Los hoyuelos de Javier Duarte

Por ANDRES TAPIA // Fotografía: CUARTOSCURO

Javier Duarte de Ochoa es el gobernador del estado mexicano de Veracruz, el cual se sitúa en la costa este del país y abarca buena parte de la zona sur del Golfo de México. Fue electo el 4 de julio de 2010, y declarado ganador oficial de la contienda el 26 de octubre del mismo año, luego de una serie de impugnaciones promovidas por su contrincante más cercano, Miguel Ángel Yunes. Las cifras para uno y para otro fueron de 1,357,705 votos, y 1,278,147.

Duarte de Ochoa es un hombre obeso, con calvicie incipiente, que ostenta una sonrisa tan tímida que nunca acaba de ser tal y por lo tanto puede ser declarada como cínica o falsa. La línea recta de su boca pocas veces –o nunca– se curva cuando sonríe. Sin embargo, al estar enmarcada por dos mejillas generosas y un par de hoyuelos infantiles, uno tiene que conceder –aunque la evidencia no parezca suficiente– que el hombre está sonriendo. O que al menos finge sonreír.

En contraposición, es menester decir que Javier Duarte de Ochoa es un hombre transparente cuyos visajes lo delatan cuando se trata de expresar una emoción distinta a la felicidad.

Cuando el hartazgo lo abruma, el gobernador de Veracruz suele contraer los labios, apretarlos, e inflar de oxígeno (y de furia) sus mejillas. Al mismo tiempo, su papada y las aletillas de su nariz se dilatan y sus ojos –delineados por unas gafas que en ocasiones son discretas y algunas más ceden a la tentación de pintarse de rojo por causa de un diseñador de moda (y de moda)– se contienen mirando al suelo o bien apuntan insolentes y grotescos como las boquillas de dos fusiles AK-47.

Pero Duarte de Ochoa no siempre puede contener su ira inflamando sus mejillas, por más que sus hoyuelos pueriles las maticen de bondad. Y cuando no lo consigue, la furia suele proyectarse a través de sus ojos y hace desaparecer (como si fuese un milagro o una maldición) esos hoyuelos que, por más ridículos que parezcan, también le conceden un cierto sesgo de humanidad.

Existe una fotografía en la que, rodeado de una nube de periodistas, Javier Duarte de Ochoa es cuestionado por uno de ellos y su ira se derrama con los modos de un tsunami. En la imagen, casi un close-up, el rostro de Duarte luce como el de Luzbel. Pero no, el demonio no existe, como tampoco Dios existe, de modo que la hipérbole –valga la tautología– es profundamente exagerada. Sin embargo, en mi memoria los ojos del gobernador se aproximan y se hermanan con los de Aileen Wournos, la mujer que es conocida como la primera asesina serial de los Estados Unidos.

Javier Duarte de Ochoa, por supuesto, no es un asesino serial. Sus hoyuelos infantiles lo descalifican rotundamente, por más que la virulencia de sus ojos cuando no puede contener su furia lo hagan sospechoso de un crimen (cualquier crimen).

Sin embargo (y es prudente el sin embargo), Javier Duarte de Ochoa, gobernador constitucional del estado de Veracruz, será recordado como el hombre que presidió un gobierno bajo el cual fueron asesinados y desaparecieron 16 periodistas, la última de ellos Anabel Flores, una mujer que trabajaba para el periódico local El Sol de Orizaba, y cuyo cadáver fue hallado en un estado vecino al de Veracruz, Puebla, atada de manos y pies por una misma cuerda, cubierta la cabeza con una bolsa, asfixiada y humillada por sus asesinos, quienes en el paroxismo de la vulgaridad de su origen la desnudaron de la parte baja de su cintura para así exhibir su cadáver.

Incapaz de contener y remediar esos asesinatos y desapariciones, Javier Duarte de Ochoa no tiene más opción que fingir que no pasa nada. A las 1:19 horas del 10 de febrero del año 2016, el último tweet de su cuenta personal vitorea los esfuerzos de los estudiantes de una universidad privada y asegura que, a partir de los logros de esos universitarios, Veracruz está cambiando a México.

Segura. Indudable. Definitivamente.

Pero también es cierto que los periodistas –buenos, malos o mediocres, ligados o no en la coincidencia, en la circunstancia, en el azar, en la complicidad abierta o sometida al crimen organizado– siguen siendo asesinados y secuestrados en el estado de Veracruz.

Y de eso –excepto inflar sus mejillas, curvar la línea granítica de sus labios, y exhibir o no los hoyuelos de sus mejillas– Javier Duarte de Ochoa no dice nada.

Como tampoco dicen nada el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, que con su continua presencia en Veracruz y las fotos que suelen hacerse con Duarte de Ochoa, avalan su inocencia y su incapacidad para gobernar esa Sodoma y Gomorra que es, a un mismo tiempo, Veracruz, un estado al que indudablemente gobierna el crimen organizado.

Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, cuya visita es esperada en México como si fuese la segunda venida de Cristo, tuvo el mal gusto –la obligación, el infortunio, lo que sea– de permitirse retratar con Javier Duarte de Ochoa, el gobernador sonriente e incapaz del estado de Veracruz.

Ocurrió en la Plaza de San Pedro, el mes de diciembre del año 2013. En esa imagen –en esa serie de imágenes– Duarte de Ochoa entrega un documento al sumo pontífice, le estrecha las manos y sonríe. Y su sonrisa es la de un niño, enmarcada por sus hoyuelos pueriles, pero al mismo tiempo es flagrante, definitiva. Tan flagrante y definitiva que, debo concluir, es la de un hombre inocente.

Hace poco más de dos años, Javier Duarte de Ochoa se presentó delante del representante de Dios en la Tierra para pedirle su indulgencia, su perdón, su piedad. Si Francisco, el Papa argentino, se la concedió o no es algo que nunca sabremos.

Pero desde entonces –y seguramente desde mucho antes– el gobernador de Veracruz trata de sonreír aunque su sonrisa parezca el andamio que sostiene la obra de un escultor mediocre que sabe que sus esfuerzos no agradaran a nadie.

Me quedo con tus hoyuelos, Javier.

Que Dios te bendiga.

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