La noche que Pablo Escobar me devolvió a mi infancia

Por ANDRÉS TAPIA

Pablo Escobar yace junto a mí, en el tejado de un edificio en Medellín. Postrados bocabajo, creo recordar que ambos tratamos de esquivar los disparos que una tropa de élite nos prodiga a discreción. Pero no percibo el sonido de las balas, tampoco el olor a pólvora, y mucho menos la sensación de temor.

El edificio tiene cuatro, cinco pisos, no demasiados pero sí suficientes para causar la muerte de alguien que cayese de ahí. Veo los pies descalzos de Escobar, sus vaqueros desteñidos y su polo color azul marino. No veo su rostro.

Lo siguiente que veo es a Escobar reptando por la azotea de ese edificio, tratando de ubicarse en un sitio con mejor perspectiva y, al mismo tiempo, contemplo una grieta sobre la madera, la construcción, que comienza a resquebrajarse a consecuencia de su peso. Escobar tendría que advertir el peligro, pero en lugar de retroceder, avanza.

La madera, el cemento, ambas cosas, colapsan. Pablo Escobar Gaviria cae de una altura aproximada de 20 metros sobre una calle de Medellín repleta de comercios. Hago por asomar la cabeza, pero no gano ni compruebo nada: sé que está muerto.

Intento escapar. Soy un blanco fácil para los francotiradores de modo que me sólo se me ocurre guarecerme en el interior del edificio. No hay escaleras, sino un hueco, y ese hueco supone una caída de no sé cuántos metros. Pero debo darme prisa. Con la agilidad de un gimnasta, me sostengo de los bordes y me dejo caer. Y mientras lo hago contemplo rotas las cintas amarillas que parecen sugerir el perímetro que delimita la escena de un crimen: alguien más ha profanado ese lugar –me digo.

Toco el piso –algún piso– y me descubro en unas escaleras. No hay dolor ni confusión, sólo la necesidad de escapar. Inexplicadamente, creo estar en la parroquia católica que frecuenté siendo niño. También experimento la sensación de estar en una biblioteca. En uno u otro caso tengo que descender. Al hacerlo, descubro que todas las personas que se hallan en el lugar son estadounidenses.

“No corras”, me digo. “Lucirás agitado y sospechoso. Y allá afuera Pablo Escobar Gaviria está muerto. Y tú estabas con él. Trata de confundirte con ellos”.

Detengo mi carrera hacia abajo y avanzo con lentitud. En un rellano tropiezo con tres mujeres que charlan entre sí sentadas en el suelo. Continuo mi descenso y tres niños, casi bebés, obstaculizan mi camino. Uno es un varón, los dos restantes, niñas. Estas descienden a sentones las escaleras mientras que aquel se arroja bocabajo. De inmediato percibo el peligro de que se haga daño.

Con sumo cuidado trato de evitarlos. No corro, no brinco, sólo evito sus cuerpos como lo haría un buscador de minas personales. Y mientras hago eso, escucho a una de las mujeres decir: “Todavía existen personas decentes en el Mundo”.

(¿Decentes? ¡Caray! Si supieran que hace un momento estaba con Pablo Escobar. Si supieran que lo vi morir!).

Las dos niñas y el niño entonces empequeñecen. Se vuelven neonatos, nonatos, y en algún momento me da la impresión que peces. Se escurren como agua en agua, buscándose a sí mismos y al mismo tiempo tratando de evitarse. Y al final lucen como espermatozoides moribundos tratando de alcanzar su destino.

Coloco un pie ahí, otro allá. E intento que no se golpeen entre sí. Ya no siento miedo de ser descubierto, apresado o muerto. En realidad siento miedo por ellos.

Entonces giro sobre mí…

Creo suponer que un avión despega y debo alcanzarlo. Estoy en un centro comercial, repleto de gente, productos y artículos. Quizá es diciembre. Estoy descendiendo las escalinatas eléctricas pero la gente impide mi paso. Salto entonces a las otras escalinatas, las que no se mueven, y me dejo ir, como en un tobogán, de la misma manera en que las niñas del momento anterior lo hacían.

¡Qué divertido! ¡Qué velocidad! No sé si llegaré al avión, pero estoy feliz.

Mientras desciendo, en algún momento me cruzo con un niño y sus padres. Y lo tomo de la cintura y le digo: “Esto te gustará”. Juntos descendemos por ese tobogán fantástico repleto de gente, de productos, del recuerdo cada vez más difuminado de Pablo Escobar.

“Tenemos que frenar un poco”, le digo al chico, “podríamos estrellarnos”. Y mientras lo hacemos ante el consentimiento y la risa de sus padres, me aproximo a una isla llena de dulces y chocolates, a un recuerdo de mi infancia…

Abro los ojos y sólo puedo pensar en la dulcería de la tienda departamental Liverpool que se ubica en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Es una tarde de sábado de algún año del primer lustro de la década de 1970, y mi padre me lleva de la mano por ahí. Una voz estruendosa, inconfundible y grata me hace mirar la isla de dulces de Liverpool.

“¡Papá!”, le digo, “¡es Ángel Fernández, el cronista de fútbol!”

Para mí es como contemplar el descenso a la Tierra de un Dios.

“Ve y salúdalo”, me dice mi padre. “Dile: Angelito, ¿cómo estás? ¡Qué gusto conocerte!”

Pero no puedo, me quedo inmóvil, y sólo contemplo y escucho a Ángel Fernández decir que quiere unos chocolates para sus niños, los dos chicos que lo toman de la mano igual que mi padre a mí.

La mente humana es algo extraordinario. Y extraño.

Para volver a mi infancia, a uno de los momentos más felices que posee mi memoria, sueño que estoy en Medellín y escapo con Pablo Escobar Gaviria. Y lo veo morir.

Volver al pasado es descender por una escalera, por un tobogán, a hurtadillas, velozmente, con tiento y cuidado, con decencia en medio de la indecencia. Y mirar a tu madre, a ti mismo, a tus hermanos, jugando a que descienden contigo.

Allá abajo, en el último piso de una tienda departamental, hay un recuerdo en el que un niño que camina de la mano de su padre repentinamente se cruza con un hombre de fútbol al que admira.

Miré el último capítulo de la segunda temporada de la serie de Narcos, de Netflix, y me fui a dormir. A mitad de la noche me descubrí soñando con uno de los criminales más terribles de la historia.

La noche de ese sueño Pablo Escobar Gaviria murió nuevamente.

Mi padre resucitó y volvió a tomarme de la mano.

Y mi infancia –de una manera absurda, irreal e insospechada– volvió a existir.