Ego te absolvo, Enrique Peña Nieto…

Por ANDRÉS TAPIA

En una escena de la cinta El Padrino Parte III, Michael Corleone sostiene una charla con el Cardenal Lamberto, un personaje ficticio que en la historia de Mario Puzzo y Francis Ford Coppola alude a Albino Luciani, el nombre real del 263º Papa de la Iglesia Católica Romana, quien se negó a ser coronado y cuyo pontificado como Juan Pablo I tan sólo duró 33 días debido a su repentina y extraña muerte.

Corleone acude con Lamberto por consejo de don Tomasino, viejo amigo de su padre y consejero suyo, en la circunstancia de saberse estafado en la adquisición de un poderoso conglomerado de negocios por un grupo de conspiradores cuyos miembros forman parte de la Iglesia, la Mafia y los más altos círculos financieros de Europa, entre los que se incluye al Banco del Vaticano.

“Mire esta piedra”, dice el Cardenal a Corleone al tiempo que extrae una roca pequeña de una fuente. “Ha permanecido en el agua durante mucho tiempo, pero el agua no la ha penetrado”. Acto seguido, Lamberto azota la piedra en el canto de la fuente hasta romperla. “Mire”, continúa: “está perfectamente seca”.

Lo que Lamberto dice después, en la película y el guion de Puzzo y Coppola está circunscrito meramente a Europa. Pero la palabra de Dios, ya se sabe, es demasiado ambiciosa para conformarse con solo un continente.

“Lo mismo ocurre con los hombres en Europa. Durante siglos han estado rodeados de la Cristiandad, pero Cristo no los ha penetrado. Cristo no vive en ellos”.

Sin formar en modo alguno parte de la saga de El Padrino, México es un país cuya historia y habitantes parecen haber inspirado las líneas del Cardenal Lamberto: “Durante siglos han estado rodeados de la Cristiandad, pero Cristo no los ha penetrado”.

No son tantos siglos, si se piensa: apenas un poco más de cinco; es sólo que en la vertiginosidad de los tiempos que vivimos, hoy 524 años son demasiados por más que parezcan insuficientes.

Es cuando menos curioso que los extremos de una sociedad orientada al capitalismo en la que la lucha de clases es una constante universal y permanente, converjan en la visita del Papa Francisco en la humildad y la soberbia de saberse elegidos –si bien en situaciones grotescamente paradójicas, es decir, en la bonanza o en la desdicha– por un Dios –Joaquín Sabina dixit– “triste y envidioso”.

El amor y el odio son emociones humanas que en ciertas circunstancias pueden disfrazarse de indiferencia. La devoción, en cambio, toda vez que el sujeto de su veneración es Dios, es un sentimiento incapaz de engañar a nadie.

En tanto los seres humanos –todos: los más inteligentes y los más idiotas– somos susceptibles de adorar una mentira, acusar al gobierno de México y a sus representantes de ofender las bases del Estado laico, uno de los principios de la Constitución del país, es una discusión bizantina y pueril que no conduce a nada y nos reduce a nada. Si en público se niega a Dios (como lo hizo Pedro el Apóstol) y por tanto es menester adorarle en privado, los cimientos del Estado Guadalupano se fundamentan en la hipocresía.

Sin embargo, lo que estremece no es dicha hipocresía, sino la idea de adorar al mismo Dios emplazada desde dos perspectivas: la de los perdedores y olvidados, que miran al cielo en busca de consuelo y justicia, y la de los vencedores, que a final de cuentas son quienes escriben la historia.

La misa que ofició el Papa Francisco en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México, reunió a unos y otros si bien desde una grada distinta: la necesidad de la oligarquía de ser perdonada y justificada, y la impotencia de una sociedad que padece desde hace años los excesos de la corrupción, el crimen organizado, la injusticia y la impunidad. Las primeras dos observaron al Papa en la sección de platea; las restantes, en la parte trasera y en la explanada exterior del templo guadalupano.

Es imposible no pensar en el capítulo 20 del evangelio de San Mateo, el cual narra la que es conocida como la Parábola de la viña. Un hombre, dueño de una viña, sale una mañana de su casa a buscar obreros para trabajar en ella. A los primeros que encuentra ofrece pagarles un denario y los envía a trabajar. A lo largo del día, a distintas horas, contrata a otros más y también los envía a trabajar. Cuando el sol empieza a ponerse, el dueño de la viña procede a pagar a los hombres. Paga primero a los que llegaron al final, y después a los que llegaron primero. Y a todos, sin distingo, el mismo sueldo: un denario.

Como los primeros se inconforman, el hombre responde: 14: Toma lo que es tuyo y vete; mas quiero dar a este postrero como a ti. 15: ¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno? 16: Así, los primeros serán postreros y los postreros primeros: porque muchos son llamados mas pocos elegidos. De esa manera, en voz del apóstol Mateo, Cristo describe el reino de los cielos.

La parábola es perversa si se piensa que el dueño de la viña es Dios y que parece perfilar, de algún modo místico, la descripción de la palabra oligarquía: 1. f. Forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario. 2. f. Grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social, económico y político.

Me gustaría creer en el sentido literal que ofrece la Parábola de la viña y su tajante resolución: Así, los primeros serán postreros y los postreros primeros: porque muchos son llamados mas pocos elegidos. Pero el reino de los cielos no es el reino de César. Y la dialéctica cristiana es tan compleja y tramposa como el sistema judicial de México: abundan las ambigüedades, las parábolas, las contradicciones, los eufemismos.

No es, empero, la idea de si la oligarquía o el pueblo merecen la bendición de Dios –o tan sólo la bendición del representante de Dios en la Tierra– lo que motivó estas líneas. Es la imagen –que en modo alguno es impía– en los terrenos político y religioso, de Enrique Peña Nieto, presidente de México, recibiendo la eucaristía.

No me vierto en el lugar común –ya lo dije líneas arriba– que anatematiza al presidente de un Estado laico: como tú, como yo, como cualquiera, Enrique Peña Nieto tiene derecho a creer en un poder superior y místico: condenarlo por ello nos condena a nosotros mismos.

Sin embargo, dicho evento me ha devuelto a la memoria la conversación de Michael Corleone y el Cardenal Lamberto, quien luego de decirle al primero que Cristo no ha penetrado a los habitantes de Europa, le ofrece confesarlo. Para comulgar, el presidente Enrique Peña Nieto tuvo que haberse confesado.

Dónde o con quién son preguntas que haría la revista Hola! y por tanto son intrascendentes. El contenido de la confesión, empero, del cual nunca sabremos nada, podría perfilar una novela llamada México, cuyo autor algún día habría de ganar el Premio Nobel. Reproduzco esa escena y ese diálogo entre Corleone y el Cardenal Lamberto:

–¿Desearía confesarse?

–Eminencia, ha pasado tanto tiempo, no sabría por donde empezar… Son treinta años, me temo que usaría mucho de su tiempo.

–Siempre dispongo de tiempo para salvar almas.

–Es sólo que creo que estoy más allá de la redención.

–En este mismo sitio escucho las confesiones de mis sacerdotes. El apremio de confesarse puede ser incontenible.

–¿De qué sirve confesarse si uno no se arrepiente?

–He oído que usted es un hombre pragmático. ¿Qué puede perder? Empiece.

–Traicioné a mi mujer…

–Continúe, hijo…

–Me traicioné a mi mismo. He asesinado hombres, he ordenado asesinar hombres…

–Continúe, hijo, continúe…

–Yo… es inútil…

–Continúe, hijo…

–Asesiné… ordené el asesinato de mi hermano… él me lastimó… Asesiné al hijo de mi padre. ¡Maté al hijo de mi padre!

–Sus pecados son terribles y es justo que sufra por ellos. Su vida podría ser redimida, pero sé que usted no cree en ello. Usted no cambiará… Ego te absolvo

La imagen de Enrique Peña Nieto recibiendo la eucaristía no me sacude sino me cuestiona. En cambio, la imagen que de él imaginé confesándose –no sé si postrado de rodillas, no sé si en un confesionario, no sé si de pie en los jardines de la residencia de Los Pinos, no sé si en una iglesia, no sé–, me estremece porque me devuelve a un día de 1978 cuando yo, en un confesionario, delante del padre alemán Leon Rudnik declaré por primera vez ante Dios mis pecados.

–Reza en penitencia dos Aves Marías y un Padre Nuestro, –me dijo el Padre Leon.

Luego de eso lo oí decir: “Ego te absolvo, Andrés…”

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