La balada de Luis Miguel

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GTRESONLINE

Un amigo me mostró hace unos días un video que puede hallarse en los archivos de YouTube, en el que el presentador de un programa de variedades de la televisión mexicana —un show en algún sentido muy similar al que condujo Ed Sullivan en Estados Unidos de 1948 a 1971—, ofrece una disculpa a un cantante llamado Zorro, al que tiempo atrás, en un programa en directo, interrumpió por considerar que su personaje era “afectado y demasiado sofisticado”, dicho esto a la manera de un eufemismo, cuando en realidad quería decir que lo hallaba demasiado “femenino”.

El conductor se hacía llamar Raúl Velasco y durante cerca de tres décadas fue una suerte de guardián de la moral en México. Su programa, llamado Siempre en Domingo, fue el escaparate en el que se exhibía a los ídolos musicales de la época, bajo la condición de que ni su imagen ni su música atentasen, en modo alguno, contra las buenas costumbres.

El cantante Zorro (su nombre real era Fernando Villares) era abiertamente homosexual y su osadía de mostrarse como tal, a partir de su vestimenta —en una época en apariencia feliz, ingenua y retrógrada en que la sociedad de México condenaba tales desvaríos—, irritó demasiado a Velasco, quien siempre se vanaglorió de realizar y conducir un programa para “las familias mexicanas”.

En su diatriba al Zorro, transmitida en cadena nacional, Velasco, visiblemente molesto, dijo: “Me parece que no es una gente auténtica, que no es natural, que es muy afectado y demasiado sofisticado, y yo no le considero (sic) porvenir dentro de este negocio… no sé si esté en lo cierto o no (…) El día que ustedes ya no crean en lo que uno dice, pues ese día ustedes y nosotros vamos a tener mucho qué perder”.

La fe de las buenas familias mexicanas en Raúl Velasco duró 29 años, si bien durante los últimos diez comenzó a desmoronarse a partir de la irrupción de corrientes musicales, tendencias y exponentes que no habían sido fabricados en la factoría de lo superfluo y lo banal. Sin embargo, ese tiempo le bastó para contribuir —de una manera decisiva e infame—con los designios del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que, a lo largo de sus poco más de siete décadas en el poder, además de asegurarse los privilegios de las clases dominantes, limitó los del resto de la sociedad al mantenerla en un permanente y aletargado estado de adolescencia.

Raúl Velasco murió el año 2006. Balbuceante y senil durante los últimos años de su vida, poco o nada pudo conocer del salto cuántico que supuso la llegada de la Era de Internet. En consecuencia, seguramente ignoró hasta el momento de su muerte, que uno de los muchos “artistas” a los que Siempre en Domingo catapultó a los confines mismos de las estrellas, no procedía de una familia tan buena, como a las que estaba dirigido su programa, que era explotado por su padre, que consumía alcohol, drogas, sostenía relaciones sexuales con mujeres mayores que él cuando él era menor de edad, y cuya madre desapareció de la faz de la Tierra tal y cual hubiese sido víctima de una abducción.

Ese “artista”, ese chico, hoy un adulto de 48 años, se llama Luis Miguel y pese a haber experimentado un muy notorio proceso de decadencia en tiempos recientes, a partir de la aparición de Luis Miguel la serie, una producción de Netflix, la compañía dominante a nivel mundial en lo tocante a los contenidos por streaming, en las últimas semanas su vida casi ha vuelto al momento en que acarició las fronteras del Olimpo —las acarició solamente: Luis Miguel no es Frank Sinatra, no es David Bowie, no es Joaquín Sabina, no es Charly García, sólo es Luis Miguel—y su nombre fue un referente muy poderoso a nivel comercial de la música pop de Hispanoamérica.

Es cuando menos curioso que sean los excesos de Luis Miguel que semana a semana transmite Netflix, las causales de un fenómeno que ha exhumado canciones que en virtud a su simpleza y frivolidad deberían hoy provocar vergüenza, y en cambio han roto récords de escucha en plataformas de música por streaming como Spotify.

Después de Los Beatles, los Rolling Stones, los Sex Pistols… —nombren a quien les plazca— los “pecados” de Luis Miguel parecen las travesuras de un niño en edad preescolar. Pero en tanto Raúl Velasco y Televisa pugnaron siempre por la pureza y el candor de los artistas que fabricaron, que Luis Miguel, en un aparente arranque de honestidad —en realidad un tumbling para reimpulsar su carrera—, decida contar lo que Velasco siempre supo, o fingió no conocer, o simple y llanamente le ordenaron ignorar, es un acto supremo de hipocresía.

No de Luis Miguel, por supuesto, sino de aquellos que, al mirar cómo perdía la inocencia un adolescente que parecía tocado por Dios, hoy lo victimizan y sienten compasión por él, pese a que si, agobiado por las tragedias de su vida, “el Sol” decide hoy volar en su avión privado y emborracharse en la más exclusiva taberna de Madrid —en la conciencia de que su soledad no es tan desolada, su tragedia no es tan trágica, y su carisma no ha perdido de todo el brillo—, al menos le alcanzará para salir acompañado por dos o tres tías que no le dejarán dormir solo en el aún no inaugurado Four Seasons de Madrid.

Si leemos entre líneas, la historia de México parece ser la historia de un padre abusador, una madre abnegada y sumisa, y un hijo o hija que recibe tales taras con resignación o rebeldía. Luis Miguel Gallego Basteri lo hizo al principio con la primera, y un poco más tarde desenvainó la espada. Su vida buena, su vida mala, su vida sin adjetivos, es su vida y lo que yo piense de ella es justo que a él le importe un carajo.

Por ello estoy seguro que no le va a importar que yo piense que no es un gran “artista”, pese a su extraordinaria voz natural y educada, porque él sabe que su carrera fue perfilada del mismo modo en que se crean las galletas con figuras de animales: a partir de un molde ensayado y repetido hasta el cansancio.

México enfrenta estos días, los días pasados y los días que vendrán, una situación inédita en términos de violencia. El crimen organizado descarrila trenes, asesina políticos, arroja bombas Molotov a autobuses en los que mueren madres y neonatos, sin dejar de lado los fanatismos que lo mismo impulsan a falsos Mesías a la presidencia, que construyen piras de leña verde para quemarlos sin concederles ni siquiera el beneficio de la duda. Y la duda, en estos tiempos, suele disfrazarse de democracia.

En medio de todo eso, la vida de un imberbe talentoso y renacido es más importante que cualquier otra cosa.

Ebrios en una taberna —no la más exclusiva de Madrid, por cierto— le pedimos al mariachi: “Toca otra vez… ‘La Balada de Luis Miguel’”.

Anuncios