Las crayolas de María

sfc-fumaPor SALVADOR FRAUSTO CROTTE

Estaba tirada en el piso, bocabajo, con las pantorrillas batiendo el aire. Las crayolas desperdigadas alrededor de la hoja en blanco daban cuenta de la gama de colores que componían sus trazos desaliñados y felices. Las cejas alzadas, la mirada fija en el lienzo y sus labios apretados llamaron mi atención.

–¿Qué haces, Bebecillo? –pregunté mientras apartaba la mirada de la computadora.

–Una obra de arte, a mi familia –respondió con traviesa presunción.

A la izquierda del dibujo estaba su mamá; enseguida ella; al lado, su hermana mayor. Y, en el otro extremo, yo. Mariela, María, Sofía, Salvador, en ese orden.

María me explicó que su familia estaba compuesta por su mamá, su papá, su hermana, sus abuelas, sus abuelos, sus tías y tíos, sus primos y primas. “Pero no todos caben en la hoja”, comentó.

–Déjame ver de cerca la obra –dije con tono adusto.

–Espera, no está terminada, papá –respondió con una inflexión en la voz que entre líneas pareció significar: “No me molestes”.

En el dibujo su mamá era grande, ella pequeña y su hermana mediana. Yo aparecía ligeramente más pequeño que su madre… ¡proporciones casi exactas a las reales! No obstante, una sensación incómoda cayó sobre mis hombros horas más tarde, cuando conducía rumbo a mi apartamento, luego de dejar a mis dos hijas con sus respectivas madres.

Revoloteaba en mi mente si sería “normal” que yo no apareciera tomándole la mano, como sí lo hacían su mamá y su hermana. ¡Mi lugar estaba en el extremo!

Si lo pienso, no era un mal signo que María me hubiera regalado el dibujo, con dedicatoria, corazón y todo. Pero algo perturbaba mi cabeza.

* * *

Dos días más tarde me encontré –dibujo en mano– en el consultorio de la psicóloga con la que acudía en ese entonces. La terapeuta me dijo que si bien no podía darme una interpretación concluyente, no debería de preocuparme. Las sonrisas de los cuatro personajes del lienzo llamaron poderosamente su atención.

Me dijo que la niña –de entonces cuatro años– se sentía protegida por sus padres y hermana. Que más allá del orden de las figuras, María parecía ser una niña feliz. Y la definió como observadora, coqueta, con sentido del humor.

Al paso de los años me queda claro que el mundo de María es un mundo de sonrisas. Las sigue dando, las sigue recibiendo, las sigue dibujando.

Hace unas semanas, perfiló con plumones de colores otro apunte de sus padres: ambos aparecemos con sonrisas plenas divididos por un arcoíris.

La vida de los hijos de padres que no viven en la misma casa, no dista mucho de la vida de los niños que duermen bajo el mismo techo que mamá y papá. Cierto, a veces es diferente, tan diferente como es la vida de todas las personas.

* * *

Hoy, con seis años, María sigue regando crayolas y plumones alrededor de sus lienzos. Delinea robots, perros, gatos, flores y barcos. Los ojos se le encienden cuando gana en el juego de Serpientes y escaleras y mientras patea un balón de futbol. Nada como delfín, vuela en los columpios y corre desaforada para desaparecer en una resbaladilla tubular. Instruye a los meseros, habla con las piedras, regaña a los gatos. Alza la voz como nadie cuando la emoción la inflama. Es encantadora incluso cuando se enoja, llora o hace berrinche. Y cuando hace esto, al final siempre vuelve para hacerse querer.

Con frecuencia suelo contar que una de las grandes armas que tiene Bebecillo es su carisma: sonríe, frunce el ceño… y todo se arregla.

Riega cochecitos por la casa, toca el órgano con su hermana y, de pronto, ya es una rockstar detrás de la batería de su tío.

Hace algunos años escribí una crónica llamada “El mundo de Sofía”, mi otra hija, que hoy tiene 12 años y ha ingresado veloz a esa expedición llamada adolescencia. Hoy, ahora, ocupo la invitación a participar en este blog para trazar algunos rasgos de “El mundo de María”, la niña cuya sonrisa es capaz de derretir témpanos. Incluso cuando se acercan los fantasmas, las brujas y los monstruos: una varita mágica siempre es suficiente para convertir a los villanos en duendes que huyen avergonzados de sus tropelías.

Quienes me conocen bien saben que detesto a las personas que sonríen demasiado. A los hipócritas, a los ilusos, a los resentidos, a los estúpidos. Esa gente tiene olor a muerte porque la vida que quisieran se les va de las manos. Las sonrisas francas de los niños son otra cosa: tienen fuerza, emanan belleza, despiden emociones. ¿En qué momento de la vida los adultos perdemos la capacidad de prodigar sonrisas verdaderas?

Las crayolas de mi hija, María, parecen contener el antídoto para vacunar el malhumor de los grises que nos rodean y a los que tristemente nos hemos habituado.

No sé si se ha dado cuenta, pero le he robado algunas.

Y, mientras ella duerme, yo ilumino con sus colores los grises de mi vida.

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