El juego de la guerra

Por ANDRÉS TAPIA

Juego al juego de la guerra por las noches. Y a veces durante los días. Cuando lo hago dejo de ser Andrés, aunque sólo sea por unos minutos, y me convierto en el rey Solfarid. Con ese nombre e identidad, defiendo y peleo por el reino de Brittania. Mi reino.

Tengo un ejército de 30,000 hombres. Sí, 30,000. No gran cosa cuando en otros reinos, gente menos (o más) ocupada que yo, posee tropas cifradas en 100,000. Pero por ahora me basta. Por ahora.

Hace tiempo formé parte de Asiana, la primera alianza, situada al norte de Kezia. Big Sweet, un guerrero con el que sostuve una disputa por un yacimiento de plata, me pidió unirme a ellos. Yo acepté. Hasta entonces había estado solo. Desafiando algunos reinos de cuando en cuando y haciendo crecer al glorioso ejército de Brittania.

Big Sweet fue un gran amigo. Uno de verdad. Y aún hoy me cuesta creer que nuestra amistad surgió a partir de una batalla en la que él acabó con la mitad de mi ejército. Pero la vida es así.

Es verdad, quizá se sentía culpable por haberme causado daño, pero debo decir que yo nunca me sentí víctima de él ni tampoco albergué deseos de venganza en contra suya. Y es que si juegas al juego de la guerra debes saber que se parece a la vida: puedes ganar, puedes perder, pero no desaparecerás a menos que acumules rencores. Porque si lo haces entonces perderás de vista lo más importante: sobrevivir primero. Y vivir después.

Yo sobreviví al ataque de Big Sweet. Y al hacerlo comencé a vivir con él y con todos los integrantes de Asiana. Entre nosotros había franceses, estadounidenses, mexicanos, irlandeses, holandeses, suecos… Y cuando marchábamos a la guerra era como si el mundo entero se hubiese levantado en armas. Al menos eso creíamos.

Un día una alianza hostil, otrora aliada, se alzó en contra de nosotros. Se hacían llamar Maravilha Brasileira y una noche, acaso la más silente de las noches que recuerdo, nos atacaron. Mi reino no cayó en llamas, pero sí el de muchos compañeros. Es fue el principio del fin de Asiana.

Arielus y Aurelius era los líderes; todos les obedecíamos. Pero a partir del ataque de MB dejaron de estar presentes. Una noche llegó un comunicado: “Únanse a otra alianza, no podemos permanecer más”. Pero nadie huyó ni se marchó, al menos durante los primeros días. Sin embargo, los ataques de MB y otras alianzas se intensificaron. Y poco a poco, con una tristeza que no vi jamás en ningún reino, todos empezaron a marcharse.

“Adiós, hermano, fue un honor”. “Muchos se han marchado, ahora me marcho yo”. “Espero verte por ahí, en otra guerra, en algún lugar, Solfarid”. “Los llevaré siempre en el corazón”.

Nunca supe qué fue de mi amigo, Big Sweet. Un día, simplemente, sus comunicados dejaron de llegar. Entonces envié mis tropas a su reino, tan sólo para saber qué había ocurrido. Y lo que encontré fue una ciudad en llamas.

Regresé entonces a Brittania, mi reino, el reino de Solfarid. Y durante algunas noches hice la guerra en solitario. Me ocultaba en los bosques, en los valles, en las planicies de Kezia. Y de cuando en cuando, con algo que difícilmente me atrevo a llamar nostalgia, vi pasar por ahí a algún integrante de Asiana.

Una noche (¿por qué la guerra siempre ocurre de noche, por qué las cosas que valen la pena o  te hacen sentir triste siempre ocurren de noche?), el líder de MB me envió un comunicado en el que me preguntaba si quería unirme a ellos. De inmediato, ordené a mis tropas que recogiesen todos los recursos que estuviesen a mano, y dije a todos mis súbditos: “Nos marchamos”.

A la mañana siguiente, escribí a Pena, el líder de MB, dos palabras: “¡Maldito seas!”. Antes de que pudiera responderme, el reino de Britannia, con todos sus habitantes, se trasladó al sur de Kezia, a un sitio gris, oscuro y desconocido, del cual ni siquiera recuerdo su nombre.

Por conveniencia, por la necesidad de subsistir, porque quería enviar a mis tropas a buscar a mi amigo y unirme de nuevo a él, me uní a la alianza de EC. Me aceptaron, aunque no sé si por lástima. Jamás fui a la guerra con ellos, jamás pelee a su lado. Y tampoco recibí apoyo alguno de ellos.

Solo, tal y como estaba cuando me enfrenté a Big Sweet y me hice su amigo, vi crecer mi reino. Y aunque mi ejército y mis posesiones cada vez eran más poderosos y cuantiosas, dejé de hacer la guerra: si quería sobrevivir y vivir tendría que mantenerme al margen de cualquier disputa.

Fue entonces que recibí invitaciones de un reino ruso y un reino sueco para unirme a sus alianzas. Pero no las acepté. El juego de la guerra comenzaba a hastiarme y yo, Andrés, quería dejar de ser Solfarid.

Es sólo que, una noche, un dignatario inglés llamado Sir Rolomac se apersonó a las puertas de Brittania. “He visto quien eres y lo que haces. Te he visto crecer en estas llanuras hostiles y sobrevivir. Soy el rey de VFB y personalmente vengo a reclutarte”, dijo.

Para entonces yo fraguaba un plan secreto, una idea hostil: el sueño insano y ególatra de ver al reino de Brittania consumido en llamas por la propia mano de su soberano, el rey Solfarid.

Respondí a Sir Rolomac que lo pensaría. Y me fui a dormir

Esa noche soñé que me llamaba Andrés, que era editor de una revista, que vivía en un país llamado México. Y que no era feliz.

Y no lo era porque en mi sueño leía un periódico. Y el periódico decía: “En un lugar del estado de Jalisco, unos chicos cortaron el prepucio de un niño de seis años sólo por diversión”; “en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, se vive un escenario de guerra entre bandas criminales que mantiene a toda la población encerrada en sus casas”; “en el estado de Michoacán gobierna la corrupción, la extorsión y la ley de una panda de miserables fanáticos e incultos que se hacen llamar Los Caballeros Templarios”; “en la Ciudad de México, un grupo de profesores disidentes mantienen secuestradas ciertas zonas de la urbe y ya han afectado la economía del lugar”, “el presidente del país, mi país, el país de Andrés, no hace absolutamente nada”.

Desperté y era una mañana de lunes, el día que, según Eliseo Alberto, comienza la eternidad. Sin pensarlo, de mi mesilla de noche cogí mi iPad y escribí a Sir Rolomac: “Acepto tu oferta”.

Desde entonces –creo que ha pasado una semana de ello– peleo al lado de VFB (Vultures From Beyond), la alianza que me ha permitido ser nuevamente Solfarid, dejar de ser Andrés, y combatir todas las noches a los miserables, hostiles, criminales que atacan mi reino, el reino de Brittania, un lugar pacífico y maravilloso que mi imaginación creó tan sólo para olvidarme de quien soy, de lo que hago, y de que vivo en un país real y no mítico ni virtual. Un país llamado México.

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