La muerte del más estúpido de los smartphones: BlackBerry

Por ANDRÉS TAPIA

Hasta el año 2006 yo era un semi-analfabeta tecnológico. Tuve mi primer teléfono móvil ese año, un Razr de Motorola, y lo tuve por obligación: en la revista en la que trabajaba entonces me lo asignaron, si bien les plantee una condición: “Yo no quiero tener un teléfono móvil, tú quieres que lo tenga. Luego entonces, tú lo pagas”. Así ocurrió.

Daría cualquier cosa por saber hoy, a poco más de siete años de distancia, qué fue lo que escribí en el primer mensaje de texto que envié y a quién se lo envié. Pero no, no puedo recordarlo porque para mí en ese momento no era importante.

Lo que sí puedo recordar con mucha precisión, es que el primer evento al que asistí como editor de la revista GQ, fue a la presentación del dispositivo conocido como BlackBerry. Aquello fue una gran cosa, pero no por lo espectacular del evento, sino por lo surreal del mismo. La crème de la crème de la sociedad mexicana (“artistas”, ejecutivos, gente nice “con” linaje y gente nice sin él), acudieron en tropel como si se tratase del nacimiento de un Cristo o el advenimiento de un nuevo Mesías. Todo ello auspiciado, es necesario decirlo, por los heraldos del marketing, la publicidad y las relaciones públicas, personas que durante la última década adquirieron la notable capacidad de convertir en una celebridad a un objeto inanimado.

El BlackBerry, como cualquier otro dispositivo portátil, era –y es– un objeto inanimado. Sin embargo, los promotores del mismo consiguieron convertirlo en un objeto de deseo, casi tanto como la mítica lámpara de Aladino, ante cuya aparición las charlas concluían y eran sustituidas por “ohhhs” y “ahhhhs” y una pregunta con decenas de variantes: ¿dónde / cuándo / cómo lo compraste?

La fascinación –y debe quedar claro que empleo la palabra fascinación como eufemismo– que produjo la masificación del uso del BlackBerry a nivel mundial, no sólo permeó los círculos sociales conocidos como aspiracionales, sino también las altas esferas de la política, la economía y las grandes transnacionales. De ese modo, si a mediados del año 2007 una persona que perteneciese a las clases media o alta, pasando por los matices de ambos espectros, no poseía un BlackBerry, era considerada un paria social.

Por las razones que hayan tenido lugar, yo no me enganché. Pero creo que la más poderosa de ellas fue que caí en la cuenta de que poseer un BlackBerry, a la vez que te abría las puertas de los palacios de la frivolidad, también democratizaba la estupidez. Al conjuro de “¿cuál es tu PIN?”, uno pasaba a formar parte de una comunidad nacional e internacional que anhelaba –por alguna oscura y macabra razón–, chatear y recibir e-mails en ese dispositivo extraño que parecía el aborto de una máquina de escribir.

Cuando mi Razr dejó de funcionar, me fue asignado un Nokia. A las pocas semanas, el Nokia se me cayó en el retrete. Conseguí entonces un nuevo modelo de Razr y luego otro más. Yo seguía siendo un semi-analfabeta tecnológico, pero como un bebé al que abandonan en una biblioteca, empecé a aprender. Y lo hice rápido.

Por ello, cuando en enero de 2007 Steve Jobs anunció en el marco del evento conocido como MacWorld la aparición de un teléfono inteligente que llevaría el nombre de iPhone, mi imbecilidad tecnológica comenzó a disiparse. Dicho aparato no aparecería en el mercado sino hasta seis meses después (junio 29), pero teatral como solía ser, Jobs sabía crear el drama necesario para que una puesta en escena mercadotécnica funcionara.

Siendo justos, la aparición del iPhone fue un éxito de ventas, pero no fue nada del otro mundo. Y no podía ser de otra manera: era caro, su plataforma de operación sólo estaba disponible con determinadas compañías telefónicas y a pesar de disponer de una maravillosa interfaz, ésta era compleja y poco intuitiva.

¿Tenían por qué preocuparse los ejecutivos de Research In Motion (RIM), el nombre que tenía la compañía que fabricaba BlackBerry en ese momento? Aparentemente no. Tenían un imperio sólido, un gran valor de mercado, el smartphone de moda  y la soberbia que en ocasiones viene aparejada con el éxito.

Pero ni ellos, ni sus seguidores, ni el resto de las compañías fabricantes de teléfonos móviles, se dieron cuenta que ese primer y primitivo iPhone, era verdaderamente el primer smartphone digno de ser llamado de ese modo, a la vez que su aparición marcaba un parteaguas en el desarrollo de la tecnología.

Miembro de un “ecosistema” al que Jobs dedicó los últimos años de su vida, con el paso del tiempo el iPhone se erigiría como el elemento central del mismo. De ese modo, el entonces incipiente universo de las apps, cual si fueran la flora y la fauna de ese nuevo bosque, se fueron agrupando en torno a ese “árbol” que había surgido a la mitad de todo.

Cuando se hizo pública la aparición de la aplicación WhatsApp, un chat de mensajería gratuito en sus inicios, la única ventaja que le quedaba a BlackBerry se desvaneció. Por orgullo, porque la mayoría de los usuarios de BlackBerry amaban a su “smartphone” y creían que les proporcionaba status por encima de todas las cosas, la compañía se mantuvo a flote durante los últimos tiempos, hasta que hace un par de días una compañía de inversiones ofertó 4,700 millones de dólares por ella. Parece mucho, pero en realidad es un bicoca si se piensa que la empresa llegó a tener un valor de más de 80,000 millones de dólares.

Los directores, ejecutivos y los empleados de RIM o BlackBerry, no tienen culpa alguna de que en el mundo exista gente que se deja impresionar por fuegos fatuos. Y de que esa gente sea legión. El futuro de BlackBerry es seguramente crear algún negocio alterno. Y ojalá les vaya bien porque se lo merecen.

A sus usuarios, bueno, a ellos les vendría bien escuchar una parte del discurso que Ashton Kucher pronunció en la última edición de los Teen Choice Awards: “Lo más sexy que existe en todo el mundo es ser inteligente. Y ser considerado. Y ser generoso. Todo lo demás es basura, se los juro. Y es basura que la gente intenta venderte para hacerte sentir menos. De modo que ¡no la compres! Sé inteligente, sé considerado, sé generoso”.

La mayoría de la gente que vendió, promocionó y compró un BlackBerry, cayó en la trampa de suponer que era sexy, que daba status y que era algo tan vivo como tener a tu lado a Ryan Gosling o a Scarlett Johansson. Y no, sólo era un estúpido aparato, el más estúpido de todos los smartphones.

Venga, chicos, dejen acostado su orgullo en la cama. Es hora de despertar.

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