De la edad

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Por FLORENCIA MOLFINO

“… y las puertas se cierran a tu paso;

sólo del otro lado del ocaso

verás los Arquetipos y Esplendores”.

Jorge Luis Borges

Empecé a escribir este texto hace un par de días. Lo dejé reposar como recomiendan los conocedores y, gracias a eso, terminó en la basura. Mi texto anterior decía “Cada tanto vuelvo a los ensayos de Montaigne”. En general, cuando leo sus ensayos me siento reconfortada, pero hace poco descubrí uno que me inspiró cierta furia. Se llama “De la edad”.

Entre otras cosas, me indignaba que dijera que no había porqué protestar por el paso del tiempo, cuando la vejez no es más que una excepción en esta vida llena de tropiezos y peligros. Que es más fácil morir antes de los 50 que llegar a los 70.

Argumenta cosas como ésta: “¡Qué ilusión la de esperar morir de la falta de fuerzas, que a la vejez extrema acompaña, y la de creer que nuestros días acabarán sólo entonces! Esa es la muerte más rara de todas, la menos acostumbrada, y la llamamos natural, como si tan natural no fuera morir de una caída, ahogarse en un naufragio, sucumbir en una epidemia o de una pleuresía, y como si nuestra constitución ordinaria no nos abocara todos los días a semejantes accidentes”. Lo odié.

En los últimos tiempos me había atacado la idea de que la juventud está sobrevalorada: en los trabajos, en las oportunidades, en la belleza. Todo es nuevo y potencial, y está lleno de energía y carece de la acritud y el espíritu macilento de los más curtidos. Pero leyendo y releyendo el ensayo en cuestión, sumado a una reciente lectura de otro autor, entendí que mi idea era una estupidez y que la juventud no está sobrevaluada sino que está valorada con justicia (y no siempre acompañada por ésta).

El horror a la vejez o la envidia (o dicho de modo menos cruel, el anhelo) de juventud no es gratuito. No se trata sólo de la forma en que la sociedad tiene cronometrada la idea de lo que es la vida ni del miedo natural a lo desconocido (y la vejez no sólo es uno de los territorios más oscuros sino también de los más desprestigiados). Hay algo peor que esto y que la muerte en sí: creemos descubrir demasiado tarde que todo lo importante que debía haberse hecho aún nos rehúye: la trascendencia, la fama, el descubrimiento de uno mismo.

Pero aún poniendo todo el esfuerzo y la voluntad por correr a contrarreloj para enmendarnos, no nos abandona el temor de que detrás de cualquier intento acecha inevitablemente el olvido, eso que nos hace humanos y nos une en el anonimato: “Y al volverse a mirar a lo que había prometido ser nuestra aventura única, peligrosa, imposible de predecir, sólo encontramos que al final es una serie de metamorfosis iguales por las que han pasado hombres y mujeres en todas las partes del mundo, en todos los siglos, y de todos los siglos de que se guarda memoria y bajo todos los variados y extraños disfraces de la civilización[1]”.

Si siempre el hombre ha temido el olvido y la trascendencia ha sido tan importante entre sus aspiraciones –en parte por la naturaleza que busca sobrevivir a través de nuestros propios genes–, en la actualidad esa búsqueda resulta más patética y solitaria cuanto más tiene de trampa de un modelo de sociedad que premia valores externos, gratificantes y de consumo. ¿Qué significa entonces ser un hombre? La juventud, que también envejecerá y se enfrentará al mismo dilema y perderá –como nosotros alguna vez lo hicimos– sus maravillosos atributos pasajeros, no es más que un espejismo: otro producto que consumimos vorazmente para alejarnos de la muerte y del dolor de una existencia “sin ser”, ese horrible vacío al que nos empuja –vuelvo a ello– este modelo de sociedad.

De la edad biológica nacen las actitudes, necesidades, carencias y pensamientos que suelen guiarnos a través de este viaje, pero eso nada tiene que ver con la edad interna. He ahí la más triste y habitual confusión de quienes buscan sentirse jóvenes actuando como los que en la actualidad sí lo son: en vez de vivir la vida con una mentalidad curiosa, vital, aventurera, abierta y entusiasta que son sus atributos y están al alcance de todos.

Pero volviendo al ensayo de Montaigne, pensé que de todos modos había algo que se había vuelto viejo en sus argumentos: sus datos y referencias sobre la longevidad no venían al caso en nuestro joven siglo XXI. Error: en la actualidad, la vejez representa verdaderamente una excepción, aún con los avances de la medicina y los promedios de vida: apenas 11.5% de la población de los países no desarrollados tiene más de 60 años, mientras que en los mal llamados países del primer mundo la cifra puede subir a 22.6% (en ambos casos, son promedios).

Y otra revelación: lo que está reverberando en el aire como miedo y anhelo no es la juventud, sino la vejez: todos huyendo de ella pero al mismo tiempo sobrevalorando su presencia, que no es más que una excepción de la que, con suerte, podremos formar parte.

Joseph Campbell sostiene que las mitologías nos ayudan (a individuos y sociedades) a atravesar las etapas clave de la existencia porque nos liberan de las fantasías que nos atan al pasado, y que parte de la neurosis de este siglo y del pasado se debe a que nos hemos desprovisto de ellas: “Permanecemos aferrados a las imágenes no conjuradas de nuestra infancia y por ello poco dispuestos a pasar las etapas necesarias de nuestra vida adulta. En los Estados Unidos hay inclusive un pathos de énfasis invertido: la finalidad no es envejecer sino permanecer joven; no madurar lejos de la Madre sino aferrarse a ella”.

Los sucedáneos que consumimos insaciablemente del paraíso perdido nos ciegan ante la grandeza que existe en sobrevivir un día más y alejarnos de lo que ya fuimos. Y algunos afortunados podrían agregar: de haber envejecido.

Montaigne me dio claridad y, una vez más, tuvo razón.

[1] Joseph Campbell, El héroe de las mil caras

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