La resurrección de Pablo Escobar

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: AP

A Rafael Molano

Pablo Emilio Escobar Gaviria es uno de esos extraños fenómenos que suelen ocurrir una vez cada 100 años. Su vida, una colección de lugares comunes insignificantes, devino leyenda macabra y accidente fatal en la historia de Colombia.

Pero aunque los crímenes de Escobar sugieren en el imaginario colectivo el concurso de algún demonio o ente diabólico, la verdad es mucho más simple, llana y, consecuentemente, más dolorosa: Pablo Escobar no habría tenido potestad para ejercer su reinado de terror si el propio pueblo colombiano no se la hubiese otorgado.

Hijo de un campesino y una maestra rural, Escobar no habría pasado de ser un bandido de poca monta de no haber sido por la influencia de su madre, Hermilda Gaviria, una mujer dominante y castrante, que desde la niñez perfiló en su hijo una personalidad paradójica y ambivalente: por un lado se enorgullecía de sus dotes de líder natural y las alababa; por otro, actuaba de manera sobreprotectora consintiendo, incluso, las pequeñas fechorías de Pablo Emilio.

Robar un examen del colegio y venderlo a otros alumnos es un “delito” anecdótico que muchas personas de todo el mundo han cometido, si bien eso no minimiza lo punible del acto. Llenar un autobús con 500 kilos de dinamita y hacerlo estallar frente a un edificio de la policía –matando así a decenas de personas e hiriendo a cientos–, es un acto criminal y terrorista. Ambos fueron cometidos por la misma persona, Pablo Escobar, y consentidos directa o indirectamente por un ser tanto o más malvado que Escobar: su madre.

La serie de televisión Pablo Escobar: El Patrón del mal, ha sido capaz de perfilar en tiempos recientes no sólo los crímenes más abyectos, evidentes y conocidos del criminal colombiano, sino también de exhibir la intimidad de la célula en la que se originó ese cáncer llamado Pablo Escobar y el caldo de cultivo que dio origen a ella: la sociedad colombiana.

Permanentemente en lucha de clases, con menosprecio a los campesinos, una oligarquía sempiterna, un sistema educativo mediocre y un gran entorno rural, las poéticas y aparentes exageraciones de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, se tornan perversas cuando al examinar con lupa a Colombia uno comienza a caer en la cuenta de que no surgieron de la imaginación del escritor, sino que éste las extrajo de la realidad.

Lo execrable de los crímenes de Pablo Escobar –producto de una personalidad megalómana, infantil, caprichosa y cínica auspiciada por su madre, y sin duda afincada en un notable complejo de inferioridad, en un linaje roto, en un entorno rural y ciertas carencias– no admite reparo ni debe estar sujeto a regateos en ningún momento de la historia, pero resulta tanto o más atroz el que hayan existido, y aún existan, personas que por haberse visto favorecidas por la “filantropía” de Escobar, ignoren o bien defiendan lo que su hijo Juan Pablo (hoy Sebastián Marroquín) definió con la frase eufemística como “Los pecados de mi padre”.

La pobreza no es excusa suficiente para justificar el mal. Tampoco lo son los vínculos familiares o afectivos. Pablo Escobar fue el autor intelectual de asesinatos, secuestros, atentados terroristas, violaciones, robos, extorsiones… Sus esbirros, sus sicarios, la mayoría jóvenes con malformaciones afectivas, infancias plenas de carencias y poca o nula educación, obedecieron sus órdenes. Su familia, en cambio, y los miserables que no tenían casa y la tuvieron por obra y gracia suya, consintieron, fingieron, ignoraron o desviaron la mirada cada vez que una muerte o muertes desfiguraban la geografía de Colombia.

Y es que hay un momento en que se comprende –jamás se justifica– a Pablo Escobar. Pero a su familia, a los “bendecidos” por su generosidad, a los que lo amaron de alguna forma (Virginia Vallejo, por ejemplo, una periodista y presentadora de televisión cuya inteligencia y belleza le hubiesen bastado para seducir al primer mandatario de cualquier nación, sucumbió ante los “encantos” de Pablo Escobar), ¿es posible comprenderlos, justificarlos?

Apenas intentarlo, uno empieza a pensar que más que un extraordinario literato, Gabriel García Márquez es un periodista fuera de serie. Y que a la par del Nobel debió haber recibido el Premio Pulitzer.

Pablo Emilio Escobar Gaviria es un accidente fatal en la historia de Colombia; Colombia es un accidente muy extraño en la historia del mundo. Y tanto uno como otra serían únicos sino fuese porque existe otro país en el planeta Tierra que se parece tanto a Colombia como si fuese su reflejo, y porque en ese país han existido, y existen, varios émulos, copias al carbón, imitadores y payasos de Pablo Escobar… me refiero a México.

No enunciaré ni mencionaré por qué. Eso, a luz de los acontecimientos de los últimos años, resulta por demás evidente. Si diré, en cambio, que el cinismo del que hacían gala Pablo Escobar, su familia, los favorecidos por él, sus socios en el Cártel de Medellín, los políticos corruptos, los sicarios y los “sapos”, un cinismo cínico, valga la tautología, fue mucho más grande en Colombia de lo que ha podido ser en México. Y fue justamente este cinismo cínico lo que ha conducido a Colombia a reconstruirse y lavarse la cara.

El cinismo mexicano, en cambio, es un cinismo a medias tintas: algo cínico, pero no tanto, algo atroz, pero no mucho, algo inaceptable, sin duda, pero a fin de cuentas, según se ve, tolerable.

No me imagino, ni pienso, mucho menos quiero, a un cínico como Pablo Escobar en México. Pero ni mi imaginación, mis pensamientos y mucho menos mis deseos pueden desdibujar la realidad mexicana, un reflejo tardío de la de Colombia, ni borrar como quisiera el hecho de que en mi país existen miles de madres que, como ese monstruo llamado Hermilda Gaviria, han engendrado y perfilado a miles de Pablos Escobar.

Al comienzo de cada capítulo de Pablo Escobar: El Patrón del mal, probablemente la mejor serie de televisión que se ha producido en Latinoamérica, aparece una cortinilla con la leyenda: “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

La historia de México no es la historia de Colombia, pero por alguna berraca razón ambas se parecen mucho.

Ojalá fuera sólo una coincidencia.