El día que Colombia llevó a la televisión los horrores de la realidad

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1991, en Holanda, se transmitió un programa de televisión llamado Nummer 28. Siete jóvenes que no se conocían entre sí, fueron alojados en una residencia de estudiantes y sus vidas observadas por espacio de varios meses. Parecía un experimento interesante, pero la audiencia no lo vio así y el programa fue cancelado luego de una temporada. El año siguiente MTV intentó algo similar, y también la BBC, pero el resultado fue el mismo.

Las cosas cambiarían algo menos de una década más tarde con la aparición de los programas Survivor y Big Brother. Por un tiempo pareció interesante observar a un grupo de extraños reunido en un sitio cercado, fuese éste una isla, una región o una residencia. Sin embargo, con el paso de los años, el modelo se agotó –si bien no por completo– y la vida de una decena de desconocidos que interactuaban y competían entre sí se volvió un asunto soso e idiota.

En ello tuvo mucho que ver no sólo el aburrimiento que emanaba de una realidad edulcorada y ficticia, sino también el apogeo de Internet y la aparición de las redes sociales. Concretamente el surgimiento de YouTube en febrero del año 2005, un sitio web creado con la finalidad de compartir videos en línea, potenció lo que hasta entonces había sido una actividad aislada. El éxito de YouTube fue inmediato, tanto que, 21 meses más tarde, fue adquirido por Google en 1,650 millones de dólares.

Por ese entonces, la televisión de paga ya había producido algunas series memorables, entre ellas Sex and the City y Los Soprano, cuyas tramas habían surgido de un estrecho contacto con la realidad en el caso de la primera, y de un extraordinario trabajo de narrativa preciosista en la segunda. Es decir, lo que se miraba había surgido de la realidad, o bien quería emparentarse con ella sin artificios de ninguna especie.

La televisión estaba cambiando, pero aún no sabíamos cuánto.

En un editorial publicado en el diario El País en septiembre de 2006, Mario Vargas Llosa llamó a Jack Bauer “héroe de nuestro tiempo” (http://elpais.com/diario/2006/09/10/opinion/1157839205_850215.html)  y se declaró encantado con la serie 24. El ahora premio Nobel no estaba desvariando: por momentos la ficción protagonizada por Kiefer Sutherland se afianzaba a la realidad de tal manera que el espectador parecía estar contemplando una operación de rescate instrumentada por el gobierno de los Estados Unidos en China.

A partir de ese momento, en la mente de muchos productores de televisión surgió una pregunta: ¿si llegado el momento la ficción es capaz de emular e incluso de eclipsar a la realidad –la cual, por cierto, es la premisa de la literatura–, sería posible recorrer el camino a la inversa, es decir, que la realidad se convirtiese en ficción tan sólo para poder contar la verdad?

Este teorema –retórico, paradójico y contradictorio, sin duda– es capaz de explicar, en un contexto meramente ficticio, series como Breaking Bad o House of Cards, pero también, por extensión, para arrojar luz sobre un fenómeno que desde hace algunos años ha venido ocurriendo en Colombia: la puesta en escena, en televisión, de los dramáticos hechos que tuvieron lugar en ese país durante las décadas de 1970, 1980, 1990 y parte de la primera del nuevo siglo.

El Cartel, una serie que narraba el apogeo y la decadencia del llamado Cártel del Norte del Valle, fue la primera que si bien todavía exhibió el gen de la telenovela que ha caracterizado a las producciones seriales de Latinoamérica, lo mostraba atrofiado y moribundo. No podía ser de otra manera: estaba basada en el libro El Cártel de los Sapos (Seix Barral, 2008) del ex narcotraficante Andrés López López, alias Florecita.

Por vez primera, la realidad de la violencia en Colombia, que en ese momento ya había disminuido significativamente, podía ser observada por el pueblo colombiano sin necesidad de ser partícipe de ella: desde la comodidad de un sillón y en una pantalla de LCD de 42 pulgadas.

Pero si los colombianos habían asistido en el pasado, fuese como víctimas, victimarios o espectadores, a esa misma recreación de la realidad, ¿dónde radicaba entonces la diferencia? Primero, que disponían de muchos más detalles que en su momento los cárteles, la policía, los medios de comunicación y el gobierno les negaron. Y segundo y más importante: que ahora podían contarse y contarle al mundo de una manera mucho más integral y completa, las historias que acaso por vergüenza o miedo callaban o ya no querían recordar.

Lo exhibido en El Cártel, incluso en el tono fársico que por momentos empleó, fue brutal. Pero fue mucho más brutal contemplar Escobar, el Patrón del mal, la serie que detalló, casi 20 años después de su muerte, la vida y los crímenes de Pablo Escobar y el Cártel de Medellín; al igual que El Cartel, esta serie se basó en un libro: La parábola de Pablo (Santillana, 2012) cuyo autor es el escritor, periodista y ex alcalde de Medellín, Alonso Salazar.

A ésta le siguió Tres Caínes, las andanzas de los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño, creadores de la milicia de ultraderecha Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), cuyo libreto se basó en la investigación del escritor Gustavo Bolívar, y En la boca del lobo, la historia del Cártel de Calí contada a partir de las confesiones que hiciera Jorge Salcedo –otrora jefe de seguridad de los hermanos Rodríguez Orejuela y quien al ver a su familia en peligro decidió colaborar con la DEA para entregar a los capos– al periodista estadounidense William C. Rempel en el libro At the Devil’s Table: The Untold Story of the Insider Who Brought Down the Cali Cartel (Random House, 2011).

Todas las anteriores exhiben escenas y relatos ficticios, pero todas, también, muestran escenas reales e históricas de la guerra y la violencia en Colombia, fuesen perpetradas éstas por los cárteles del narcotráfico, las guerrillas, los paramilitares o la delincuencia común. Horror que el mundo conoció y Colombia padeció en su tiempo. Horror que hoy Colombia puede contar porque por fortuna ya no vive inmersa en él.

La revolución que ha vivido la televisión en los últimos años no está completa si no se menciona a Netflix, la compañía que comenzó siendo una empresa de video por demanda, primero en DVD y posteriormente en streaming, y hoy también desarrolla y produce películas y series, entre éstas últimas, Narcos.

Habitante de un país que durante los últimos 20 años parece ser el reflejo de la Colombia de los años 80 y 90, me pregunto si alguna vez el horror mexicano será exhibido en una o varias series de televisión. Si veremos, por ejemplo, una trama en torno al asesinato de Luis Donaldo Colosio, de José Francisco Ruiz Massieu, de las andanzas de Joaquín Guzmán Loera y sus fugas de la prisión, de las autodefensas de Michoacán, de los cárteles de los Arellano Félix, del Golfo o del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Con nombres y apellidos, con escenas reales e históricas, con certezas y no suposiciones: ni de la izquierda, ni de la derecha, ni de los tibios y vomitivos del centro (llegado a este punto es pertinente decir que El señor de los cielos no es una serie, es una telenovela y es una basura condescendiente, así en su producción concursen algunas de las productoras y protagonistas de las series anteriormente mencionadas).

Me pregunto, también, si alguna vez conoceremos la verdad.

En el intro que da inicio a Escobar, el Patrón del mal, se escucha una voz en off y aparece un súper que dicen: “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

Bien haría este país de mierda, México, en empezar a pensar en ello.

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