Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en el que el país en el que vivo fue un buen sitio para vivir: el diario llegaba todas las mañanas y, pese a que era arrojado con la violencia con la que se arroja un cadáver, nadie temía levantarlo porque en sí mismo aquello era un acontecimiento feliz. Era así porque las malas noticias ocurrían en otros países y en otros tiempos, y la tormenta que vendría estaba situada en un futuro muy distante.

En tiempos como ese, las tragedias, por ejemplo, ocurrían en Nueva York. La noche del 10 de agosto de 1977, un periodista de televisión en México llamado Jacobo Zabludovsky, en punto de las 22:00 horas, inició su programa con las siguientes palabras: “Nueva York al fin puede dormir: cayó el Hijo de Sam”. Zabludovsky se refería a David Berkowitz, un asesino serial que había asesinado a seis personas y herido a siete más en un lapso cercano a 13 meses.

Por ANDRÉS TAPIA

Recorro la línea de tiempo de mi página de Facebook. Es domingo y pasa del mediodía. Busco reacciones a la escandalosa derrota sufrida por la Selección Mexicana de Fútbol frente a su similar de Chile. Pero no hay mucho, en realidad nada. El acento de ese día está en una celebración que yo he olvidado hace tiempo. Es el tercer domingo de junio y en una gran mayoría de los países del Mundo se celebra el Día del Padre.

El mío se marchó de casa un día de 1981. Volvería a encontrarme con él 14 años más tarde, en la ciudad de Guadalajara, un poco antes de que mis amigos Iván Rivera y Rocío Díaz contrajeran matrimonio; eso ocurrió en el verano de 1995. Transcurrirían siete años más para volver a verlo. Y cuando lo vi estaba muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

En una vieja canción que habla de una ciudad “invivible pero insustituible”, Joaquín Sabina asegura: “Los pájaros visitan al psiquiatra, las estrellas se olvidan de salir…” En la imaginación (y también en la realidad) del cantautor español, esa ciudad es Madrid, un lugar sorprendentemente (aunque no azarosamente) parecido a la Ciudad de México.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TOM CHAMBERS

Quienes lean estas líneas y no estén familiarizados con la expresión que da título a esta columna, tendrían que saber que esta última forma parte de la ideología, la idiosincrasia y los modus vivendi y operandi de la gente nacida en México. Paradójicamente, a pesar de que se halla situada entre dos signos de interrogación, no se trata de una pregunta, sino de una afirmación. Y lo que afirma es una verdad de Perogrullo, matizada con el singular cinismo de una sociedad poco adepta al cumplimiento de las reglas y en cambio adicta a la impunidad: “un poco no es demasiado”.