Una heroína llamada Andrea

Por ANDRÉS TAPIA

La última vez que te recuerdo no fue la última vez que te vi. Han pasado casi dos décadas y aún puedo describirte como una sombra vestida de blanco que apenas mirarme se arrojó hacia mí como si yo fuera la única tabla que flota en el mar después de un naufragio. No era la única, ciertamente, pero así me hiciste sentir.

Aquello ocurrió en el piso que Ana Claudia tenía en la calle de Ejército Nacional, en el barrio de Polanco de la Ciudad de México, durante una reunión exclusiva para mujeres a la que, por alguna razón que no recuerdo, extrañamente fui invitado. Norma, Patricia, Eugenia, Ana, tú… quizá alguien más, quizá alguien menos, y yo ahí, en medio, profanando sin profanar un arrebato feminista.

Pierdo los detalles, o me extravío en ellos. Tu espalda estaba rota, por causa de un accidente automovilístico, y habías pasado meses peleando por mantenerte erguida, disimulando el dolor, fingiéndote más fuerte de lo que eras, de lo que eres, con los cinco sentidos bien puestos y tu hermosa piel pálida enrojecida.

Verás, por ese tiempo, un poco antes, o un poco después, leí una historia dramática de un personaje que me acompaña desde niño, para bien y para mal, y que todavía no me abandona. Es una historia fantástica, e infantil, hecha de una derrota y mucho coraje, de una obsesión casi demente por cumplir a pie juntillas con una cruzada que se origina en la mente de un chico que ha visto morir a sus padres.

No pretendo contártela por completo, te aburrirías, pero acaso puedo darte los detalles mínimos que la hacen inmensa e inolvidable.

Un superhéroe que, excepto una gran fortuna y su intelecto, no posee ningún poder extraordinario, es puesto a prueba por un villano que, más que vencerlo, desea humillarlo. Entonces fragua un plan que consiste en liberar a todos los criminales de una prisión para que, uno a uno, lo enfrenten y lo debiliten. Eventualmente el superhéroe consigue vencerlos a todos, pero aún falta uno que no es otro más que aquel que los ha liberado.

La contienda final tiene lugar y el villano, tras vencer al héroe, decide no matarlo sino romperle la espalda, quebrarlo, con tal de ser reconocido como “el hombre que quebró al murciélago”.

La historia se llama Knightfall, el nombre del héroe es Batman y el del villano Bane. Te dije que era una historia fantástica e infantil, que acaso te aburriría y que no te daría muchos detalles al respecto. Y no lo haré, pero te daré otros.

Verás…

El año 2001, un par de meses después de la caída de las Torres Gemelas, viajé a la ciudad de Buenos Aires. Una tarde, mientras caminaba por la calle de Corrientes, descubrí una tienda de cómics y juguetes afines: los juguetes más maravillosos del mundo. Y entré a ella con la ilusión jamás perdida, acaso transformada, de un hombre que ha vuelto a ser niño.

Vi un tanque de guerra, del tamaño de un coche de pedales, hecho a la medida de las figuras de acción de G.I. Joe; las ediciones en castellano de todas las grandes sagas de Batman y la colección completa de los muñecos de la Liga de la Justicia creados por la juguetera Kenner a principios de la década de 1980.

Nada que te importe, lo sé, nada que te parezca mínimamente interesante o que acaso puedas entender porque los viajes a la infancia son tan personales que están hechos de egoísmo y laberintos que sólo aquel que los ha recorrido y experimentado puede descifrar. Y si bien sé que, en cambio, comprenderás esa emoción prístina que sentí por estar en un lugar como ese y que ahora mismo debes estar sonriendo al imaginarme, no es esto lo que te quiero decir.

Aquella tarde de verano de noviembre de 2001, mientras yo volvía a mi niñez en una tienda de cómics y juguetes en Bs. As., inadvertida y súbitamente un niño ingresó ahí. Lo acompañaba su padre, al que abandonó casi en la entrada, para dirigirse al dependiente de la tienda, un hombre joven, tal vez de mi edad, al que a quemarropa le soltó: “Decime, por favor, ¿por qué Bane le rompió la espalda a Batman si Batman es invencible?”.

Descolocado, como un boxeador al que acaban de golpearle la mandíbula, el hombre lo miró, trató de reponerse, miró al techo de la tienda, giró la cabeza como sacudiéndola, y respondió: “¡Qué momento! ¡Qué historia! Verás… Bane dejó escapar a todos los villanos de prisión y todos fueron a enfrentar a Batman. Y Batman los venció a todos, ¡a todos! Pero cuando se enfrentó a Bane estaba muy débil, no había dormido ni comido bien en tres meses, y su mente y su cuerpo estaban muy frágiles… Por eso le rompió la espalda”.

En un cajón de mi memoria, en el que deposito las cosas más bellas, guardo las palabras de aquel hombre que, sin estar obligado a ello, preservó la inocencia y la esperanza de ese chico en un momento en que el Mundo, literalmente, comenzó a derrumbarse.

En ese instante, sin embargo, no pude verlo y definirlo como lo que realmente era, sino que me tomó algún tiempo. Y fue en ocasión del estreno de la cinta The Dark Knight Rises, la última de la trilogía de Christopher Nolan, cuando comprendí verdaderamente lo que aquel hombre joven era.

Hacia el final de la película, tiene lugar un diálogo entre Jim Gordon y Batman que culmina de esta manera: “Un héroe puede serlo cualquiera. Incluso un hombre que hace algo tan simple como tranquilizar y poner un abrigo alrededor de los hombros de un niño tan sólo para hacerle saber que el Mundo no se ha acabado”.

Hace unos días se quebró mi espalda. No fue en un accidente, no fue de una forma épica, sino algo más bien tonto, pueril. Pero se quebró. No hay dolor más absurdo que el que se experimenta cuando quieres levantarte de la cama y simplemente no puedes. No necesitaba de eso para recordarte, pero así te recordé.

Hace 20 años te arrojaste hacia mí, en mí, en una reunión de chicas en la que me fue franqueado el paso quién sabe por qué extraña razón. Tenías la espalda quebrada, y te quebraste aun más: lloraste conmigo, en mí, y mojaste mi camisa. Si lo recuerdo bien, te dije: “Tú, Andrea, has sido muy valiente”.

Hace dos años alguien liberó a todos mis enemigos para hacerme daño. Y tú y yo tuvimos un casi desencuentro. Mi espalda no se quebró entonces, pero la semana pasada al fin ocurrió. Antes de que eso pasara, quizá dos meses atrás, me quebré, como tú conmigo hace dos décadas, y me aferré a ti como si fueras la única tabla que flota después de un naufragio.

Sé que no te gustan los héroes, mucho menos los superhéroes, pero hay narrativas e historias que trascienden a nuestro pensamiento, caprichos y formas de ver la vida.

Acaso un héroe puede serlo cualquiera, pero una heroína no. Y una heroína, en rigor, es una mujer que es una sombra vestida de blanco que hace algo no tan simple como quebrarse y renacer, como existir y dar vida, como tranquilizar y poner un abrigo alrededor de los hombros de un hombre tan sólo para hacerle saber que el Mundo no se ha acabado.

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