Por ANDRÉS TAPIA

Es la madrugada de un domingo de hace, quizá, cuatro años. Un grupo de periodistas, amigos algunos, colegas muchos, departen en un bar del barrio de La Condesa en la Ciudad de México. Cumplido el horario que por ley le ha sido asignado, el lugar cierra sus puertas, entrega la cuenta y pide al ruidoso grupo que abandone el sitio. Así lo hace.

Una vez afuera hay abrazos de despedida, besos, y el deseo de algunos cuantos de continuar la parranda en otro bar, en la casa de alguno, donde sea. Y mientras charlan y se dicen “hasta pronto”, una pelea entre motociclistas que en su mediocridad aspiran a comportarse como miembros de los Hells Angels tiene lugar a unos cuantos metros. Vuela un casco, una cadena se estrella en el torso de alguno de ellos, y proliferan maldiciones en mexicano: nunca egregias, siempre vulgares.

Por ANDRÉS TAPIA

Una mañana de 1962, mientras se alistaba para acudir al University College de Oxford en el cual cursaba su último año, Stephen Hawking se calzó los zapatos y, al momento de anudar los cordones, experimentó una dificultad que no se correspondía con la mente de un hombre joven que era capaz de realizar complejas ecuaciones matemáticas y plantearse intrincados teoremas en el campo de la física teórica.

Hawking, quien entonces había cumplido 20 años, aquella mañana tardó más del tiempo promedio que tomaría a cualquier persona anudarse los zapatos, pero no le dio demasiada importancia, al menos no en ese momento.

Faltaban unos cuantos meses para que obtuviese su BA en Ciencias Naturales con una especialización en Física —el cual de aprobar en primera clase y con honores le permitiría acceder a la Universidad de Cambridge—, y Hawking continuó con sus rutinas que pasaban, además de las clases, por ser parte del equipo de remo del University College Boat Club y un repentino y —por lo mismo— sorprendente interés por la música clásica y la ciencia ficción.

Por ANDRÉS TAPIA

Zoe Marie Barnes nació el 10 de junio de 1986 en la ciudad de Chicago, Illinois, y murió el 5 de noviembre de 2013 en la estación del metro Cathedral Heights de Washington D.C.; en el momento de su muerte tenía 27 años.

Tiempo antes había conseguido un trabajo como reportera en el diario Washington Herald, pero sus asignaciones siempre estaban consignadas después de la página 15 y en las partes más recónditas del impreso. Quizá porque su signo zodiacal era Géminis, Barnes era ambiciosa, inteligente, bella y medianamente naïve. Tal vez –y sólo tal vez–, por ello hizo todo lo posible por ascender en el periódico hasta que, debido a la futilidad que mostraba su editor por su trabajo, decidió renunciar y unirse al portal de noticias en línea Slugline.

Por ANDRÉS TAPIA

Circula en Internet una fotografía de Steven Spielberg, en la que el cineasta estadounidense aparece con un triceratops de utilería, la cual le fue tomada en ocasión de la filmación de su película Jurassic Park. El armatoste está tendido en el suelo y parece estar muerto; quien haya visto la película, recordará una escena en la que dicho animal aparece moribundo.

Por ANDRÉS TAPIA

No era niño ya, pero aún tenía algo de niño. Y no sé bien por qué, pero decidí que quería repartir periódicos por las mañanas.

Una día descubrí un anuncio en un periódico local: “Se solicita repartidor de periódicos”. Arranqué la página y con 16 años y todas las ilusiones que pueden tenerse a esa edad, me presenté en una pequeña oficina situada en Viveros de la Loma, un barrio de clase media situado en la periferia de la Ciudad de México.