Cucurucho y el Tío Rius

Por ANDRÉS TAPIA

Una frase que se atribuye a Salvador Dalí, asegura: “La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos es la misma que con las joyas: siempre es el falso el que parece el más real, el más brillante”.

La sentencia se ajusta a los destellos de la mente de alguien que trastocó la realidad al punto de convertirla en un mundo alterno, no precisamente ideal pero sí fantástico, en el que los relojes se derriten, los elefantes tienen patas de jirafa y un cuerpo mutilado, desnudo y recompuesto ofrece belleza a quien lo mira por razones inexplicables e incomprensibles.

La memoria, sin embargo, posee sus propios códigos, y entre más intrincados y complejos, más certeza ofrecen en torno a la veracidad de un recuerdo.

Hace unas semanas una amiga me condujo a un cafetín situado en el barrio en el que vivo. Nunca había estado en ese sitio si bien he pasado cientos de veces por ahí. Es un local concurrido que ofrece uno de los mejores cafés que hay en la Ciudad de México, no sólo por la calidad de sus productos sino por el proceso de filtrado que se emplea en su preparación: en unos contenedores cónicos de porcelana se vierte agua manualmente a un filtro de papel que contiene el grano molido. En esta circunstancia, el hijo de uno de sus creadores halló la manera de renombrar el sitio: Cucurucho.

A pesar de la naturaleza estrambótica de la palabra, muy propia de los neologismos que han sido acuñados en México, cucurucho proviene del italiano dialectal cucuruccio y designa a un trozo de papel que ha sido enrollado en forma cónica o una capucha con la misma forma.

Para mí, sin embargo, tiene otro significado.

A mediados de la década de 1970, con seis o siete años de edad, mi padre me obsequió una revista infantil cuyo personaje principal, un niño que portaba un sombrero de forma cónica, se llamaba de ese modo: Cucurucho y el Tío Riuscucurucho-y-tio-rius-no-15-ed-posada-1975-hm4-D_NQ_NP_10262-MLM20026370817_012014-F

Los creadores de la misma eran un grupo de dibujantes y cartonistas de la época, entre ellos el entonces joven Fernando Llera y el ya experimentado Eduardo del Río. El slogan de la revista, más que ofrecer una intención comercial, parecía una consigna, una declaración de principios: “Prohibida para adultos”. Y no sólo lo parecía, lo era.

Sobreviviente del movimiento estudiantil de 1968 y practicante devoto del socialismo romántico que campeaba las conciencias de ese tiempo, Eduardo del Río se sumó a un colectivo que, si bien en las formas pretendía ofrecer una publicación lúdica para niños, en el fondo aspiraba a crear conciencia, evangelizar y presentar otra faceta de la realidad.

De la misma forma en que lo hizo con Los Supermachos y Los Agachados, así como en sus diversos manuales que, a través de un humor cáustico, negro y en ocasiones egregio, aspiraban a explicar el mundo, las ideologías y la religión, entre muchos otros tópicos, Eduardo del Río intentó penetrar en la psique infantil a través de Cucurucho y el Tío Rius.

En el libro Mis confusiones: memorias desmemoriadas, Del Río explicó esa incursión: “Trabajar para los niños en este asunto del humor gráfico es bastante difícil. Los niños, dicho sea con perdón, no tienen todavía desarrollado el sentido del humor, aunque sí manejan un humor que los adultos no comprendemos (ya se nos olvidó que fuimos niños y que lo que nos hacía reír se daba en situaciones difíciles de entender para un adulto). Pese a ello, en el curso de mi nada azarosa vida de monero, he elaborado dos suplementos infantiles. Uno para la revista Cucurucho, que se llamaba Tío Rius, que duró hasta que se acabó la revista”.

Cucurucho y el Tío Rius no tuvo una vida muy larga. Yo no puedo recordar durante cuánto tiempo la coleccioné, pero Fernando Llera refiere que sólo se publicaron 20 números de una revista que comenzó siendo quincenal y un poco más tarde pasó a ser semanal. A pesar de lo fugaz que fue, no puedo evitar sentir una profunda nostalgia al recordar, primero a través de esa palabra que hoy nombra a un café, a ese personaje de mi infancia que fue Cucurucho, y segundo a ese dibujante ateo, alguna vez vegano, que era Rius, el Tío Rius.

Muchos años después, cuando ya nadie recordaba, quería recordar o podía recordar a Cucurucho y el Tío Rius, en una convención de cómics en la Ciudad de México, tuve ocasión de preguntar a Eduardo del Río por qué había desaparecido aquella publicación que sencillamente era extraordinaria. Su respuesta estuvo cargada del humor involuntario, no por ello falso, que permea la identidad de los mexicanos.

“En ese tiempo muchos de los moneros que colaboraban en la revista estaban presos en la cárcel de Lecumberri, y era muy difícil para ellos trabajar en esas condiciones, y para nosotros ir a la prisión a recoger su trabajo”.

La realidad que Eduardo del Río transformó a través de su humor y dibujos nunca fue una realidad amable. Incluso, estéticamente hablando, no era muy agraciada. No obstante, dejaba entrever la rebeldía de un espíritu que nunca estuvo de acuerdo con el mundo y pugnaba si no por cambiarlo, sí por hacerlo más llevadero.

En mi caso lo consiguió. El recuerdo de la revista Cucurucho y el Tío Rius tiene en mí el efecto de la madalena de Proust: me devuelve a la infancia, a ese momento en que mi sentido del humor no estaba desarrollado, pero yo podía reírme, como otros niños, de cosas que los adultos no comprendían del todo.

Apenas unas semanas después de haberme reencontrado con aquella palabra, con el humor negro de la ironía, Eduardo del Río murió.

A contracorriente de lo expresado por Dalí, no siempre los recuerdos falsos son como las joyas: los que parecen más reales y brillan más.

En mi memoria, el recuerdo de Cucurucho y el Tío Rius hoy resplandece.

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