El Plot Point del hombre del sombrero

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando Michael Corleone –el más reluctante de la segunda generación de los Corleone a participar en los negocios de la familia– se entera de que su padre fue víctima de un atentado en el que recibió cinco balazos, pide a sus hermanos y a los caporegime ser quien asesine a Virgil Sollozzo y al corrupto capitán de la policía Mark McCluskey –autor intelectual y cómplice del atentado, respectivamente–, El Padrino, la novela creada por Mario Puzzo, halla su plot point.

Por supuesto, se trata de una obra literaria de ficción. Pero en la vida de cada persona, en mayor o menor medida, hay un plot point que marca el destino de su protagonista.

El de Hugh Hefner, por ejemplo, tuvo lugar poco antes de su boda con Mildred Williams en 1949. Hefner –hijo de una pareja conservadora de profesores metodistas del medio oeste de Estados Unidos y quien participó en la Segunda Guerra Mundial– recibió la confesión de su prometida, poco antes de consumar el matrimonio, de que ella le había sido infiel mientras estaba en el frente. Para el fundador de la revista Playboy, según sus propias palabras, ese fue “el momento más devastador de mi vida”.

Para paliar la situación, Mildred Williams ofreció a Hefner permitirle tener sexo con otras mujeres, en la esperanza de que partir de eso su matrimonio se salvaría.  Dos hijos y diez años más tarde, en 1959, Hefner y Williams se separaron.

¿Qué fue lo que provocó que un tímido joven de 23 años, hijo de una familia conservadora y religiosa, se convirtiese en un gigolo multimillonario que ha tenido sexo con decenas de mujeres bellísimas, muchas de las cuales, llegado el momento, pudieron ser no sólo sus hijas, sino sus nietas?

La respuesta es simple, pero no sencilla, y esa injusta pero compleja medida aplica también para mi amigo Salvador Frausto: la decepción.

Hace unas semanas, Salvador e Iván Rivera se presentaron en mi casa. Era de noche, casi siempre que nos vemos es de noche, y siempre en compañía de ron y whisky.

Iván es reportero de deportes, lo ha sido desde que salió de la universidad, y a partir de sus referencias, quiero decir, su trabajo de todos los días, una hebra de la vida de Salvador pudo hallar una aguja a la cual asirse.

“¿No te gusta el fútbol”, preguntó Iván, acaso extrañado por la eterna indiferencia de Salvador hacia los deportes.

“Sí, sí me gusta, pero la verdad es que no lo sigo mucho”, respondió Salvador desde la soberbia de su elegante sombrero y su imagen reluctante, la misma de Michael Corleone a ser un gangster y, sin embargo, parecerlo.

Reportero intrusivo e invasivo, como los pocos que se precien de serlo, Iván contraatacó: “¿Nunca jugaste fútbol?”.

Esa pregunta, en ese momento, no había consumido aún la primera copa para ninguno de los tres. En consecuencia no era aviesa, sino sincera, y no buscaba un hilo, sino una fibra. Y la halló.

“Mi carrera en el fútbol terminó muy pronto”, dijo Salvador con la misma futilidad con la que suele referirse a los deportes, si bien en esta ocasión yo detecté un entusiasmo inusual.

“Yo jugaba en un equipo del barrio Ciudad Satélite, un suburbio al norte de la Ciudad de México, y era realmente bueno. Jugaba de volante por derecha y me gustaba mucho”.

Cuando Salvador dijo “volante por derecha” me alarmé: “No nos hemos bebido una copa completa y este tipo ya está borracho”, me dije en silencio. El que estaba empezando a emborracharse, y no de alcohol, era yo.

“En mi posición no era común meter muchos goles”, continuó Salvador. “Yo servía de enlace entre la defensa, los delanteros, y también como primera línea de defensa ante el avance de los oponentes. Sin embargo, a veces podía ingresar al área grande y con suerte metía un gol”.

“No te entiendo”, lo interrumpí soberbio, como si mi declarada afición al fútbol descalificase su joven y truncada carrera en las ligas menores. “¿Metías goles siendo volante por derecha? ¿No sería que eras carrilero?”. Apenas terminar mi insidiosa pregunta, me corrigió: “Mira mi complexión física… con este cuerpo… ¿crees que podía ser carrilero? Los carrileros son fuertes, grandes y musculosos, yo jugaba de medio contención porque era ágil, habilidoso y elusivo… eso es lo que se necesita para llegar a las postrimerías del área grande y suministrar pases a los delanteros”.

Cuando Salvador dijo eso, cogió una hoja de papel, una pluma, y dibujó el diagrama de un campo de fútbol con las once posiciones de un equipo. Luego, trazó una serie de flechas y una serie de movimientos. En ese momento, Iván y yo caímos en la cuenta de que Salvador Frausto ya no era él mismo: se había transmutado en Pep Guardiola.

“¿Estás borracho?”, le pregunté. Pero no había manera. Insisto: ninguno de los tres había terminado su primer trago. Y como Salvador no estaba borracho, continuó:

“Yo tenía 16 años y me enteré de que en ocasión de un partido importante en nuestra liga, un visor que nominaría a chicos para la selección sub-17 estaría presente en el juego. ¡Yo quería ser parte de la selección! Me dije entonces que haría lo necesario para ser seleccionado, pero mi posición no me permitiría anotar, brillar, ciertamente. Se le dije a mi papá y él me sugirió que ignorase ciertas indicaciones del entrenador y que tratase de ingresar al área grande por una de las esquinas… quizá así lograría meter algún gol e impresionar al visor…”

En ese momento, ese primer trago de cada uno se  había terminado. Iván hizo por levantarse a servir otro, no en displicencia, sino en absoluto interés por conocer el final de la historia. Pero Salvador lo detuvo afianzándolo de la muñeca.

“¿Saben cómo terminó el partido? ¡Nueve goles a uno! ¿Saben cuántos metí? ¡Siete! ¿Saben a quién seleccionó el visor? ¡Al defensa central de mi equipo!”.

Iván miró el fondo vacío de su vaso, el asiento ambarino. Yo, creo, encendí un cigarrillo…

Salvador finalizó: “Por eso no me gusta tanto el fútbol”.

Quién lea esto quizá podría pensar que cuando Salvador dijo esto lo hizo con la voz quebrada, con rabia en la voz, con alguna lágrima irredenta amenazando traicionar su corrección. Pero no. Lo hizo sin ninguna emoción, tal y cual ha sido siempre para quienes lo conocemos, en la elegancia absurda de su sombrero cambiante que eternamente lo hace parecer un gangster… y no.

Michael Corleone quería ser un hombre decente, un patriota, un esposo fiel… hasta que intentaron matar a su padre…  entonces se convirtió en un asesino.

Hugh Hefner no pretendía más que escribir, casarse, tener hijos, acaso un perro y una vida feliz, aburrida y apacible, hasta que supo que su prometida le fue infiel… entonces se convirtió en un Don Juan.

Salvador Frausto quería ser jugador profesional de fútbol y para conseguirlo anotó siete goles en el partido más importante de su vida… Pero, por alguna razón incomprensible, el fútbol lo despreció.

El plot point de la vida de cada persona es insondable, irreversible y misterioso: puede convertir a hombres decentes en monstruos o en seres diametralmente opuestos a lo que eran.

Si la vida no fuese tan extraña, la Selección de Fútbol de México podría hoy tener a otro referente, tanto o más importante que Hugo Sánchez, Rafael Márquez, Javier Hernández, Andrés Guardado o Carlos Vela.

El periodismo nacional, en cambio, tiene a un gran adalid que todos los días porta un sombrero distinto en la cabeza.

Y sus amigos, nosotros, a alguien al que hoy tenemos que imaginar –más que nunca–  anotando siete goles.

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