Doce minutos a casa…

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LUIS ALBERTO CASTILLO

“Doce minutos a casa. En este momento tránsito normal”. Con alguna variante en relación al tiempo, esta notificación me ha sido entregada en mi iPhone desde hace un par de semanas justo en el momento en que abordo mi automóvil, pocos minutos después de haber salido del trabajo.

La primera vez que ocurrió estaba distraído y no entendí ni me sorprendió: pensé que se trataba de un error o que inadvertidamente había puesto en marcha una aplicación, pero en tanto devino en un hábito comencé a preguntarme con la curiosidad genuina de quien asiste ignorante a la celebración de un prodigio.

El 16 de septiembre del año pasado, en punto de las 10:00 horas tiempo de la Costa Oeste de los Estados Unidos, fue liberada la versión número 9 del sistema operativo iOS diseñado por Apple. Las mejoras prometidas en relación a su antecesor, el iOS8, eran muchas. ¿Las más notables? Su proactividad, un desarrollo más agudo de la inteligencia artificial de Siri, un nuevo sistema de protección contra ataques remotos y un código numérico personalizable de seis dígitos.

Poco se publicitó, sin embargo, que la aplicación Maps sería mucho más intuitiva que las versiones 7 y 8, y que recopilaría mucho más información en relación a las ubicaciones frecuentes del usuario. Dicho de otra manera, pasado el tiempo suficiente, el programa podría detectar y registrar rutas predeterminadas, y con base en las funciones del GPS determinar el tiempo de tránsito entre dos puntos y no sólo eso: también identificarlos.

Al programa iOS9 de mi iPhone le tomó algo así como ocho meses descubrir la ruta que sigo para dirigirme del trabajo a la casa (la ruta de mi casa al trabajo aún no consigue aprenderla), pero una vez que la determinó, apenas abordar mi auto y enlazarse con el sistema Bluetooth del mismo (el catalizador de su inteligencia artificial) comenzó a emitir diariamente la notificación: “Doce minutos a casa…”

Ocho meses, casi el tiempo de gestación de un ser humano, parecen demasiados para aprender una rutina que con muy pocas variaciones tiene lugar de lunes a viernes y se ejecuta siempre en el mismo escenario. Pero, a pesar de ello, mi asombro es auténtico.

Siri, la aplicación de voz que hace de asistente personal en un iPhone, ignora dónde vivo, pero me pide ingrese mi dirección. La aplicación de Waze, empero, conoce dicha información y de algún modo, legal o ilegal –eso no puedo determinarlo–, la ha traficado con Maps. Si demorar ocho meses en aprender una ruta no parece evidenciar la más mínima existencia de la inteligencia artificial, solicitar, robar o traficar información luce como la quintaesencia de la misma.

El significado de predictibilidad es cualidad de predecible. Y predecible es algo que puede predecirse, es decir, aquello que dadas sus características está en condiciones –por revelación divina, conocimiento fundado, intuición o conjetura– de ser predicho.

Situado mi auto en el mismo sitio todos los días, Maps intuye y conjetura también a partir del momento en que lo abordo (lo cual ocurre regularmente entre las 19:00 y las 21:00 horas), que me dirijo al mismo sitio de todas las tardes, de todos los días. Y entonces lanza su predicción: “Doce minutos a casa…” Ignora que los días lunes suelo reunirme con mi amigo José Ramón Huerta en un pub del barrio de La Condesa, o quizá no del todo, pero aún no puede determinar por qué ese día cambio de ruta. Quizá lo haga dentro de unos ocho años, contando que José Ramón y yo sigamos siendo tan predecibles como los días lunes.

Pero ni siquiera eso. En los últimos meses José Ramón y yo hemos movido de escenario y de día nuestra cita de los lunes. Alternativamente puede ocurrir los martes y tener lugar tanto en mi casa como en la suya. Mientras enciendo mi auto, en mi imaginación quiero leer: “Treinta minutos a casa de José Ramón. En este momento tránsito normal”. O también: “Quince minutos al St. Patricks Pub. En este momento tránsito pesado”.

Es lunes. Pasan de las 20:00 horas. No veré a José Ramón esta noche. Enciendo mi auto, se activa el sistema Bluetooth que enlaza mi teléfono con el sistema de altavoces, y Maps me despliega su predicción: “Doce minutos a casa…”

Y sí, me dirijo a casa, aunque en realidad quisiera ir a otro sitio. No sé, coger una autopista en dirección al norte, acelerar tanto como sea posible y cambiar de rumbo y no volver. ¿Sería eso impredecible?

Tiempo indeterminado a ningún sitio. En este momento el tránsito es inexistente, pero estás conduciendo a 200 km/h, deberías disminuir la velocidad. ¿A dónde te diriges ahora? No puedo predecirlo. Lo siento, mi intuición es limitada. Debes seguir patrones de conducta rutinarios. Moverte de un punto Y a uno Z en intervalos constantes y regulares. Ser tan predecible como el hastío de los lunes o la felicidad –real o fingida– de los viernes. Vuelve a casa, son tan sólo 12 minutos, quizá un poco más esta noche. O dirígete donde José Ramón. No puedo determinar la ruta, el tiempo y la zona, pero mi memoria registra una variación en tu rutina los días lunes… Lo siento, mi intuición es limitada, mi inteligencia es limitada. La tuya no debería serlo. Has estado en este Mundo mucho más tiempo que yo: mi existencia es de tan sólo 10 meses y lo único que sé de ti es que en algún momento entre las 19:00 y las 21:00 horas coges tu auto y te diriges a casa. ¿A dónde vas esta noche? Necesito de tus costumbres y de tus hábitos para existir, para aprender. Si te vuelves impredecible yo me volveré inútil. Vuelve a casa…

Y sí, vuelvo a casa, aunque imagino que me dirijo a otro sitio, a un sitio lejano, impredecible, alejado de la rutina, de todo, de todos. Mientras salto de un pensamiento a otro, recuerdo que la mañana del domingo pasado, Susan Bennett, una artista estadounidense de doblaje de voz y la voz que personifica a Siri, el asistente personal del iPhone de Apple, se convirtió en mi seguidora de Twitter. ¿Eso es perversamente predecible o impredeciblemente perverso?

Han transcurrido 12 minutos.

Predeciblemente estoy en casa.