¿Por qué hay mexicanos tan malos?

Por ANDRÉS TAPIA

“¿Por qué hay mexicanos tan malos? Entiendo que hay algunos de nosotros que no somos buenos, pero la mayoría, pues sólo queremos cruzar para ir a trabajar a Estados Unidos y traernos unos dólares pa’ nuestras casas.

“Y luego, pues sí, entre los malos también había extranjeros, había guatemaltecos. También había mexicanos secuestrados, como once, sí, un día había once, luego llegaron más.

“Sólo quería un trabajo para pagar mis deudas. Pero ya no quiero nada”.

Las palabras anteriores son el testimonio de un emigrante centroamericano, el cual se halla recogido en el “Informe Especial sobre secuestro de migrantes en México”, hecho público en febrero del año 2011 por la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

El individuo en cuestión estuvo 17 días secuestrado.

“…nos paraban frente a la pared, con las palmas recargadas y las piernas bien abiertas y entonces, con una tabla gorda, se ponían a pegarnos hasta que caíamos de rodillas, llorando.

“Aquí todos, en algún momento, nos quebramos. Ya ni nos daba pena llorar, éramos como perros aullando, como animales, pues”.

No es, ni de cerca, el testimonio más trágico ni el más brutal. En ese mismo informe hay referencias a violaciones tumultuarias, vejación y tortura de niños y mujeres, asesinatos selectivos y masivos, corrupción de autoridades municipales, estatales y federales, así como una sempiterna alusión a los Zetas, el más violento, vulgar, rapaz y miserable de los cárteles de la droga mexicanos.

Es, sin embargo, el único de los testimonios que ahí aparecen que se hace una pregunta simple que con el paso del tiempo se ha vuelto retórica: ¿por qué hay mexicanos tan malos?

Esa misma pregunta –acaso con otros vocablos, con otra entonación, con mayor o menor sutileza, y quizá en muchas ocasiones con una rabia que es producto de la incomprensión, de la impotencia y de una inconmensurable falta de fe a prueba de cualquier Dios– me la he formulado yo cientos, miles de veces, sin haber padecido la maldad mexicana a un extremo siquiera cercano.

Al día de hoy no hallo respuesta.

Me queda claro, aun siendo habitante de los tiempos más oscuros que le han tocado vivir a este país llamado México, que la maldad no es una cualidad exclusiva de una nación o grupo étnico, sino un defecto posible, plausible, latente y potencial de todo el género humano.

La practicaron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial con el pueblo judío. Otro tanto hicieron por aquella misma época los japoneses con los chinos. El gobierno del malnacido Augusto Pinochet hizo lo propio con aquellos que se manifestaron en contra de su ideología. Lo hicieron Pol Pot y sus Jemeres Rojos en Camboya, Josef Stalin y el Partido Comunista en la extinta U.R.S.S., la junta de los militares en Argentina, Slobodan Milosevic en la otrora Yugoslavia, y una interminable etcétera de malditos que abarca todos los siglos de la historia.

Pero la maldad no es exclusiva de un grupo o sociedad, es decir, existen individuos que la ejercen sin pertenencia o arraigo a nada o nadie. La maldad es sólo maldad y es capaz de infectar, cual la más mortífera de las pandemias, a todo aquel que tenga un corazón latiéndole en el pecho.

¿Por qué entonces, lo pregunto otra vez, hay mexicanos tan malos?

Miro al suelo, al cielo, al humo de mi cigarrillo y no hallo respuesta.

Hace muchos años, no puedo precisar cuántos –aunque estoy seguro ocurrió durante la década de 1970– en el noticiero 24 horas, conducido por Jacobo Zabludovsky, una noche apareció el periodista presentando a un niño oriundo de Centroamérica. El infante se había presentado en las puertas de Televisa Chapultepec, en la Ciudad de México, pidiendo ayuda para llegar a los Estados Unidos, país en el que sabía se hallaba su padre. Más allá de encontrarlo, el chico pretendía llegar a Estados Unidos con la idea de conseguir un trabajo para ayudar a su madre y sus hermanos.

Sucio, con la ropa raída y llena de lamparones, aquel niño cuya edad debería rondar los diez años, explicó al periodista los motivos de su viaje y su presencia en la televisora. Una mujer -que radicaba en Veracruz, tenía una panadería y le había dado albergue durante unos días- se comunicó al estudio para hablar con él. Al final de su charla, le dijo algo así: “Cuídate mucho, mi hijo”; el chico respondió con las siguientes palabras y una sonrisa simple: “Guárdeme un pastel… para cuando vuelva”.

En algún momento de la improvisada entrevista, Zabludovsky cogió sus notas, las miró un instante y, dirigiéndose al niño, le dijo: “Hay muchas noticias, aquí… pero las daremos después”.

Aquella noche Jacobo Zabludovsky no dio noticia alguna, se limitó a entrevistar a aquel chico que viajaba de Centroamérica a los Estados Unidos en busca de su padre y de un trabajo para ayudar a su familia.

No sé qué fue de él y si cumplió con su cometido, pero creo que entonces no existían tantos mexicanos tan malos. Consecuentemente, creo que aquel chico, de un modo u otro, pudo al fin llegar a su destino.

He dicho la palabra retórica para calificar a la pregunta con la que he titulado a esta columna. Retórica porque esa pregunta que parece defenestrar tan sólo a algunos miembros de una sociedad, por ende y por extensión podría afectar a toda esa sociedad.

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”, se pregunta Santiago Zavala, “Zavalita”, al inicio de la novela Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa. La pregunta, retórica, por supuesto, puede aplicarse el día de hoy a cualquier democracia latinoamericana sin mayores vicisitudes. A la de México, por ejemplo, que en aquellos lejanos y nostálgicos años 70 dio voz a un niño emigrante que buscaba un trabajo.

Quisiera pensar que aquel chico llegó a los Estados Unidos. Que encontró a su padre y que, tiempo después, entre ambos, consiguieron el dinero necesario para trasladar al resto de su familia con ellos. Que aún está vivo, que es un hombre de bien, que tiene una familia, un futuro… Que es feliz.

Un hombre que, a pesar de la oprobiosa, cruel y vergonzante realidad de hoy en día, sigue diciendo lo que le dijo a Jacobo aquella noche perdida de los años 70: “Los mexicanos, señor, son muy buenas personas”.

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