Los sonidos de Paracho

Por ANDRÉS TAPIA

Siendo niño conocí de la existencia de un pueblo mexicano llamado Paracho. Se localiza en el noroeste del estado de Michoacán, muy cerca de todo y de nada al mismo tiempo, pero especialmente de una cadena de colinas conocida como la Sierra de Paracho, a cuyas faldas yace cual si fuese uno de esas idílicas villas suizas que tantas veces hemos visto en postales.

Supe de Paracho por la misma razón por la que todos lo han oído nombrar al menos una vez en su vida: en ese pueblo, en virtud a la abundancia de bosques mixtos y de coníferas, es decir, de pinos, oyameles y encinos, se fabrican guitarras.

Mi primera guitarra no fue hecha en Paracho, sino en España, me la obsequió mi padre. La segunda, un regalo de mi tío Fernando Rodríguez cuando se enteró que a raíz de una caída la primera no tendría compostura, sí.

No hay nostalgia en este recuerdo ni nada parecido, apenas un detalle narrativo del tipo de los que solemos hacer uso los periodistas. Por ello puedo decir que por mí Paracho se hubiese hundido en las arenas del olvido de no ser porque, muchos años después de haber tenido aquella guitarra y haber escuchado aquel nombre, cometí una estupidez con la guitarra de un amigo, una guitarra hecha en Paracho, Michoacán.

Pretendiendo enmendar mi error, una noche tomé un autobús con rumbo a ese pueblo del que, excepto que fabricaban guitarras, no sabía nada más.

Viajé de noche no sé por qué, y apenas recuerdo el trayecto porque dormí todo el camino. Pero nunca olvidaré cuando descendí del autobús, en plena plaza principal, a eso de las cinco de la mañana, y mucho menos a un hombre que, vestido con sombrero y poncho, me observó detenidamente durante varios minutos mientras yo terminaba por espabilarme y por buscar un hotel.

Me hospedé en el primero que vi, un hotel feo y pequeño muy cercano al sitio de donde descendí del autobús. Apenas ingresar en mi habitación, caí dormido nuevamente.

Al cabo de unas horas desperté, me duché, desayuné algo y me di a la tarea de buscar la guitarra de mi amigo. No fue una búsqueda frenética: Paracho era una avenida larga y estrecha, de unos dos o tres kilómetros de largo, con cinco o seis bloques de cuadras a cada costado. Recorrer el pueblo por completo tomaba dos, tal vez tres horas, pero no más.

Quizá por ello mi búsqueda fue mucho más meticulosa, quizá por ello ingresé a todas las tiendas de guitarras que vi y tardé varios minutos en cada una de ellas, haya sido inspeccionando con tiento cada instrumento, o charlando con los dueños y los vendedores.

Al final me decidí por una, la más elegante y que más se parecía a la de mi amigo. Con ella en las manos me dirigí al hotel, la guardé y después salí nuevamente para comer algo. Con el recelo del forastero, apenas y me atrevía a traspasar la puerta de cada restaurante que me llamaba la atención. Los dueños, en cambio, salían hasta la calle, me ofrecían la carta y me invitaban a pasar garantizándome la mejor comida de la región.

No puedo asegurar eso, si bien tampoco tuve queja alguna, pero a cambio puedo decir que toda esa gente que me llamaba al interior de sus restaurantes, que me ofertaba sus guitarras y con la que durante mi estancia en Paracho intercambié al menos un par de palabras, me pareció la gente más amable del mundo.

Nunca volví a Paracho. Tampoco a otro pueblo o ciudad de Michoacán. Nunca se me presentó la oportunidad y si ocurrió así entonces no la tomé. Sin embargo, en los últimos tiempos he transitado en muchas ocasiones por la autopista que conecta a las ciudades de México y Guadalajara, la cual, inevitablemente, cruza por el estado de Michoacán.

Dicho tránsito me ha devuelto en muchas ocasiones al recuerdo de ese viaje de 48 horas que realicé a Paracho, a ese pueblo yacente al pie de una cadena montañosa, en donde los artesanos fabrican guitarras y laúdes.

A la par del asombro que experimento cada vez que mis ojos tropiezan con montañas, laderas, lagos, planicies y pueblos, también siento miedo. Un miedo simple, quizá hasta inocuo, pero no por ello carente de fundamentos. pues desde hace algunos años Michoacán se pudre como un enfermo terminal de cáncer.

Un grupo de narcotraficantes tiene asolado a todo el estado y lo mismo extorsiona a la gente, sitia pueblos, pelea con cárteles rivales y asesina sin distinción a gente inocente o criminales como ellos.

Parapetados en sofismas religiosos cuya reiteración los emparenta con las sectas más extravagantes, en las últimas semanas han emboscado a patrullas de la policía federal y han anotado unas cuantas víctimas más en el haber de su horror, sin dejar de lado que hace poco acometieron a balazos a un grupo de personas que se manifestaban contra ellos en la plaza de un pueblo.

Pero no son sólo ellos. Michoacán también es un gobernador que tiene meses muriéndose, que se cree eterno, pero no tiene agallas para renunciar. Es también la apatía del gobierno federal, la ignorancia de sus habitantes, las pretensiones absurdas de estudiantes y maestros, la corrupción que permea a políticos y autoridades, la miseria en la que durante décadas han vivido miles de campesinos.

Y todo el mundo lo sabe: Michoacán se está yendo al carajo… y debería irse al carajo porque el flujo de mierda que lo inunda no se detiene, sino se vuelve más caudaloso cada día que pasa.

Pero cuando pienso esto, cuando me digo que ese estado y su gente no tienen remedio, vuelvo a un día de hace muchos años, un día extraño en el que recorrí en tan sólo tres horas un pueblo entero. Y mientras en mi imaginación camino nuevamente por esas calles –a veces de cemento, a veces de piedra–, recuerdo las guitarras, sus sonidos, la música que de a poco surgía de ellas.

Y me digo en silencio, con las manos vueltas rocas de furia y un amargo en la garganta que casi me envenena, que no debo olvidar nunca ese día, ese viaje, ese pueblo, ni los sonidos que ahí escuché.

Los sonidos simples e inocentes de Paracho, Michoacán.

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