El accidentado viaje de Bogatyr

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando la gente viaja suele llevar consigo sus obsesiones y sus costumbres.

Un amigo mío que vive en Berlín, cada vez que visita la Ciudad de México suele llenar su maleta de frascos de chiles y salsas picantes. Al día de hoy, no ha tenido un problema significativo en las aduanas alemanas.

Otro amigo, que consume marihuana y que suele viajar frecuentemente, suele ocultar la hierba en las tapas de desodorantes y lociones. El agudo y entrenado olfato de los perros policías, nacionales o extranjeros, ha resultado incapaz para descubrir su trampa.

Pero si se trata de exhibir extravagancias, conozco el caso de una mujer que solía atesorar el semen de sus amantes en frascos con los que solía viajar por todo el mundo. Cuando en alguna ocasión fue detenida en la aduana del aeropuerto de Los Ángeles, California, y cuestionada por el contenido de esos recipientes, respondió con una verdad auténtica aunque ligeramente tergiversada: “Trabajo en L’Oreal, soy vendedora: son muestras de mis productos”.

Yo también suelo llevar conmigo mis obsesiones y costumbres. Trafico con armas, guerreros y en ocasiones ejércitos. Y hasta el día de ayer jamás tuve problema alguno.

El mes de julio de 2005, conseguí pasar por la aduana de Londres, así como por la de Nueva York, una espada que había adquirido días antes en Edimburgo. El asunto no tendría mayor importancia excepto por el hecho de que el 7 de julio de ese mismo mes, cuatro terroristas suicidas hicieron estallar un número igual de bombas en los servicios de transporte público de Londres, matando a 56 personas (los terroristas incluidos) e hiriendo a centenas.

Era una espada decorativa, réplica de Durendal, el arma que de acuerdo al Cantar de Roland perteneció al paladín del mismo nombre y quien estaba al servicio de Carlomagno. La espada carecía de filo y su punta era roma, pero en tanto estaba hecha de acero inoxidable y medía 1,20 metros, bien podría despertar las suspicacias de un mundo que cambió la mañana del 11 septiembre de 2001 y, llegado el caso, ser utilizada como un arma mortal.

“¿Qué llevas en la caja’”, preguntó una empleada de Continental Airlines mientras hacía fila para documentar mi equipaje. “Una artesanía”, vacilé. “¿Qué clase de artesanía?”, arremetió curiosa pero no inquisitiva. Tuve entonces que rendirme: “Una espada”. No bien terminé de confesar qué era lo cargaba en esa caja, experimenté una suerte de pesar: perdería mi espada, el dinero invertido en ella, y protestar por una pérdida tan nimia comparada con la tragedia ocurrida días antes, equivaldría a un acto de egoísmo e insensibilidad del que no podría ser capaz.

Pensé que llamaría a alguien más: a un supervisor, a un oficial de aduanas o a uno de los soldados del ejército británico que esos días fueron desplegados en todos los aeropuertos de Londres. No lo hizo. “Una espada, ¡qué bien!”, exclamó sin inmutarse. “Sólo documéntala. Buen viaje”.

Algunos años después, con una réplica de la espada Excalibur que adquirí en Cordes-Sur-Ciel, una comuna situada en lo alto de una colina del departamento de Tarn, en el sur de Francia, recorrí en tren y en avión la mitad del país (mi amigo y colega Javier Martínez Staines, autor del blog De Tinta Somos de WordPress puede dar fe de ello). La espada llegó a la Ciudad de México sin sobresaltos.

Y lo mismo ocurrió con la réplica de Anduril, la espada de ficción que fue forjada por los elfos a partir de los restos de Narsil en la saga El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que mi amiga Raquel Azpíroz Manero cargó por la mitad de España y me entregó una soleada mañana del otoño pasado en la Ciudad de México.

No obstante, mi suerte como contrabandista de armas y guerreros terminó hace un par de días en el aeropuerto de Domodedovo, en Moscú.

Justo frente al Mausoleo de Lenin, en la Plaza Roja, existe un centro comercial llamado GUM (Glavny Universalny Magazín). La edificación tiene más de 120 años de antigüedad y en su origen fue lo que es hoy: un complejo de tiendas departamentales que lo mismo atestiguaron la Revolución Rusa, la dictadura del proletariado, la Segunda Guerra Mundial, las obsesiones ególatras de Stalin, la disolución de la URSS, y el triunfo del capitalismo por otros medios.

Excepto su extraordinaria arquitectura, no hay mucho que ver en GUM que no pueda admirarse en otros sitios del mundo: tiendas boutique de los actuales emisarios globales de la llamada industria del lujo con los mismos excesos aspiracionales.

En una tienda de artesanías casi oculta por el glamour de Vuitton, Max Mara, Hugo Boss, Armani y un etcétera que hoy rivaliza con la eternidad, descubrí una escultura en madera de un Bogatyr, un caballero medieval ruso, en cuyo destino se halla el errar por el mundo en busca de aventuras.

Labrado en una sola pieza de madera, barnizado con un tiento rayano en el fanatismo, grabado con precisión milimétrica y enriquecido con piezas de metal, representaba una tentación indecible para un fetichista. Lo descubrí un lunes y regresé el martes por él. Pregunté si tenían una caja y respondieron que no. Los vendedores terminaron por envolverlo en papel plástico de burbujas y lo depositaron en una bolsa cursi e indigna solo propia de un regalo occidental. Temí por él al comprarlo, y temí, también, cuando ingresé al aeropuerto de Domodedovo.

Mis temores no eran infundados.

Apenas pasar por el scanner de rayos X del control de seguridad, mi Bogatyr fue detenido. “¿Es suyo? ¡Ábralo!”.

La primera oficial de seguridad lo miró con asombro. Por medio de un radio llamó a otra. Esa otra llegó, me sonrió, lo miró, y llamó a otra, una mujer más joven. Por espacio de 45 minutos, al menos seis oficiales de aduanas se presentaron delante de mi Bogatyr y lo admiraron, acariciaron y se preocuparon por su espada de metal: una estructura de 15 centímetros de largo, roma y sin filo, pero que bien podría ser usada para acuchillar a alguien, al menos eso fue lo que le dijeron a mi amigo Julio Hernández, quien viajaba conmigo.

En la puerta de embarque, luego de muchas mujeres, se presentó al fin un hombre, empleado de Lufthansa. En un inglés ininteligible, me dijo: “No puede viajar con usted, tendrá que irse como carga; guárdelo en su portatrajes”. “Es una obra de arte”, le respondí, “es una artesanía, es frágil, y puede romperse si viaja de ese modo”. El empleado de Lufthansa, acusando una culpabilidad extrema, pareció comprenderlo. “Lo entiendo, de verdad lo entiendo, pero no puedo hacer más”.

Caminó conmigo, dijo algo en ruso a la encargada de recibir los pases de abordar, etiquetó mi portatrajes y lo entrego a un montacarguista de Domodedovo que lo trató como si fuese un fardo de basura. En mi interior reprimí una lágrima. Y oré.

Dieciocho horas más tarde, en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, retiré la protección plástica al caballero errante medieval ruso y encontré su base ligeramente astillada y dañada. El resto de él, sin embargo, permanece intacto.

Viajo con mis obsesiones y costumbres, como cualquier otra persona. Y a unas y otras agrego la genética, que me hizo lo que soy. Mi abuelo, Andrés Díaz Romero, era un carpintero humilde que podía dotar de vida a un trozo simple de madera.

No sé cómo se llama el carpintero, el artesano, el artista que labró a mi Bogatyr. Y probablemente nunca lo sepa. Pero si alguien lo conoce, por favor dígale que esa pieza única que creó –hoy con algún daño– permanece en pie.

Y que de algún modo extraño, obtuso, abstruso, inexplicable, simple… él y yo –Bogatyr y yo– logramos atravesar la mitad del mundo y llegar a casa.

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