Por ANDRÉS TAPIA

Lo pienso una y otra vez. Regreso en el tiempo, en mi vida, tanto como puedo, y trato de hallar el momento primigenio en que mi imaginación quedó marcada de una forma oscura y fantástica… para bien y para mal.

Siendo muy niño (¿a qué edad se es muy niño?), mi padre, mi madrina, me obsequiaron distintas ediciones del compendio Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que constituye una puerta de entrada a una de las más egregias manifestaciones de la literatura, así esa puerta sea la del infierno. Escritor y poeta maldito, tan sólo por endilgarle los adjetivos y lugares más comunes, Poe se convirtió en mi Virgilio y me condujo por los círculos de un averno mucho más real que el concebido por Dante. Ahí, en los recovecos de una mente atribulada por circunstancias que no se correspondían con las expectativas de su vida, descubrí emociones que no por insanas resultaban ajenas e insustanciales a la naturaleza humana.

Por ANDRÉS TAPIA

Desde que el hombre pudo tomar un trozo de piedra, papiro, papel o cualesquier otro material y contar en él y a partir de él una historia, la literatura ha permitido a sus protagonistas regresar y existir eternamente. A eso se refería Honoré de Balzac –a quien se le atribuye la creación de dicho recurso literario– con el retorno de los personajes.

La fórmula de Balzac halló eco muy pronto y sería Edgar Allan Poe, a través de la figura del Chévalier Auguste Dupin [“Los crímenes de la Rue Morgue” (1841), “El misterio de Marie Rogêt” (1842) y “La carta robada” (1844)], el primero en utilizarla.

De ese modo, Poe plantó la piedra filosofal de la novela policiaca, la cual se convertiría en género literario a partir de la aparición, unas décadas más tarde, del Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle y el Hercules Poirot de Agatha Christie.

Por ANDRÉS TAPIA

“One day men look back and say that I gave birth to the 20th Century”.

Sir William Gull / Jack the Ripper (en la novela gráfica From Hell de Alan Moore)

Una noche de mayo del año 2009, me perdí con una amiga en las calles del barrio londinense de Whitechapel. Paty Islas y yo –y cerca de 30 personas más que se reunieron en la salida número 4 de la estación del subterráneo Aldgate East–, caminamos por espacio de dos horas por calles y callejones sucios y carentes de todo atractivo o glamour. Su atractivo, empero, era justamente ese. En esas calles ordinarias y simples, 121 años atrás un hombre que hoy es conocido como Jack the Ripper, asesinó, según la historia oficial, a cinco mujeres –aunque es probable que hayan sido siete.

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Por ANDRÉS TAPIA

El acto de mentir ostenta dos facetas: la benévola y la malévola. La primera es utilizada para salvarse a uno mismo (en La Biblia, con tal de no ser apresado, Pedro el Apóstol miente y niega a Jesús tres veces). La malévola, en cambio, tiene por objetivo engañar a los demás y obtener una ventaja (sin existir contacto alguno, Cristiano Ronaldo se arroja al césped dentro del área y finge haber sido tropezado por un contrario con tal de que el árbitro señale un tiro penal a favor de su equipo).

En el primer caso, la mentira se halla patinada de cobardía. En el segundo, de perversidad.