La muerte de Birna y los 279,417 muertos

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: BIRNA BRJÁNSDÓTTIR-FACEBOOK

El pasado mes de enero, Islandia casi cumplió con su cuota anual de homicidios (1.8). La madrugada del día 14, Birna Brjánsdóttir, una chica de 20 años que trabajaba como vendedora en la tienda departamental Hagkaup, fue vista por última vez mientras caminaba dando traspiés por Laugavegur, la avenida principal del centro de Reykjavík. Una cámara de CCTV registró esto.

Birna no llegó a casa ni fue a trabajar al día siguiente, eso fue suficiente para declararla como desaparecida. Alrededor de 775 personas se ofrecieron como voluntarios para buscarla. Peinaron cada centímetro de la capital de Islandia y sus alrededores. Al mismo tiempo, la noticia de su desaparición dominó los espacios en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las charlas de café.

Unos días más tarde, la policía encontró unas botas Doc Martens en un muelle de Hafnarfjordur, un pueblo ubicado a 15 kilómetros de Reykjavík. El cuerpo de Birna sería hallado con precisión el domingo 22 de enero, desnudo, en una playa rocosa de la península de Reykjanes.

Habitado por alrededor de 336,000 personas, Islandia es un país en el que los asesinatos sólo ocurren en las novelas de Arnaldur Indriðason e Yrsa Sigurðardóttir, los dos escritores de novelas negras más notables de la isla.

De acuerdo al Global Study on Homicide 2013 del Departamento de Drogas y Crímenes de las Naciones Unidas (UNODC por sus siglas en inglés), entre los años 2000 y 2012, en Islandia se registraron 25 homicidios, siendo el año 2000 el más sangriento: cinco personas fueron privadas de la vida. En todos los casos, los crímenes fueron potenciados por la presencia de alcohol, drogas o alguna enfermedad mental. Y en todos los casos, víctimas y victimarios se conocían y los crímenes tuvieron lugar a partir de una disputa o pelea. Es decir, carecían de las agravantes del homicidio calificado: premeditación, alevosía y ventaja.

El homicidio de Birna Brjánsdóttir no encajaba en esa categoría. Sus asesinos, dos pescadores extranjeros que procedían de Groenlandia, no tenían relación alguna con ella.

En ningún momento Birna fue revictimizada, vilipendiada, satanizada o acusada de estar ebria y haber provocado o instigado su muerte. A su funeral, en la improbable Iglesia de Hallgrimskirkja, acudieron cientos de personas devastadas, entre ellas Guðni Thorlacius Jóhannesson, el presidente de la nación. Ese día, miles de islandeses escribieron en sus cuentas de Twitter: “Yo soy Birna”.

La muerte intencional, el asesinato, el homicidio en el que existen el deseo y la conciencia de arrebatar la vida a alguien, es algo impensable, casi imposible, en Islandia. Por ello, las novelas de Indriðason y Sigurðardóttir provocan una fascinación hipnótica entre los islandeses, una sociedad taciturna, triste, alcohólica, pero al fin apacible: la muerte violenta sólo puede proceder de la ficción, jamás de la realidad. El asesinato de Birna Brjansdottir derrumbó ese mito feliz.

Entre los años 2000 y 2016, datos del estudio de UNODC, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés, que publicó esta semana un reporte que ubica a México como el segundo país más letal del mundo, sólo por detrás de Siria) arrojan la cifra de 279,417 homicidios en México, es decir, algo más del 83% de la población total de Islandia.

Uf, 279,417 muertos. Una cifra mayor a los 220,000 que un estudio realizado en 2013 refiere murieron en el conflicto armado en Colombia que inició en la década de 1960. Una cifra menor a los 400,000 muertos que ha dejado la guerra civil en Siria según Naciones Unidas. Una cifra, en todo caso, nada despreciable. Intimidante. Grotesca. Inaudita.

En interiores o en portada, pero los periódicos de México escurren sangre todos los días. Sangre que mancha la conciencia, pero ya no la lastima.

Parece anormal, pero en la lógica retorcida de una sociedad que celebra a la muerte, que incluye su imagen en un juego infantil parecido al Bingo, que le rinde culto y la disfraza de madre, virgen y protectora, que se burla de ella, que duerme con ella y en ocasiones la erotiza, lo verdaderamente anormal –por más absurdo que parezca– sería su ausencia.

En México la muerte siempre ha sido la muerte. Y siempre ejerció una seducción infame en nosotros. Pero hubo un tiempo (¿alguien puede recordarlo?) en que sólo era un accidente: tan anormal, tan atípica, tan imposible y ficticia como en Islandia.

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz escribió: “La antigua relación entre víctima y victimario, que es lo único que humaniza al crimen, lo único que lo hace imaginable, ha desaparecido. Como en las novelas de Sade, no hay ya sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción”.

Los asesinos de Birna Brjánsdóttir procedían de otro país, no tenían relación con ella. Los asesinos de 279,417 personas en México, tenían en común, con la mayoría, la nacionalidad.

En Islandia, el asesinato de una sola persona conmocionó al mundo.

En México, la muerte de 279,417 personas –inocentes o culpables– es sólo un dato estadístico brutal.

Y sólo eso.

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