Me llamo Jacobo y soy feliz…

Por ANDRÉS TAPIA

Carl Jung llamó sincronicidad a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por los sentidos pero de manera no causal”. No es sencillo explicar esto, pero lo intentaré.

Un hombre se halla en el intento de escribir un relato acerca de una entrevista que sostuvo con el escritor mexicano Carlos Fuentes hace 16 años. Es casi la medianoche de México y el relato avanza… pero no va a ningún lado. Cuando el hombre cae en la cuenta de esto, inexplicable y repentinamente vuelve a una vieja obsesión: analizar el comportamiento de los asesinos mexicanos que forman parte del crimen organizado.

Ingresa entonces a una página de Internet y contempla dos, tres ejecuciones cuyo adjetivo más preciso lo acuñó Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas a finales del siglo XIX: el horror.

Mientras contempla imágenes inenarrables y maldice una y otra vez haber nacido en México y compartir con tales asesinos una lengua, una bandera, un territorio, el hombre recibe una alerta en su página de Facebook: “Jac Sa: ‘Y yo te veía en una nube de humo, dentro de cientos de libros…’”

Jac Sa es amigo de siete amigos del escritor, pero el escritor no lo recuerda. Incluso, cuando ingresa a la página de Facebook de Jac Sa, no puede reconocerlo: la foto que aparece ahí, muestra a Jac Sa con la cabeza baja, cubriéndose la boca con la mano derecha, en actitud dubitativa, detrás de unos anteojos, tal y como si fuese un ajedrecista analizando su siguiente movimiento.

“¿Quién es Jac Sa?”, se pregunta el escritor –impotente para escribir un relato de Carlos Fuentes, y demente para observar asesinatos reales en línea–. Sutilmente, pero casi con violencia, ingresa al apartado de fotografías de Jac Sa y las hace pasar una a una. No pasa mucho antes de descubrir una fotografía en la que un hombre de barba recortada y albinegra, entradas en las sienes, una sonrisa que parece el faro de un puerto y una chaqueta de dril roja –muy común entre los camareros–, con la leyenda “Capone’s Pizza” a la altura del costado derecho del pecho, parece decirle al Mundo: “Me llamo Jacobo… y soy feliz”.

El escritor lo reconoce entonces y recuerda esa sonrisa: la sonrisa de un niño empotrada en el rostro de un hombre.

Es en ese momento que la sincronicidad de Jung (la simultaneidad de dos sucesos vinculados por los sentidos pero de manera no causal), tiene lugar.

–Tapia, ven a mi oficina.

–¿Qué pasa, Jacobo?

–Siéntate, por favor… ¿cómo estás?

–Estoy bien, ¿y tú?

–Bien… es sólo que pensaba que en esta oficina hay algo que tú siempre has querido y quiero regalártelo: la enciclopedia del crimen… es tuya.

–No bromees, Jacobo…

–Es tuya, Tapia…

Era una enciclopedia de 100 fascículos, publicada por Ediciones del Drac, a principios de la década de 1990. Los asesinos y criminales más notables en la historia reciente de la humanidad, aparecían radiografiados con un rigor científico e histórico espeluznante. Jacobo, un coleccionista y fetichista extraordinario, se desprendía así de uno de sus muchos –y valiosos– objetos, uno de los que ciertamente más orgulloso estaba.

El escritor –en aquel tiempo no era propiamente un escritor–, trabajaba para Jacobo en una pequeña editorial y hacía las veces de Redactor en Jefe. Ambos simpatizaban y ambos, también, poseían un agudo sentido del drama. Quizá por ello, cuando el escritor incipiente ganó un certamen de cuento convocado por un prestigioso diario con una pieza titulada “El cuento de F.A.O. Schwarz”, Jacobo lo llevó a la librería en que se celebraría la premiación y, un poco antes de descender del auto, le solicitó mientras le extendía un ejemplar del diario en el que se había publicado el cuento: “Tapia, dedícamelo”.

El escritor –aprendiz de escritor, redactor en jefe o lo que fuera– no supo qué hacer. Era la primera vez que alguien le hacía una solicitud tal. Y fue también la primera vez que lo hizo.

“Al único amigo con el que yo sería feliz en una juguetería”.

Llegado a este punto, debo decir que yo soy ese escritor. Y que Jac Sa es Jacobo Salleh.

Es 1997 y unos meses antes de ganar el certamen “Cuento Triste”, convocado por el periódico Reforma y la Editorial Alfaguara, entrevisto al escritor mexicano Carlos Fuentes. Dicha entrevista hace avanzar mi carrera y, entre otras cosas, provoca que Jacobo se sienta orgulloso de mí. Renuncio a la revista Círculo Mixup, me voy a trabajar a la agencia United Press International, un par de meses más tarde Selecciones Reader’s Digest me contrata y, al cabo de seis meses, me hacen una oferta del periódico Reforma.

No vuelvo a encontrarme con Jacobo hasta que una tarde, en la librería El Péndulo del barrio de Polanco en la Ciudad de México, lo veo escudriñar, como un niño, la sección de videos y películas del lugar. Por alguna extraña razón no me atrevo a hablarle y me marcho.

Pasan los años y, un día, un amigo común me cuenta que uno de los hijos de Jacobo fue secuestrado. El chico es devuelto sano y salvo, pero Jacobo cae en bancarrota. Deja entonces la editorial y empieza nuevamente, desde cero. Y cero es cero y no una metáfora.

Una mañana recibo una llamada suya: “Quiero verte”, me dice. Nos encontramos en mi oficina y me cuenta que promueve algunos discos, que trabaja en un restaurante, que la vida ha sido difícil.

Y le respondo vaguedades, tonterías, sorprendido por el naufragio de su vida. “Pero ahí vamos, Tapia, ahí vamos…”, me asegura.

Nuevamente pasa el tiempo y no sé más de Jacobo. Una mañana, empero, la mañana del 15 de mayo del año 2012, el día en que a eso de las cinco de la mañana murió Carlos Fuentes, recibo una llamada. No reconozco el número. Digo “Hola” y por toda respuesta escucho esto: “El lugar está vacante, Tapia, tú sabes si lo tomas”.

Es la madrugada del 13 de noviembre de 2013, pretendo escribir acerca de Carlos Fuentes y no llego a nada. Me pongo entonces a contemplar la miseria de este país, a sus criminales, tan abyectos y miserables que los nazis me parecen compasivos, y entonces, de la nada, mi amigo Jacobo Salleh, mi amigo judío, mi ex jefe, mi cómplice, “el único amigo con el que sería feliz en una juguetería”, se aparece de nuevo para decirme que me recuerda, que recuerda a Tapia: aquel aprendiz de escritor.

Entonces miro su foto, la foto en que aparece con una chaqueta de dril roja, con botones blancos, y una inscripción a la altura del pecho que dice: “Capone’s Pizza”.

Pero yo leo otra cosa. Algo que siempre leí en él, que nunca olvidaré, y leeré eternamente:

“Me llamo Jacobo… y soy feliz”.

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