Berlín nunca es para siempre

Por ANDRÉS TAPIA

Ana, Araceli, Eduardo, Elena, José Luis, Kike, Ligia, Malena, Marcelo, María Elena, Maricel… nos vemos pronto en Punta del Este. Y si no, entonces los espero en Berlín.

El final del invierno de 2001, el año en que el Mundo perdería la inocencia a raíz de los atentados del 9/11, viajé a Alemania para participar de una aventura promovida por la Internationale Journalisten-Programme (IJP), una organización civil independiente fundada en 1981 para promover el intercambio de periodistas entre Alemania y el resto del mundo.

Durante poco más de dos meses, diez periodistas latinoamericanos y diez alemanes, nos mudamos de país para ejercer el periodismo desde una perspectiva distinta: los primeros ingresaríamos a redacciones de medios alemanes o situados en Alemania, y los segundos harían lo mismo en redacciones situadas entre el Río Bravo y la Patagonia.

Todos los latinos coincidimos en Berlín: tres brasileños (Ana, Ligia, Eduardo) un cubano (José Luis), un chileno (Marcelo), una peruana (María Elena), una argentina (Maricel), una uruguaya (Malena), un colombiano (Enrique) y un mexicano (yo).

Excepto unos seminarios de introducción que ocurrieron al principio del intercambio en la ciudad de Hamburgo, algunas conferencias y un recorrido a mitad del mismo por diversas ciudades alemanas, no se suponía que debiésemos convivir. Pero algunos coincidimos viviendo en el mismo sitio y otros más determinaron que los miércoles por la tarde deberíamos reunirnos en un café llamado Liberta (que si mal no recuerdo se localizaba en el barrio de Neuköln) para hablar de nuestras experiencias en Berlín.

Fue todo eso, pero también el sabernos solos en un país que si bien a ninguno nos resultaba extraño, lucía agresivo, distante, silente. Recuerdo haber leído accidentalmente, un texto de Enrique Patiño (perdóname, Kike) en el que decía sentirse solo y desesperado por no entender el alemán de los alemanes (él hablaba suizo-alemán); a José Luis Rumbaut (¡hasta la victoria siempre, Comandante!) mirarlo triste porque el apartamento en el que nos instalamos Enrique y yo no disponía de un espacio para él y tuvo que marcharse.

Despojados del calor, el bullicio y esa proclividad del alma latina al calor del hogar y la familia, fue como aprendimos que por las mañanas no debíamos entablar contacto visual con los berlineses en el transporte público, a guardar silencio y a leer para no caer en ninguna de las dos anteriores tentaciones.

Pero también descubrimos que por las noches, de vuelta a casa, esa aparente falta de alma de los alemanes se transformaba en lo opuesto: en la necesidad de conversar, de sonreír, de beber un trago (o varios) para olvidar. El U-Bahn (el subtérraneo) era una fiesta en la que todos departían con todos. En lo personal, jamás olvidaré cuando una noche, a partir de una conversación aparentemente intrascendental con un alemán que me preguntó si aún pasaría un tren por la estación pues el tablero designal aseguraba que no, terminé borracho en una fiesta repleta de gente de varios países.

Los miércoles, pues, a las 18:00 horas, el Café Liberta se convirtió en el refugio de diez adultos latinos que extrañaban sus países, pero querían, cual adolescentes, volverse independientes.

Poco a poco nos fuimos hermanando de una extraña manera. Y esa cofradía que formamos contagió a otros latinos e incluso a los alemanes. Durante el viaje que realizamos por Alemania, guiados por Martin Spiewak, el coordinador de la IJP, y acompañados por Elena Echaniz (española-alemana y comadre mía eterna), nos hicimos amigos entrañables de ambos.

Una noche en la ciudad de Weimar, en un bar adorable cercano al hotel en que nos hospedamos, Elena me soltó una invitación que no pude rechazar: “¿Te bebes un tequila conmigo?”. Una hora más tarde, toda la mesa –Martin, incluido– bebía tequila mientras los dueños del bar, con un dejo severo de preocupación en sus rostros, veían aproximarse el Apocalipsis.

Otra noche, en Dresden, en un restaurante tradicional, organizamos un escándalo tal que aún me extraña que no acabásemos en la cárcel o víctimas de la furia xenófaba de los neonazis. Bebimos tanto tequila que hubo un momento en que Ligia Brauslaskas construyó una torre con vasos y acabó rompiéndolos todos. Ni los encargados del lugar, ni los comensales de las mesas contiguas dijeron nada. Acaso fue porque ese extraño desparpajo y alboroto a los alemanes les parecía extraño o admirable… o porque, fieles a los modos y costumbres de Latinoamérica, nos encargamos de sobornarlos con una ronda de… tequilas.

Esa noche Maricel Drazer y yo descubrimos azarosamente que habíamos nacido el mismo día y el mismo año. Desde entonces nos llamamos hermanos y estamos unidos en la distancia (Maricel se casó con un alemán, tiene dos hijos y es presentadora de la Deutsche Welle) de una manera extraña pero siempre gozosa.

La noche que, sin embargo, recuerdo con mayor gozo y nostalgia, fue una noche de borrachera reflexiva en la que sedientos de fiesta y nuevas experiencias, terminamos en un bar improvisado de una fraternidad de estudiantes en Munich. En el fondo de un pequeño apartamento, en una habitación estrecha que tenía un piano en el cual toqué la primera parte de la Sonata Claro de Luna, de Beethoven, y provoqué a un estudiante que se levantó a interpretar a Mozart, todos los integrantes de la Troupé Berlin (como nos bautizó mi adorada amiga Araceli Vicente), contamos chistes acerca de nuestras nacionalidades, discutimos sobre la problemática eterna de Latinoamérica y al final concluimos disertando con melancolía sobre el amor en tanto concepto y sobre el futuro de nuestras vidas.

Ese viaje, ese maravilloso viaje, se nos agotaba y lo sabíamos. Pronto volveríamos a casa.

Me propuse, les propuse entonces, escribir un libro con las memorias de ese viaje y me di a la tarea de conversar con todos ellos. Grabé las entrevistas en cassettes que aún (sí, aún) conservo. Pero a mi memoria no le hacen falta para recordar lo que me dijo Elena Echaniz cuando le pregunté: “¿Siempre tendremos Berlín?” “No, Andrés, Berlín nunca es para siempre”.

La despedida tuvo lugar en un bar ubicado cerca de Hackescher Markt. Todos lloramos, unos menos, otros más. Y tendría que haber sido sólo la emoción del momento, del tiempo compartido, maravilloso, ciertamente, pero no suficiente, quizá, para trascender al futuro. Pero esos poco más de dos meses se quedaron marcados en nosotros como si fuesen la herida de guerra de un combatiente que, al amparo de un bourbon y un bartender amable, gusta de recordar y exhibir.

Esa noche Marcelo Kries, mi hermano chileno, se marchó llorando como un crío. Nunca conocí a un tipo más inteligente y culto. Lo volví a ver un año después, también en Berlín. Lo único que sé de él es que vive en Alemania.

De Ana Flor, la rubia brasileña de la que estuve secretamente enamorado, me despedí en un puente cercano al Reichstag. Y nos dimos un beso.

Eduardo Simoes y yo nos despedimos en la librería Dussman das KulturKaufHaus, que aún existe. Con un abrazo y lágrimas que no cayeron, nos dijimos “te quiero siempre”.

Kike y yo vivimos juntos con Araceli Vicente (nuestra adorada salmantina), en el número 46 de Gorlitzer Strasse, en el maravilloso barrio de Kreuzberg. Tal cercanía nos hizo descubrir lo mucho que culturalmente nos parecíamos. Pero, más allá de eso, aspirábamos a escalar del periodismo a la literatura; hoy ambos estamos y seguimos en eso.

Con Malena Rodríguez Guglielmone encontré en ese viaje una afinidad que yo desempeñaba en solitario y que, excepto, con ella, nunca más he vuelto a realizar con otra persona: por las mañanas, mientras hicimos el recorrido por Alemania al que nos obligaba el programa, salíamos a correr con viento, frío y algunas veces nieve. Hoy Malena es madre de dos hijos y a sus 41 años, sigue siendo la mujer hermosa, atlética y encantadora que yo conocí.

José Luis, el Comandante, regresó a Cuba y luego se mudó a Veracruz, México. No nos hemos visto desde entonces, pero nuestra correspondencia es frecuente, cercana y querida.

María Elena Castillo, Maricel, Ligia, Martin y su esposa Kristin nos encontramos el otoño de ese año en Buenos Aires, un mes después de los acontecimientos del 9/11, en un encuentro propiciado por mi amada hermana quien nos alojó en su casa y en la de su familia. Nos volveríamos a ver tiempo después, en Berlín de nuevo, y a ese encuentro asistieron Marcelo y también Elena.

Honoré de Balzac escribió alguna vez acerca del eterno retorno de los personajes, refiriéndose a la literatura. Pero… ¿qué otra cosa es la literatura sino la vida misma?

Hace unas semanas recibí un mensaje en Facebook de Ana Flor: “Andrés, no lo vas a creer, estoy en México…” Nos vimos al día siguiente, Ana venía con Fabiano, su novio, y la velada que pasamos los tres fue como si Berlín nunca se hubiese ido.

Unos días más tarde, Malena envió un e-mail y unas fotos en los que nos contaba que ella y María Elena se habían reunido en Perú, justo los mismos días en que Ana y yo nos encontramos en la Ciudad de México.

Hace 14 años me propuse escribir una memoria que nunca empecé. Hoy, mal y tarde –porque la gente regresa, la vida regresa, los personajes regresan–, pago con estas líneas aquella promesa que no cumplí.

Y si bien hace 14 años sé, gracias a Elena, que Berlín nunca es para siempre, también, 14 años más tarde, estoy seguro que siempre tendremos Berlín.

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