Emma y el Unicornio

Por ANDRÉS TAPIA

Conocí a Emma hace tiempo, no puedo recordar con precisión cuánto. Tendría… cuántos… ¿cuatro, cinco?… y desde entonces el cabello largo y un destello cósmico en los ojos que por alguna razón esquiva y sorprendente, cuando pienso en ella, me devuelve la imagen insólita de la Puerta de Tannhäuser.

Fue una tarde, eso sí lo recuerdo, y tuvo que haber sido una tarde postrera de verano o de invierno: el sol caía sin quemar, calentaba sin entibiar, y algunas ráfagas de viento desprendían unas pocas hojas de los árboles.

Un vendedor de globos transitaba por ahí –y retengo esa imagen como si fuese la visión de un animal mitológico–, Emma y yo caminábamos de la mano por una calle silenciosa y por lo tanto improbable de la Ciudad de México. Le pregunté entonces si quería un globo. Respondió que sí.

Emma escogió un unicornio. Y lo llamó Arcoiris. Yo todavía no estaba enamorado de ella –pero faltaba poco–, y supongo que ella tampoco de mí.

Pero ese día, el posterior, o quizá el verano o el invierno siguiente, Emma y yo nos enamoramos de una manera que todavía la literatura no puede imaginar.

Mi siguiente cita con ella tuvo lugar un año más tarde. Emma y yo nos perdimos en una calle bulliciosa del barrio de La Condesa. En un puesto callejero situado a las afueras de una cantina y que olía a incienso y marihuana, le compré una pulsera hecha de hilos.

Emma entonces no hablaba mucho, apenas respondía a mis preguntas. Y tampoco sonreía demasiado. Al menos no a mí.

No hay un misterio en eso, y aunque no tengo la certeza, creo que puedo decir que Emma hacía gala de ese desdén que practican las mujeres cuando verdaderamente se han enamorado de un hombre. Es decir: una sonrisa es suficiente cada verano o invierno.

La siguiente ocasión que la vi, le compré un dije. Cuando se lo dí, Emma sonrió y su sonrisa apenas se desplegó a media vela, como si temiera encallar en los arrecifes de la estupidez que existen en el amor… concediendo que exista el amor.

Luego pasó un verano, o un invierno. Y no vi a Emma esta vez.

La madre de Emma se llama Andrea. La conocí hace 26 años en la universidad. Era, es, una mujer muy inteligente y muy bella. Ensimismada y neurótica. Brillante y apacible. Un huracán encerrado en una botella. Una ráfaga de viento condenada a vagar en el desierto.

Fue ella quien me presentó a Emma. Fue ella quien me permitió pasear con Emma y tomarla de la mano. Y también su padre, Christophe, un francés que gustaba de conducir motos. Y que por ello y otras cosas enamoró a Andrea.

Aquel verano (o invierno) en que no vi a Emma, Andrea me escribió: “Emma es la cosa más hermosa del mundo (cada día más: es inteligente, divertida y curiosa, una eterna aprendiz), pero es también la cosa más desordenada del planeta. Su ropa y zapatos siempre son un relajo. ¡Y todo pierde! Lo único que siempre sabe donde está es el dije que le regalaste. Y siempre que tiene alguna “fiesta importante” (la fiesta de 8 años de alguno de sus amigos, por ejemplo, o alguna cena o concierto), se pone guapísima y luego realiza el ritual de sacar tu regalo y ponérselo. Hace tiempo que quería contártelo (…)”.

Unas semanas antes de que Emma cumpliese 8 años, la vi. Y quise hacerle un regalo especial en ocasión de su cumpleaños. Mi primer pensamiento fue regalarle una colección única de diez princesas de cuento. Pero no duró mucho: “¿De qué le sirven a una princesa diez princesas?”, me dije.

Hago un parentesis ahora para volver a mi infancia…

Cuando era niño, un gato callejero se escondió en el chasis de un Volkswagen que estaba estacionado fuera de mi casa. Lo vi hacerlo, lo escuché maullar, lo vi trepar sobre una de las llantas. Y jugué un poco con él. Repentinamente, el dueño del Volkswagen llegó y subió a su auto. El gato estaba montado sobre una de las ruedas… Yo no hice nada ni dije nada. El conductor arrancó el auto… y el gato murió aplastado.

Empecé a llorar. Golpee la puerta de mi casa y mi madre abrió alarmada. Tan sólo pude musitar: “El gato… mataron al gato”.

Cuando muchos años más tarde vi la película El silencio de los inocentes, recordé aquel episodio de mi niñez: “Well, Clarice – have the lambs stopped screaming?”. Cómo demonios acallar el maullido de muerte de un gato al que yo pude salvar. Y lloré de nuevo. Y aún hoy, cuando lo recuerdo, lloro otra vez.

El regalo que le hice a Emma en ocasión de su cumpleaños número 8, fue un donativo a la World Wildlife Fund (WWF): mi dinero sería destinado a un fideicomiso cuya finalidad es la de proteger a los tigres, una especie en peligro de extinción. A cambio, le enviarían a Emma tres tigres de peluche y un certificado en el cual le agradecían por hacerse cargo de “una familia” de felinos.

El certificado llegó primero, justo la víspera de la Navidad de 2012. Emma escribió: “Querido Andrés: Tu regalo me dejó sin palabras. No sé cómo agradecerte, muchísimas gracias. Fue el regalo de cumpleaños más hermoso de mi vida. No te preocupes me ocuparé muy bien de esa familia. Te quiero desde el fondo de mi alma.

Enormes besos

Emma”.

Un par de semanas más tarde, a un lugar situado en la ciudad de Cognac, en Francia, arribaron tres tigres de peluche.

El viernes pasado me reecontré con Emma. Apenas verla, se arrojó a mis brazos con la devoción de los amantes eternos. Y su sonrisa eran todas las velas desplegadas de un galeón pirata en mar abierto. Me llevó a su habitación y sobre su cama descubrí los tres tigres. Andrea me cuenta que siempre, siempre, lleva a uno de ellos consigo.

Tengo 46 años. El próximo 9 de noviembre Emma cumplirá 10. Entiendo perfectamente que a muchos les parecerá extraña mi historia de amor con ella. Pero así es.

Y hoy más que nunca, en este país de mierda en el que nací, en el que cada día los políticos se contradicen, los muertos emergen de fosas clandestinas, la gente desaparece y no vuelve jamás, los idiotas justifican a los idiotas, a la policía y al crimen organizado –siempre con la anuencia y conveniencia de la izquierda, la derecha y los revolucionarios institucionales que hoy van de “progres” y sospechosamente defienden a un tipo que no sabe leer–, yo vuelvo al día en que conocí a Emma.

“¿Cómo llamarás al Unicornio?”, pregunté.

“Arcoiris”.

“¿Por qué?”.

“Porque al final del arcoiris están todas las respuestas”.

“¿Y si sólo hay silencio, Emma?

“Entonces los colores gritarán”.

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