Antonio y Joaquín

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Óscar Garduño

Ella despidió a su amor, él partió en un barco en el muelle de San Blas…

–Hay un hombre ahí, en aquel rincón, llorando como un niño.

–¿Un hombre?

–O un niño.

–¿Un hombre o un niño?

–No estoy seguro, pero pidió otro tequila… debe ser un hombre.

–No entiendo lo que dices.

–Tampoco yo lo entiendo… sólo sírvelo.

Antonio, otra vez es 3 de junio.

Otra vez.

¿Duele aún, no es así?

Como un puñal en las costillas.

Y bebes.

¡Oh, sí! Bebo, como cada 3 de junio.

Antonio.

¿Sí?

Déjalo ya.

Él juro que volvería, y empapada en llanto ella juró que esperaría…

 

–Centenario, señor.

–Gracias.

–Perdone, no soy quien… pero ¿por qué llora?

–¿Llorar? ¿Quién llora?

–Usted.

–Es posible… no lo sé… estoy borracho, no me doy cuenta.

–Déjelo ya.

–Tal vez.

Antonio… es como es: lo que fuiste y todavía eres, pero ya no.

¿Y si te callas?

Me volverás a escuchar.

Eres sólo un eco.

Soy lo que tú eres, Antonio.

Tú eres un recuerdo.

Tu recuerdo.

Lo que sea…

Miles de lunas pasaron y siempre ella estaba en el muelle… esperando…

–Es él, ¿no es así?

–El mismo.

–Parece un niño.

–Pero es un anciano.

–¿Cuánto tiempo ha pasado?

–No lo sé… ¿52 años?

–Seguramente.

–Y siempre viene.

–Siempre.

–3 de junio.

–Hoy.

–Hace una vida.

Antonio.

Dime.

Soy Joaquín.

¿Joaquín?

Ya no bebas.

¿Qué te importa a ti?

Demasiado.

¿Por qué?

¿Debo decirlo?

Me da igual.

Déjalo, Antonio. Déjalo ya.

Muchas tardes se anidaron, se anidaron en su pelo y en sus labios…

–Otro Centenario.

–¿Otro?

–Y los que falten.

–Sí, señor… pero ya no debería.

–¿Cómo te llamas, muchacho?

–Andrés.

–Andrés… ¿si te doy mil pesos te callas?

–Me callo, señor.

–Trae entonces ese tequila.

Antonio. ¿De vuelta a las viejas batallas?

Nunca dejé de estar en ellas.

Solitario siempre.

Casi siempre.

Soy Joaquín, Antonio.

¿Joaquín?

Ese.

¿Ese?

El mismo, el que te tiene aquí.

Llevaba el mismo vestido, y por si él volviera no se fuera a equivocar…

–Uno más.

–Uno más… y los que falten.

–¿Tan borracho está?

–Tanto.

–Pobre viejo.

–Pobre.

–Antonio, ¿no es así?

–El único Antonio del mundo

–Y el más solo.

Antonio…

Joaquín…

¿Ahora me recuerdas?

Nunca pude olvidarte.

¿Por eso bebes?

Por eso.

Déjalo ya, Antonio.

Es mi problema.

También el mío.

Los cangrejos le mordían: su ropaje, su tristeza y su ilusión…

–Señor, su tequila.

–Andrés…

–Señor…

–¿Has visto a Joaquín?

–¿Joaquín?

–El español.

–¿Qué español, señor?

–Uno que anda por aquí.

–Aquí no hay ningún español.

–¿Ninguno?

–No, señor.

–Ya aparecerá.

Antonio… déjalo ya…han pasado 52 años.

¿Tanto así?

Todo ese tiempo.

Es curioso, parece que fue ayer…

¿Ayer? ¿Por qué no te miras las manos, te tocas el rostro, te pones de pie y corres? Eres un anciano, Antonio. Ayer fue hace muchos años.

Muchos… ¿52 dices?

Suficientes para olvidarlo.

¿Tú lo has olvidado?

…y el tiempo se escurrió y sus ojos se le llenaron de amaneceres… y del mar se enamoró y su cuerpo se enraizó en el muelle…

–El viejo está mal: habla solo y pregunta por el español.

–¿Qué español?

–Pues uno… un tal Joaquín… ¿Lo conoces?

–No, pero sé quien es.

–¿Quién?

–Un fantasma, una pesadilla, un delirio inacabado…

–Es sólo un pinche borracho alucinando.

–Es Antonio, ¿entiendes? Antonio.

Antonio…

Siéntate, tómate un tequila conmigo.

¿Uno más? Ya no te tienes en pie.

Siéntate, hablemos.

Hemos hablado tanto… Y es lo mismo, Antonio, la misma historia…

Quizá si hablamos ahora cambie.

Joder, Antonio… ¡por Dios!

Qué venga también, que se tome un tequila con nosotros, que me ayude a entender…

Sola, sola en el olvido

Sola, sola con su espíritu

Sola, sola con su amor el mar

Sola… en el Muelle de San Blas

–¿Quién es Antonio, quién es Joaquín?

–¿No lo sabes?

–No.

–Eres muy joven, Andrés.

–¿Cuál es el misterio?

–No hay misterio.

–Dilo entonces, ¡de una puta vez!

–Es una historia triste.

–¡De una puta vez!

Yo me pierdo, Joaquín, y no consigo ser el mismo.

Pero lo serás siempre, Antonio.

Salud…

Salud…

Hey, Andrés, muchacho… trae otros dos tequilas

Antonio…

Joaquín…

No sobrevivirás esta noche…

¿Y quién quiere vivir?

Su cabello se blanqueó, pero ningún barco a su amor le devolvía…

Y en el pueblo le decían… le decían la loca del Muelle de San Blas…

–Hace 52 años esos dos se vieron la cara… pero entonces eran demasiado jóvenes.

–Sólo hay uno, Antonio: el anciano que habla con su sombra.

–Habla con Joaquín, el español, aunque no lo creas.

–No hay ningún español.

–En su mente, en sus recuerdos, en su tragedia: él existe.

–Es sólo un borracho.

–Es Antonio. No se te olvide.

Vete ya, Joaquín.

Vente conmigo, Antonio.

¿A dónde, pues?

A otro momento, menos a ese.

Ese momento es mi vida, mi muerte…

Por eso mismo, Antonio: vámonos.

Vete solo, no cuentes conmigo.

Me seguirás…

Tal vez…

…y una tarde de abril la intentaron trasladar al manicomio,

nadie la pudo arrancar y del mar nunca jamás la separaron…

–Fue en un sitio llamado Viña del Mar, en Chile… si lo recuerdo bien, el sol que se movía en el horizonte no presagiaba tragedia… Antonio era delgado, tenía el bigotillo mucho más fino y en los ojos esperanza.

–Quiere otros dos tequilas…

–Él era el más solitario de todos los hombres que pisaban la hierba del Sausalito. Pero jugó como nunca antes, como nunca después lo haría. Y sirvió de poco…

–¿Jugar?

–Antonio era el portero de la Selección de México que acudió al Mundial de Chile 1962, que debió haber ganado ese partido en que conoció a Joaquín, que venció en el siguiente a los checos, los cuales a la postre llegaron a la final y la perdieron con Brasil.

–¿Qué fue lo que pasó?

–Fue un partido abierto, de ida y vuelta, sin descanso, sin tregua. A cada arremetida de España, México respondía con otra. Antonio detuvo o desvió cuatro, cinco, seis goles de España. Y México erró dos que pegaron en los postes.

–¿Quién es Joaquín?

Sólo soy importante por causa tuya, Antonio…

Y yo soy un miserable por culpa tuya…

Fuiste un héroe…

Un héroe vencido…

Héroe al fin…

No son mis hazañas las que se cantan, sino mi derrota…

Nunca te olvidaré, Antonio…

Ni yo a ti, Joaquín…

Sola, sola en el olvido

Sola, sola con su espíritu

Sola, sola con su amor el mar

Sola… en el Muelle de San Blas

–El Galgo del Metropolitano, le decían, por su zancada larga e inquietante. Jugaba de mediocampista con ambiciones de delantero, lo suyo no era anotar goles pero de cuando en cuando aparecía en el área.

–¿Quieres decir…?

–Era el minuto 90… México cobró un tiro de esquina que rebotó en un zaguero español, el balón pudo haber tocado su mano, pero es imposible decirlo. Salvador Reyes reclamó al árbitro la falta, pero para ese momento Paco Gento ya escapaba por la banda izquierda. Nadie pudo detenerlo, tocarlo siquiera, y Gento llegó al área grande para después centrar con el poco aliento que le quedaba… Un defensa mexicano encontró el balón con la cabeza y pretendió sacarlo del área… pero lo entregó a Peiró, Joaquín Peiró, quién con la zurda venció a ese que ves ahí…

–…

–Desde entonces, cada 3 de junio, que es la fecha en se celebró ese partido, Antonio viene por aquí y pide Centenario, uno a uno, y se emborracha mientras habla con Joaquín, el español, Peiró… su verdugo.

–Me voy, Antonio… ¿Vendrás conmigo esta vez?

–No, no lo creo, Joaquín… me quedaré aquí.

–Déjalo ya, estás muy mal, Antonio.

–Pero todavía estoy… ¿me das un abrazo?

–Venga…

–Hasta el año próximo, Joaquín.

–Hasta siempre, Antonio.