De héroes y un Mago

Por ANDRÉS TAPIA

Los héroes surgen en la infancia, tiempo en el que justa y precisamente es necesario encontrar un modelo a seguir o imitar. Eso no descarta la posibilidad de que existan héroes tardíos, pero estos casos suelen ser pocos y extraños.

Los primeros héroes de un niño suelen ser de papel y de ficción. Y no sólo suelen ser héroes, sino superhéroes: seres extraordinarios, dotados de poderes impensables, que dedican su vida a salvar el mundo y a preservar el orden. El problema con estos héroes es que excepto en las páginas de los cómics o en la imaginación de los guionistas de Hollywood, no existen en ningún otro sitio.

Es por ello que los primeros héroes reales de un niño suelen ser deportistas. Hombres de carne y hueso, poseedores de una habilidad fuera de lo común, capaces no de salvar al mundo, pero sí de perpetrar hazañas épicas que nunca nadie olvidará.

Yo tuve a algunos de esos en la infancia. Ken Stabler y Fred Biletnikoff, por ejemplo, mariscal de campo y receptor de los Raiders de Oakland; Reggie Jackson y Bucky Dent, jardinero y shortstop de los Yankees de Nueva York; o Alcindo Martha de Freitas, un delantero que jugó con el equipo de futbol América. Puedo recordarlos a ellos y a otros más; puedo, incluso, rememorar sus hazañas y atisbar en mi memoria imágenes tan vívidas que parecería que hubiesen ocurrido ayer y no hace cerca de 35 años.

Pero, al igual que los héroes de ficción, estos héroes, los reales, tienen una debilidad: son humanos y son mortales. Su vida, como la de todos, tiene un principio y un fin. Y entre uno y otro, la libertad de poder elegir. Es por ello que algunos “héroes” son susceptibles de sucumbir a las debilidades propias de la condición humana (me gustaría conocer hoy a un adolescente, por ejemplo, cuyo héroe haya sido Lance Armstrong y saber qué piensa del ciclista estadounidense a la luz de lo revelado acerca de él en los últimos meses).

Pero existen otros héroes. Héroes no propiamente convencionales que eligen su destino a partir de la admiración que profesan hacia otros héroes. Y su admiración llega a ser tan profunda, que eligen contar las hazañas de aquellos y hacer una memoria de las mismas. Es en esta circunstancia donde se fundamentan la épica y las epopeyas. Y también donde surgen las leyendas.

Cuando yo nací, Pedro “El  Mago” Septién ya había vivido más de la mitad de lo que sería su vida. Lo miraba en televisión, era el año de 1977, y veía a mi abuelo. Ese año, durante la Serie Mundial de Beisbol que protagonizaron los Dodgers de Los Ángeles y los Yankees de Nueva York, descubrí no sólo que el juego de pelota me fascinaba, sino también que me gustaban las palabras, la historia, la poesía.

Ciertamente el Mago Septién no era un poeta, pero sin duda había leído a muchos. Y en la prosa de su narrativa, una construcción precisa de hechos que se repiten continuamente, él solía hallar una palabra discordante, acaso bella, acaso simple, que con los modos de un alfiler perforaba la memoria, provocando así una cicatriz gozosa e indeleble.

“¿Qué es el béisbol?”, se preguntaba El Mago; él mismo se respondía: “Matemática obscura, brillante ballet. O quizá es un drama sin palabras, un ballet sin música y un carnaval sin colombinas”. En el fondo es sólo un deporte, un hermoso deporte, pero en la imaginación de Septién -un aquelarre de epifanías- ese concepto había trascendido a los niveles mismos de la épica.

Un cronista no necesariamente es un narrador. El primero tiene que ceñirse a hechos puntuales. El segundo, para trascender, debe interpretarlos y, si es posible, embellecerlos. Locutor radiofónico en sus inicios, Pedro Septién debía crear imágenes con sus palabras de modo que sus escuchas pudiesen ser partícipes de hechos que ocurrían a miles de kilómetros de distancia. Él mismo en muchas ocasiones, tuvo que escuchar una transmisión radiofónica, traducirla y narrarla en español para el público de México y América Latina.

En viejos cuadernos de notas de bolsillo, El Mago hacía sus anotaciones y al mismo tiempo ejercitaba su memoria. Si desaparecían los primeros tenía a la segunda. Y si fallaba la segunda, entonces le quedaba la imaginación.

Los héroes que conocimos en nuestra infancia, hayan sido jóvenes o viejos, suelen morir algún día. Pedro “El Mago” Septién parecía inmortal. Veo mi vida en retrospectiva y empiezo contarla a partir del otoño de 1977, cuando vi ganar por primera vez a los Yankees de Nueva York, y recuerdo haber escuchado por primera vez a ese hombre que quería que fuese mi abuelo. Son treinta y seis otoños y aunque estoy cierto de que algunos de ellos desapareció de las pantallas, para mí el otoño y la Serie Mundial de Beisbol, jueguen o no los Yankees, traen aparejado consigo el nombre de quien también era conocido como El Marqués de Querétaro.

Anoche, mientras intentaba inútilmente escribir mi columna de aniversario, Pedro “El Mago” Septién falleció. No lo supe en ese instante, sino hasta esta mañana, y en el momento de enterarme emprendí corriendo un viaje hacia mi infancia, en la conciencia de que ésta se estaba alejando del hombre que soy quizá por última vez y para siempre.

“Al final”, decía el cronista cuando concluía un partido de beisbol, “sólo resta la frialdad de los números”. Pedro “El Mago” Septién vivió tantos como 97 años, ingresó a trabajar como locutor a los 22, transmitió cerca de 6,500 juegos de beisbol y asistió a 56 Series Mundiales. Deja ganado el juego y ya no lo puede perder.

Juan Villoro y Jorge Valdano aseguran que el fútbol es la infancia. El beisbol también lo es.

Hoy, que la muerte se ha llevado a uno de los más grandes héroes que yo conocí, no puedo más que coincidir con Pedro “El Mago Septién” cuando afirmaba: “El batazo de homerun destruye monumentos y edifica castillos”.

Tan sólo agregaría: “Y las infancias, esas que hoy parecen ruinas, repentinamente empiezan a reconstruirse otra vez y para siempre”.