y un hombre joven en una tienda de cómics en Buenos Aires, Argentina, que ojalá aún exista en la calle de Corrientes.

Es el otoño de 2001, un mes antes de los “cacerolazos” en Argentina y casi uno después del 11 de septiembre en Estados Unidos. El chico llega corriendo, de la mano de su padre, y así, corriendo, se dirige hacia uno de los vendedores. De botepronto, sin decir hola, le pregunta: “Decime… ¿por qué Bane le rompió la espalda a Batman si Batman es invencible?”.

Por ANDRÉS TAPIA

Escribo a la luz agonizante de la última vela de mi árbol de Navidad.

Hace poco menos de tres horas, 29 bujías iluminaban la sala de mi casa. En este momento, sólo una permanece encendida.

No creo en Dios ni en los ángeles. No creo en Los Beatles o en Elvis. Tampoco en Barack Obama o en Angela Merkel. Mucho menos en Miguel Herrera, en Lionel Messi o en la Selección Nacional. En realidad no creo en nada, pero por alguna extraña razón suelo aferrarme a los clavos más ardientes. Incluso, lo confieso, a una vela encendida.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: REUTERS/Gustau

A Roberto Castañeda, Pablo Quintana, Óscar Olvera y Aníbal Santiago: los únicos blaugranas que valen la pena

–Señor –dijo aquel chico a mi padre–, su hijo da patadas.

Aunque me alejaba –corriendo, gritando, con los brazos abiertos, mirando al cielo y festejando un gol– alcancé a escucharlo.

Por ANDRÉS TAPIA

En el sótano de una casona de la calle Juan de Garay, en Buenos Aires, posiblemente en el barrio de Belgrano, Jorge Luis Borges, a través de Carlos Argentino Daneri, su álter ego y a la vez un anagrama imperfecto de Dante Alighieri, descubrió El Aleph.