Andrés presidente

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE MÉXICO

Me llamo Andrés en honor a mi abuelo, Andrés Díaz Romero, un carpintero que nació el año de 1913 en un pueblo llamado Apán, en el estado mexicano de Hidalgo. Andrés, mi abuelo, con muy pocos años, vivió experiencias que un niño, si bien casi un adolescente, no debería enfrentar jamás.

En la llamada “Guerra de los Cristeros”, un conflicto armado que tuvo lugar de 1926 a 1929 y que fue detonado por el entonces presidente de México, Plutarco Elías Calles, quien propuso acotar y controlar el culto de la Iglesia Católica en el país, mi abuelo formó parte, de alguna forma, de los movimientos guerrilleros que se inconformaron con la llamada “Ley Calles”.

No sé porqué mi abuelo participó de manera activa en ese conflicto, tampoco porqué no pudo evitarlo. Sí recuerdo, en cambio, una historia que me contó hace muchos años, cuando estaba vivo, y en la que refirió tener sólo 13 años.

Andrés viajaba con uno de los grupos levantados en armas, un movimiento que se calcula llegó a sumar 20,000 militantes, que se desplazaba principalmente por el centro de México. Huían del ejército de Calles en busca de un lugar donde pertrecharse. Y alternativamente andaban a pie o a caballo.

En una ocasión se internaron en una zona agreste, árida, casi desierta, y las provisiones, y el agua, se agotaron. En algún momento la sed se hizo insoportable y uno de los líderes del grupo sugirió beber los orines de los caballos para poder seguir adelante. La mayoría cedió a la desesperación. Andrés, mi abuelo, no pudo hacerlo. Seca la boca y ya sin emitir sudor, decidió aguardar un poco más.

Cuando el grupo se puso de nuevo en marcha, a uno o dos kilómetros de distancia del sitio en que la mayor parte de ellos habían bebido orines de caballo, encontraron un arroyo de aguas limpias, “las más cristalinas que vi en mi vida, hijo”.

Sé que Andrés Díaz Romero, mi abuelo, se guardó otras historias, historias que la mente de un niño no debería atesorar. Se las tragó para sí, y creo que las olvidó, porque el resto de su vida, si bien repleta de lucha y esfuerzo, fue un hombre feliz.

En su taller de carpintería, en un sitio que aún existe y se localiza al norte de la Ciudad de México, mi abuelo talló la madera procedente de robles y pinos con tal de crear un objeto que pudiese trascender a la historia. En mi memoria, infortunadamente ya no en el presente, un carricoche que hizo para mí todavía me transporta por los barrios de la colonia Industrial y Villa de las Flores. Y una mesa de centro, que eternamente formó parte del mobiliario de su casa, hoy sostiene algunas figurillas cursis en la casa de mi madre.

El hijo de mis primos Octavio y Claudia, mi sobrino, también se llama Andrés. Y se llama así en honor a mi abuelo. Es un chico listo, al que le gustan los deportes, que puede analizar con la mano en la cintura todas las ligas deportivas de los Estados Unidos y definir, con un alto grado de certeza, a los próximos campeones de la NBA, la NFL, la MLB, la MSL y la NHL. Andrés, mi sobrino, vive en el estado de Florida, en los Estados Unidos, desde hace algunos años.

El actual presidente de mi país también se llama Andrés. Al igual que mi abuelo, nació en un pueblo insignificante que hoy, gracias a Google y a la Wikipedia, ha cobrado algún tipo de fama mundial. Y es tan anecdótico y vulgar, tan simple y tan egregio, que en mucho se parece al Macondo imaginado por Gabriel García Márquez: un sitio en el que lo inaudito, lo inverosímil y lo fantástico tienen lugar como si fueran el atardecer y el amanecer de cualquier día.

Es sólo que el presidente de mi país, Andrés, Andrés Manuel, para diferenciarlo, me ha hecho abominar de mi nombre, del de mi abuelo y el de mi sobrino. Su eterna cruzada por democratizar a un país que infortunadamente no se parece a ningún otro sobre la Tierra, si bien originada en una ira auténtica, se ha transformado en la venganza de un fundamentalista que, valga la tautología, pese a todas las evidencias en contra cree que Dios existe.

Si los directorios telefónicos impresos aún existieran, darían fe de que el nombre de Adolf y el apellido Hitler fueron desterrados hace muchos años de la cultura y la historia de Alemania. Muy pocos, incluso nadie, detenta tal nombre y tal apellido en esa nación europea. Es así porque la vergüenza, en las sociedades que se la permiten, es directamente proporcional a la culpa e inversamente proporcional a sus taras históricas.

La evidencia más contundente de que Dios no existe ni existió jamás, es el asesinato de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Quienes siguen invocando y alabando a Dios después de eso, deberían censurar y bajar el volumen de esas vocecitas interiores que resuenan en sus mentes.

Andrés, Andrés Manuel, el presidente de México, el tipo que lleva el nombre de mi abuelo, de mi sobrino, ¡mi nombre!, todos los días desde su púlpito y su pálpito matutino, asegura que los mexicanos “nacemos buenos, no somos malos (…) son las circunstancias las que llevan a algunas personas a tomar el camino de las conductas antisociales”.

Que Andrés no sabe de historia eso queda claro. Que supone que Cristo volverá algún día también queda claro. Que él mismo se imagina Cristo y se supone protagonista de la segunda venida del Mesías es mucho más que evidente. Que ignora que los mexicanos no sólo somos malos, sino una sociedad tan aborrecible y ominosa que no debería formar parte de la historia, es una ofensa imperdonable.

Andrés presidente: tú o tus asesores deberían revisar, un día, la compilación de videos que están disponibles para cualquier persona que tenga el estómago y el morbo para verlos en el sitio de Internet llamado El Blog del Narco, una plataforma en línea donde el horror de la realidad ha superado los desvaríos de Stephen King, tan sólo por hacer una analogía estúpida.

Ahí verás a los mexicanos que defiendes cometer los actos más indecibles, esos que no quieres ver, Walter White de Macuspana, porque ni siquiera los actos que contemplas todos los días te afectan y someten: una niña de siete años violada; una mujer de 25 años destazada; tres estudiantes y un conductor de taxi asesinados por nada.

No, Andrés presidente, no te equivoques: los mexicanos somos malos, muy malos, no todos, queda claro, pero sí un gran número y las circunstancias definen tanto para bien como para mal. Sé que no lo vas a entender, y no espero que lo entiendas, pero ojalá puedes comprender que the little voices in your head no te dan para más.

En unos años, no sé cuántos, el nombre de Andrés será tan abominable en México como el de Adolf en Alemania. Pero el de Andrés Díaz Romero, mi abuelo, sobrevivirá en una mesa de roble que por fortuna heredará mi sobrino, Andrés Díaz Hernández.

El mío, me da igual, yo no soy un megalómano de tu envergadura.

Pero el tuyo, Andrés presidente, no será un referente histórico, sino tan sólo un accidente que jamás debió haber ocurrido.