El dinosaurio del cual involucionó el Z-40

Por ANDRÉS TAPIA

Hace unos 70 millones de años existió en la Tierra un dinosaurio llamado Velociraptor. La siempre excitada e infantil imaginación del cineasta norteamericano Steven Spielberg, lo llevó a concebirlo en la saga cinematográfica Jurassic Park como un saurio de dos metros de estatura, que cazaba en grupos y era extremadamente inteligente.

Nada de lo imaginado y fabricado por Spielberg y Hollywood era cierto. El modelo utilizado por el cineasta era un híbrido de dos especies que si bien estaban emparentadas, vivieron en las antípodas: uno en lo que hoy es Norteamérica y el otro en lo que hoy es Mongolia. El primero (Deinonychus) de alzada no superaba los 130 centímetros si bien de longitud podía alcanzar un promedio de tres metros; en tanto que el segundo (Velociraptor) era mucho más pequeño tanto en longitud como en altura.

Ambos tenían plumas, pero a Spielberg eso tampoco le importó. Y ambos, finalmente, eran reptiles carroñeros y depredadores de pequeños herbívoros a los cuales cazaban dejando caer su peso sobre ellos, sujetándoles con las garras y devorándolos mientras aún estaban vivos.

En cuanto a cazar en manadas, estudios recientes han echado por tierra las teorías de los paleontólogos de Spielberg: tanto el Deinonychus como el Velociraptor eran cazadores solitarios que si bien podían practicar en grupo la carroñería, los individuos más grandes solían alimentarse primero. Si algún subadulto les disputaba este derecho, era atacado por los demás; de resultar muerto, era objeto de canibalismo.

Es muy probable que el individuo conocido como Miguel Ángel Treviño Morales, de origen mexicano, apodado el Z-40, y uno de los asesinos en masa más sanguinarios de los que se tenga memoria, descienda del Deinonychus, del Velociraptor, o esté emparentado estrecha pero indignamente con ellos.

Treviño Morales, integrante del Cártel de los Zetas, una organización criminal que fue creada en sus orígenes como el brazo militar de otro individuo llamado Osiel Cárdenas Guillén (un miserable asesino que hoy está preso en una cárcel de Estados Unidos, que jamás ve el sol y al que hoy el ladrido de un perro Chihuahua alteraría al grado de provocarle un paro cardiaco), acaso haya querido contravenir a la ciencia al erigirse como líder de una manada de depredadores carroñeros que cazaban en grupo, jamás solos (tanto era su miedo), pero fue detenido hace un par de días por los marines de México.

De 1.72 metros de alzada, entre 90 y 95 kilogramos de peso, cerebro mediano y una ferocidad desmedida, Treviño Morales consiguió escalar en la jerarquía de una estructura paramilitar para la cual no estaba capacitado, valiéndose de una crueldad sin mesura.

A este espécimen (y a otros de su especie) se le atribuye la autoría intelectual (y material en algunos casos), del asesinato de 265 personas que pretendían llegar a los Estados Unidos, y que al ser confundidos como miembros de una especie rival –o negarse terminantemente a convertirse en carroñeros– fueron masacrados en un lugar llamado San Fernando, en el estado mexicano de Tamaulipas.

Incapaz de la inteligencia, Treviño Morales encontró en el sadismo la “virtud” que le ganaría el respeto de otros miembros de su especie. Apocado y pendenciero, solía poner el ejemplo asesinando personas con un enorme marro, tras lo cual daba la orden a sus congéneres de proseguir con la tarea que él había iniciado. Pero sus presas, la mayor de las veces, personas hambrientas que cruzaban un territorio extenso con tal de ganarse la vida, eran seres debilitados por el esfuerzo, el miedo y la inocencia. En ese sentido, era digno descendiente de los saurios carnívoros y enanos que le antecedieron

La versión oficial del gobierno mexicano asegura que Treviño Morales solía estar rodeado la mayor parte del tiempo por cerca de 200 Deinonychus y Velociraptors. Si eso es verdad, habla mucho del miedo que sentía el depredador carroñero. Si es mentira, bueno, entonces es probable que el gobierno de México se haya contagiado de las exageraciones habituales del señor Spielberg. Lo que no admite duda ni reparo es que Treviño Morales nunca andaba solo. Y la prueba de ello es que fue capturado con otros dos de su especie.

Visiblemente golpeado, con escoriaciones en los pómulos, en los labios y el tabique nasal desviado, Treviño Morales fue exhibido en una fotografía con una expresión indolente e inexpresiva. A diferencia de lo que él solía hacer con sus víctimas, fue mostrado caminando sin cadenas, con tres o cuatro marines a sus espaldas, en una actitud que parecía altiva pero en realidad era el fingido orgullo del depredador carroñero muerto de miedo, cuyo instinto esta vez le aseguraba que sus congéneres no vendrían a rescatarlo.

Y lo sabía tan bien que, antes incluso de ser juzgado, Treviño Morales pidió clemencia: apeló a una ley de los hombres (una especie a la que físicamente se parece pero no pertenece) para no ser torturado, aislado o juzgado por delitos que (según la cobardía propia, inherente, intrínseca de los mexicanos) no cometió.

Hay algo de hermoso en el Deinonychus y en el Velociraptor: no eran tan grandes ni tan temibles como Steven Spielberg los reconcibió e imaginó, pero se las arreglaban solos, como se las arregla el depredador solitario, para vivir, sobrevivir y trascender a la historia.

Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40, uno de los accidentes más raros en la evolución de las especies, un día morirá como hace millones de años morían el Deinonychus y el Velociraptor mientras buscaban a su presa: en soledad y agotados. Pero, a diferencia de ellos, sin dignidad y lleno de miedo.

Darwin, sacúdete en tu cripta.

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