¡Que Dios bendiga al Bronco! (y ojalá bendiga a México)

Por ANDRÉS TAPIA

No creo en los políticos. En ninguno. Al menos no en los mexicanos. Llámense como se llamen o tengan el color que tengan: amarillo, azul, tricolor o independiente.

Creo sí, en las personas, aunque tengan un color y además de eso sean políticos.

Lo pondré así:

La mitad de México (quizá un poco más) está alboratado por el triunfo de un candidato independiente al que un asesor de imagen llamado Guillermo Rentería le inventó un personaje. El político en cuestión es un hombre rudo, valiente, brutalmente honesto y honestamente silvestre, que se llama Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón… ése es su nombre real. El personaje, el superhéroe, el mesías convocado por los dioses congregados al amparo del Quinto Sol en la refundación de Teotihuacán, tiene por nombre uno muy acorde a la idiosincrasia y las taras sempiternas de los Estados Unidos Mexicanos.

No pienso escribir más de lo que han escrito los incondicionales, los optimistas, los ilusos y los cronistas montados en el tema de moda en México. Y el tema de moda en México se llama “El Bronco”. Tan sólo diré que para mí es un señor (llegado a este punto debo decir que yo escribo de manera más elegante, es decir: yo hubiese escrito “hombre”, “individuo”, “tipo”, incluso “sujeto”). Pero este señor es sólo un señor, es decir, un hombre, un individuo, un tipo, un sujeto cualquiera.

Ahora bien, yo a este señor le concedo el beneficio de la duda porque no lo conozco e ignoro si es bueno, malo, o algo a la mitad de ambos extremos. Lo que no ignoro y de lo que sí estoy seguro es que es un hombre vulgar (me contradigo, lo acepto, le dije “hombre” y no “señor”). Y a mí los tipos vulgares me provocan repulsión.

Pero, vale, ya lo dije: le concedo el beneficio de la duda. Y espero me calle el hocico (yo no diría la palabra hocico, jamás, refiriéndome a un ser humano, y mucho menos a mí mismo, pero tengo que reconocer que los fulgores que despide El Bronco contagian su rupestre vulgaridad… ¿me perdonan la egregia tautología?). Así, pues, Jaime… ¡cállame el hocico! (que lo tengo muy grande, aunque no más grande que el tuyo).

Ahora bien, llegado a este punto, abandono la ironía (al menos por unas líneas), porque Jaime Rodríguez Calderón puede ser todo lo que es, lo que se dice de él y lo que no, lo que pienso yo y piensan los demás, lo positivo, lo negativo y el balance de ambas cosas, pero hasta este momento es el menos culpable (incluso inocente) del fenómeno mediático, político y social que se cierne en torno a él. “El Bronco” es sólo lo que es, y concedo que pueda ser una buena persona con buenas intenciones. Pero también es un tipo tan limitado que para pasar a la historia tendría que tener las taras culturales de Joseph Stalin, de Pol Pot o de Adolf Hitler (y por el bien Mexico espero que no las tenga).

Al igual que el pueblo judío, el de México es un pueblo proclive a crear dioses de pacotilla. Según el Antiguo Testamento, mientras Moisés recibía de Dios las tablas de la ley, el colectivo liberado del yugo del imperio egipcio adoraba como Dios a un becerro forjado en oro.

Para liberarse del yugo de un partido político que detentó el poder más de 70 años, el pueblo de México adoró a un becerro de oro: un señor grandote, vulgar, mucho más rupestre y silvestre que “El Bronco”, cuyos poderes de adivinación le otorgaron al escritor Mario Vargas Llosa el Premio Nobel cuando aún no se lo concedían, y su falta de cultura el mismo premio a Jorge Luis Borges cuando nunca se lo concedieron.

Y todos votamos por él. Bueno, yo no, yo no voto desde el año 1994 porque no creo en los políticos. Aunque debo confesar que el señor grandote, vulgar, y mucho más rupestre y silvestre que “El Bronco” me sedujo un poco. Sólo un poco. Aunque nunca tanto como para haber dejado huella de ese flirteo. El que esté libre de pecado que enseñe su credencial de elector… Como yo no tengo, ni quiero tener, ni voy a tener, puedo arrojar las piedras que me vengan en gana…

Pero el señor grandote, vulgar, rupestre y silvestre no tiene la culpa (eso sí: no escribo su nombre porque me causa vómito). Como tampoco la tiene “El Bronco”, que se parece tanto a él… La culpa, si hay culpa, la tienen quienes suponen que seres tan simples y ordinarios pueden cambiar el destino de un país mucho más simple y ordinario que ellos.

El actual presidente de México es un hombre guapo, elegido por derecho en las urnas, pero tanto o más limitado que el grandote rupestre y “El Bronco”. ¿Tienen ellos la culpa o es posible que el pueblo de México, hecho a imagen y semejanza de quién-sabe-qué anomalía cósmica, elija como gobernantes a individuos, señores, hombres o sujetos que se parecen en los modos, en las taras y en las formas a quienes los eligen?

Apenas ser elegido gobernador del estado mexicano de Nuevo León, el señor Bronco, idealista y rupestre como él solo, anunció la “primavera de México”, comparando su victoria con la llamada “primavera árabe”, que hoy, vista a la distancia, tan sólo parece un día de sol en medio de un invierno infame.

Suena monumental. Indecible, incluso. Tanto que yo no le creo un carajo…

Y no a él, que en verdad no tiene la culpa de nada, sino a quienes lo eligieron.

En tierra de ciegos el tuerto es rey…

Y también el rupestre…

El guapo…

El silvestre…

Lo malo y lo peor de México no son sus políticos, sino los imbéciles que los eligen.

¡Qué Dios bendiga al Bronco! (y que a nosotros nos coja confesados).

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