La signatura de mi padre

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando era niño era menester que los padres firmasen la boleta de calificaciones de sus hijos cada mes: esa era la forma en que en México los colegios de educación primaria enteraban a los progenitores o tutores de los alumnos de su desempeño escolar. No puedo hablar por el resto del Mundo, pero supongo y estoy casi seguro que dicha práctica es común y, quizá, universal.

Durante su infancia, mi padre vivió una transición que acaso no fue tersa –como no lo suele ser nada de lo que ocurre en México– en cuanto a la enseñanza de la escritura. Nació justo a la mitad de la década de 1940 e ingresó al colegio en los primeros años de la de 1950. Entonces la mayoría de las personas alfabetizadas había sido educada para escribir con letras cursivas, también llamadas de carta o manuscritas.

Con uno u otro u otro nombre, a las generaciones que han nacido al amparo de la Era de Internet dicho concepto debe parecerles tan complejo como la ecuación matemática que sustenta la teoría del Boson de Higgs. Por fortuna, explicarlo no es tan complejo.

La letra cursiva, de carta o manuscrita, es aquella que posee una inclinación, izquierda o derecha, y enlaza con un trazo simple todas las letras que forman una palabra, si bien esta última característica no es determinante.

Pese a que en aquel tiempo el Mundo ya había conocido de los horrores de las armas químicas, de la descomposición del átomo a partir del lanzamiento de dos bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, y de manera clandestina de la invención de las primeras computadoras, la educación seguía patrones tradicionales y acaso románticos.

Con los modos y formas con que un anciano japonés instruiría a un adolescente en las artes marciales en una película hollywoodense que habría de estrenarse en la década de 1980 (“arriba, abajo; derecha, izquierda”), los chicos que asistían a las escuelas de educación primaria en México en los años 50 trazaban en un cuaderno líneas y círculos inclinados para adiestrar las manos y desarrollar la habilidad de escribir con letras cursivas.

De manera abrupta, como suelen ocurrir las revoluciones, en aquella época alguien decidió que era momento de perfilar el futuro y cambiar la forma en que se enseñaba a la gente a escribir. De la elegante caligrafía que enlazaba a las palabras como si fuesen los vagones de un tren, se dio el paso para instaurar en la escritura la llamada letra de molde o de imprenta: aquella que está impresa en los libros y en la que las letras de cada palabra estaban separadas y su trazo era inconfundible.

Rebelde, como siempre lo fue, papá enfrentó el dilema de escribir como había visto a escribir a sus padres, o de adoptar el nuevo estilo de escritura que eventualmente se convertiría en universal. Sometido a los designios del establishment, tuvo que adaptarse a los nuevos postulados y, no obstante, a manera de protesta, en su escritura con letra de imprenta renunció al uso de las minúsculas, hábito que conservó hasta su muerte.

Pero mi padre tampoco pudo renunciar al aprendizaje de esos primeros años en los que, como Ralph Macchio, sometido a las instrucciones del Señor Miyagi, debía trazar líneas y círculos inclinados so pena de recibir un golpe con una regla de madera en la mano.

Aquella revolución “tersa” impidió que mi padre aprendiese a escribir armoniosamente con letra cursiva, manuscrita o de carta, pero no sepultó su deseo. Cuando llegó a la edad adulta y enfrentó la necesidad de crear una firma, sus recuerdos, su rebeldía y su nostalgia le hicieron desarrollar una signatura en la que una serie de líneas y círculos enlazados a manera de espiral –pueriles en cuanto a su trazado pero vibrantes en cuanto a su significado– se desplegaba con la imaginación de un niño que ha atisbado los misterios del Universo, pero aún es incapaz de descifrarlos.

La firma manuscrita de papá, tan sutil y primitiva como los dibujos que los primeros hombres en la historia de la humanidad esculpieron en cuevas y cavernas para comunicarse y trascender en el tiempo, parecía el intento de falsificación perpetrado por un niño que desea convertirse cuanto antes en adulto.

Eso fue lo que pensaron mis profesoras, todas ellas mujeres, cuando cursé la escuela primaria y decidieron que pese a la excelencia de mis calificaciones no era mi padre quien firmaba la boleta de notas cada mes, sino yo.

Fui sometido a interrogatorios, no propiamente severos pero sí fastidiosos, en los que se me insinuó que aquella firma infantil e insigne (nunca mejor dicho) era obra de mi mano y no de la de mi padre. Tales procesos inquisitorios siempre culminaron con una exigencia disfrazada de petición: “Dile a tu papá que necesitamos hablar con él”.

No recuerdo cuántas veces, pero papá atendió todas y cada una de aquellas solicitudes que a mí me hicieron sentir humillado. No por mí, sino por él. Y lo recuerdo no sólo asegurando que aquella era su firma, sino también firmando delante de la incredulidad, ignorancia e ingenuidad de un sistema.

De manera inconsciente desarrollé un rencor y también una idea de venganza. En el futuro, cuando éste llegara, haría con mi firma un homenaje a mi padre y a su caligrafía. Y ésta sería aun más estilizada y acaso más rupestre que la suya. Eso imaginé, eso imaginaba, hasta que llegó el momento de estampar esa rúbrica –que no se sometía a los convencionalismos y se proyectaba vertical a un cielo infinito– en el espacio mínimo designado en una tarjeta de crédito.

No todos los días, pero sí de manera frecuente, en las cajas de los bancos de México escucho la pregunta: “¿Ésta es su firma?” Poco importa que como cédula de identidad les muestre mi pasaporte, un documento casi infalsificable, en el que se muestran mi fotografía, mi nombre y mi número de registro fiscal: para ellos, para esas mentes pequeñas y cuadradas se trata de un bulo, de un intento de estafa, al grado que alguna vez escuché a un cajero increparme: “¿Qué hace? ¡No raye el recibo!”.

En contraposición, hace algunos años la concierge de un hotel en Berlín, Alemania, exclamó luego de que yo firmase el recibo de salida: “Das ist Kunst!” (¡Eso es arte!).

Más allá de las taras personales –que son genuinas, auténticas y ciertas–, vivo en un país en el que la gente cree fervientemente que los muertos regresan a la Tierra el primer día de noviembre para no ser olvidados, en el que la Selección Nacional pierde siempre en la misma instancia de todos los mundiales de Fútbol acontecidos, en el que existe un concepto denominado “pueblos mágicos” y en el que la invención política de una virgen –la madre de dios nada más y nada menos– es la piedra fundacional de una nación y su idiosincrasia.

A partir de la fe, la soberbia y el masoquismo, todo eso es creíble, posible y justificable.

Una firma, en cambio, una concatenación de letras oblicuas o verticales, separadas o unidas, supone una afrenta onerosa y despreciable, infinita y omnipresente, absurda e inexplicable.

En mi imaginación, no sé si en mi memoria, escucho de nuevo una pregunta repetida hasta el hartazgo durante los años de mi infancia: “¿Ésta es la firma de tu papá?”.

“Sí, profesora. Y siempre lo será”.

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