Etgar Keret: mi hermano judío

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: ANNA KAIM / POLISH PLAYBOY

No puedo guiar a mis lectores a ninguna parte porque no conozco el camino.

La frase no es mía, pero no la entrecomillaré porque pretendo hacerla mía. Y lo siento mucho, Etgar, hermano mío, pero voy a robártela.

Es un día común. Pero extraño. Común porque estoy fuera de la oficina, fumando un cigarrillo, en el mismo sitio en el que suelo fumar cigarrillos: una jardinera del edificio contiguo al que alberga la editorial en la que trabajo. Un guardia de seguridad pasea por ahí pero me ignora mientras piensa: “El mismo tipo de siempre que fuma cigarrillos sentado en el borde de la jardinera”.

Me gusta sentarme ahí tan sólo para ver pasar la vida mientras el humo de mis cigarrillos se marcha tras de ella. Me gusta ser ignorado por el guardia de seguridad mientras yo también lo ignoro a él. Y me gusta, sobre todas las cosas, descubrir los accidentes del entorno, lo improbable –aunque posible– que ocurre y no ocurre sobre esa acera de un barrio de clase alta en la Ciudad de México.

Suena mi teléfono móvil y es Adriana, mi amiga, una mujer tan aterrenalmente hermosa que aún me cuesta creer que sólo puedo verla como mi hermana. Ella me cuenta una historia desordenada acerca de su trabajo, una historia que no comprendo del todo. La escucho, pero estoy pensando en la frase que le robaré a Etgar. Es decir, la ignoro del mismo modo en que el guardia de seguridad y yo nos ignoramos todos los días: “Sé que estás ahí, y me alegro, pero no me importa mucho”.

Eso es extraño. Tan extraño como el tipo que en ese momento cruza delante de mí, en medio del monólogo caótico de Adriana, mis pensamientos sobre Etgar y la sombra del guardia de seguridad que me impide ver la luz del sol. Lleva puesto un traje café vulgar, una corbata en cuyo color no reparo, la vista puesta en su teléfono móvil, y los cordones de ambos zapatos desanudados.

“Adriana”, pienso. “Está pasando frente a mí un tipo con los cordones de los zapatos desanudados… ¿crees que debería advertirle del peligro que eso representa? Se llama Etgar Keret, Adriana, es un escritor israelí que se parece mucho a mí: ambos escribimos historias cortas, góticas, hipercíclicas, no lineales, y a pesar de nuestro proverbial pesimismo, adoramos las historias con finales felices. Pero yo no voy por ahí caminando, con la mirada puesta en la pantalla del iPhone, y mucho menos con los cordones de los zapatos desanudados. ¡Etgar va a pisárselos, Adria, y se va a dar de bruces contra el asfalto”. Pero ya lo he dicho: sólo lo pienso.

Mientras pienso lo que pienso pero no se lo digo a Adriana, el recuerdo de un amigo que odia los cigarrillos se sienta al lado mío: en el borde mismo de la jardinera donde, todos los días, suelo fumar cigarrillos mientras miro pasar la vida. Él se llama Temoris Grecko y es reportero, igual que yo, y el día de ayer ingresó a la franja de Gaza, en Oriente Medio, para reportar acerca del conflicto bélico entre Israel y Hamas.

Temoris se parece mucho a Etgar: suele caminar por ahí –y por ahí es todo el mundo– con los cordones de los zapatos desanudados mientras mira la pantalla de su iPhone. Un par de veces, quizá más, se ha dado de bruces en el asfalto y se ha roto la nariz.

En tanto yo no camino con los cordones de los zapatos desanudados mientras miro mi iPhone, no me he roto la nariz jamás –como Temoris–, ni tampoco me he puesto en riesgo innecesario –como Etgar–: par de locos idiotas a los que habría que abofetear más de dos veces. Pero mientras escucho el discurso desordenado de Adriana, mientras el recuerdo de Temoris se sienta a mi lado a pesar del humo de mi cigarrillo y mientras un hombre que no es Etgar Keret –pero yo creo que es Etgar Keret– pasa delante mío mirando su teléfono móvil mientras lleva los cordones de los zapatos desanudados, me digo que yo, como ellos, tengo una opinión… aunque no sea tan poética como caminar por la vida con los zapatos desanudados.

Es inmoral y aberrante que Hamas utilice a la población civil como escudos humanos; y es inmoral y aberrante que el gobierno de Israel –y la parte de la sociedad civil que le apoya– asesine inocentes argumentando defenderse.

Etgar Keret, mi hermano judío, nació en Israel y es hijo de una pareja que sobrevivió al Holocausto. Decir Holocausto es nombrar el asesinato de seis millones de personas cuyo único pecado fue creer en un Dios, en una cultura, en una idea. ¿Cómo se sobrevive a eso?

No tengo la menor idea porque no creo en Dios. Fui educado en una familia de tradición católica y leí casi por completo el Antiguo y el Nuevo Testamento. Reunidos ambos, le llaman La Biblia. En tanto libro de ficción, es un libro hermoso. En tanto libro de no ficción es una mierda. ¿Qué coños estaba haciendo Jesucristo cuando masacraron a seis millones de personas? ¿Qué coños estaba pensando Yavheh –el mismo que envió a un ángel a detener la mano de Abraham que pretendía inmolar a Isaac para complacerlo– cuando permitió que los Nazis asesinaran a seis millones de personas?

Si algo prueba el Holocausto, amén de la paradoja de que los seres humanos son la especie más absurda de todos los seres vivos que existen sobre la Tierra, es que Dios no existe.

Etgar Keret, mi hermano judío, en una entrevista concedida a la revista mexicana Nexos, comentó lo siguiente: “Creo que se puede creer que hay un dios y se puede no creerlo y vivir en paz. Mi hijo de ocho años, que es muy abierto ante esto, cuando le preguntan si él y su familia creen que dios existe, contesta: ‘Mi tía cree que hay un dios; mi madre no cree que haya un dios; y mi padre y yo aún no lo hemos decidido’”.

A Etgar Keret, mi hermano judío, lo han puesto en la picota por disentir y no apoyar la política de ese malnacido hijo de puta llamado Benjamin Netanyahu. Y me remito a su extraordinario editorial publicado por la revista The New Yorker en días recientes (http://www.newyorker.com/books/page-turner/israels-other-war).

Escribo esto con un whisky en mano. Adriana, mi amiga, me cuenta de las injusticias de ser mexicano. El recuerdo de Temoris, mi amigo, se sienta a mi lado para pedirme de algún modo extraño que ore por él. Mi hermano, Etgar Keret, un judío nacido en Israel y al que, excepto por su literatura, no conozco de nada, camina delante mío con los zapatos desanudados mientras mira su iPhone.

“No puedo guiar a mis lectores a ninguna parte porque no conozco el camino”, le escucho decir.

Etgar, amigo, hermano: te robé tu frase, pero que sepas que yo te sigo, judío adorable, hasta el fin del mundo…

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