Por ANDRÉS TAPIA

En la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dos vagabundos, Vladimir y Estragon, aguardan a la sombra de un árbol por alguien a quien llaman Godot, con quien presumiblemente tienen una cita, pero esto no queda del todo claro. Mientras lo hacen, dos personajes más aparecen: Pozzo, un hombre cruel que afirma ser el dueño de la tierra en la que están postrados, y Lucky, su criado.

Tras sostener alguna interacción, Pozzo y Lucky se retiran, y Vladimir y Estragon permanecen a la espera de Godot, que jamás llega. En su lugar, aparece un chico que porta un mensaje del ausente. Llanamente les dice que Godot no ha podido presentarse, pero que “mañana seguramente lo hará”. Vladimir y Estragon, que han pasado largo tiempo a la espera de alguien que probablemente no existe, o quizá sí, deciden marcharse… pero al final no lo hacen.

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Por ANDRÉS TAPIA / Ilustración: PROCEDENTE DE PrairieBeauty.com

Una tarde de mediados de la década de 1970, mientras aguardaba en la sala de espera de un hospital, un hombre –quizá un anciano– tomó asiento frente a mí. No puedo recordar quién estaba conmigo: si mi madre, si mi padre, si yo estaba enfermo, o quién. Me recuerdo, en cambio, solo frente a aquel hombre mayor que llevaba puesto un sombrero, que tenía las manos rudas de un campesino, y que cargaba consigo una bolsa de malla que en el México de aquel tiempo se utilizaba para hacer las compras en los mercados populares.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: 123RF

Tenía quizá 12 años y corría junto a un grupo de amigos alrededor de un parque. Por alguna razón ociosa e inútil que no recuerdo, habíamos decidido hacer ejercicio todas las mañanas. Esa mañana fue singular.

El parque María del Carmen, situado en la zona norte de la Ciudad de México, es un espacio cuadrangular. Mientras me ejercitaba con mis amigos, en el costado oeste del mismo, esa mañana esquivamos –una o dos vueltas– la puerta abierta de un automóvil lujoso que hacía de obstáculo en nuestra carrera.

A la tercera, cuarta, quinta vez, alguien se preguntó por qué esa puerta estaba abierta y obstaculizaba el camino. Al hacerlo y mirar dentro del auto, descubrimos la razón.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LUIS ALBERTO CASTILLO

“Doce minutos a casa. En este momento tránsito normal”. Con alguna variante en relación al tiempo, esta notificación me ha sido entregada en mi iPhone desde hace un par de semanas justo en el momento en que abordo mi automóvil, pocos minutos después de haber salido del trabajo.

La primera vez que ocurrió estaba distraído y no entendí ni me sorprendió: pensé que se trataba de un error o que inadvertidamente había puesto en marcha una aplicación, pero en tanto devino en un hábito comencé a preguntarme con la curiosidad genuina de quien asiste ignorante a la celebración de un prodigio.

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1981, en una conferencia de prensa en Viena que ofreció Sony Electronics para anunciar la creación del prototipo del CD, el director de orquesta austriaco, Herbert von Karajan, estuvo presente en la misma. Ocurrió así porque Karajan estaba convencido de las bondades de este nuevo formato de grabación, que en un principio podía almacenar hasta 60 minutos de música continua, lo cual permitía escuchar sinfonías completas sin tener que interrumpir la obra para dar vuelta al disco como ocurría con los vinilos.

Por ANDRÉS TAPIA

Una tarde de primavera de hace cinco años, mientras vacacionaba en Londres, me dirigí a Covent Garden con la intención de tomar fotografías de los edificios circundantes. La cámara que llevaba conmigo contaba con un visor especial que podía plegarse horizontalmente, haciendo posible de ese modo tomar fotografías sin colocarse el visor a la altura de los ojos. Este dispositivo permite a su portador, llegado el caso, tomar fotografías sin que un objetivo se percate de ello.

Por ANDRÉS TAPIA

A Salima

Cuando era niño mi madre me enseñó a hablar con Dios. Hacerlo implicaba postrarme de rodillas frente a mi cama, con la cabeza hacia abajo y las manos unidas. Yo entonaba una oración, algo aprendido de memoria, y pedía cosas, igual que mis hermanos, cosas que no entendía.

Dios nunca respondió.

Por ANDRÉS TAPIA

La memoria no sólo es una “facultad psíquica por medio de la cual se recuerda y se retiene el pasado” (RAE dixit), es también el conjunto de archivos, información, imágenes u objetos que los seres humanos suelen guardar para retener al pasado. Es una fotografía, una escultura, una piedra tallada o un pétalo de rosa escondido entre las páginas de un libro. Es todo eso y también un álbum de cromos que alguna vez coleccionó tu padre.