La cobardía de México (o el día que atraparon a Timothy McVeigh)

Por ANDRÉS TAPIA

El 19 de abril de 1995, en punto de las 9:00 horas, Timothy McVeigh abandonó un camión de reparto frente al edificio federal Alfred P. Murrah en la ciudad de Oklahoma, y se dirigió hacia donde estaba estacionado un Mercury Marquis amarillo modelo 1977. Dos minutos más tarde, una mezcla de 2,300 kilos de nitrato de amonio y nitrometano se fusionaron para hacer explosión.

Murieron 168 personas, 19 de ellas niños, en lo que es considerado el peor ataque terrorista doméstico que ha tenido lugar en los Estados Unidos.

McVeigh abandonó el sitio en el Mercury Marquis y se dirigió a la autopista interestatal I-35. Cuando alcanzó el condado de Noble, muy cerca de la ciudad de Perry, el agente Charles J. Hanger de la Oklahoma Highway Patrol, observó que al auto que al que había pasado y que conducía McVeigh, le hacía falta una placa. Así pues, lo detuvo. Cuando lo hizo descender, Hanger notó que debajo de la chaqueta de McVeigh sobresalía un bulto. Lo interrogó al respecto y éste le dijo que llevaba un arma. Entonces lo arrestó.

En la ciudad de Oklahoma, y en todos los Estados Unidos, todo era terror y confusión. La policía y los medios de comunicación apuntaron como siempre hacia Medio Oriente. Pero Clinton van Zandt, agente especial de la Unidad de Ciencias del Comportamiento de Quantico del FBI, disintió de esta versión. Van Zandt había dirigido las negociaciones del FBI durante el Asedio de Waco (en el que murieron 76 personas que integraban la secta de los Davidianos que dirigía David Goresh) y por ello percibió de inmediato que la coincidencia en fechas del asalto a Waco y el atentado de Oklahoma no era fortuita.

“Hablamos de un hombre blanco, que actúa solo, o con otra persona. Tiene veintitantos años, experiencia militar y es miembro marginal de alguna milicia. Está furioso por lo que ocurrió en Ruby Ridge y en Waco.”

El perfil de Van Zandt era milímétricamente exacto. Pero, no por ello, el hombre que Charles J. Hanger había detenido se ajustaba a él.

Entre los fierros retorcidos del camión que McVeigh había colocado frente al edificio Alfred P. Murrah, el FBI halló el eje trasero y en él el registro del Vehicle Identification Number. A partir de tal hallazgo, descubrieron que se trataba de un camión Ryder que había sido rentado en Junction City, Kansas.

El FBI interrogó a los empleados de la agencia que rentó el vehículo, y con la ayuda de un dibujante realizaron un retrato hablado de la persona que había rentado el camión y que utilizó el álias de Robert Kling. Apenas estuvo listo, el FBI ordenó hacer circular el retrato en la zona.

El dibujo fue presentado a Lea McGown, gerente del Dreamland Motel, y reconoció en él a un individuo que se hospedó en la habitación número 25, la noche del 13/14 de abril de 1995. En sus registros figuraba el nombre de Tim McVeigh.

Se hizo entonces una llamada telefónica a la División de Servicios de Información del Departamento de Justicia Criminal en West Virginia, para conocer el historial y los antecedentes de Tim McVeigh. Mientras un empleado recitaba que el sospechoso había formado parte del ejército, participado en la Guerra del Golfo y ejercido como guardia de seguridad, cayeron en la que cuenta que McVeigh estaba detenido en ese momento por una infracción de tránsito y portación ilegal de arma.

Aunque por otras razones, McVeigh fue detenido 90 minutos después de la masacre de Oklahoma. Y sólo pasaron tres días antes de que el FBI identificase al perpetrador del atentado terrorista. Eso sin contar, por supuesto, que pocas horas después de la explosión en el edificio Alfred P. Murrah, Clinton van Zandt ya había elaborado un perfil mínimo pero exacto del criminal.

La noche del 26 de septiembre pasado, en la ciudad de Iguala, en el estado mexicano de Guerrero, seis estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa fueron asesinados en un enfrentamiento con polícías de la localidad, y 43 más desaparecieron, acaso secuestrados por la misma policía o por el crimen organizado, y seguramente asesinados por unos, otros o ambos.

De entonces al día de hoy han transcurrido 26 días. Y de lo único que se tiene certeza es que no existe certeza de nada.

El alcalde de Iguala, su esposa y el jefe de la policía algo tienen que ver, pues se fugaron a las pocas horas de acontecidos los hechos. Algunos policías, o todos los policías, también tienen responsabilidad en el asunto, pero todavía no se sabe cuánta. Y seguramente el crimen organizado también está inmiscuido, pero qué tanto… pues no hay manera de determinarlo.

El gobernador del estado se niega a renunciar, el partido que lo llevó a la gubernatura pide perdón, se lava las manos, se contradice, lo cobija de nuevo y al final no dice nada. El presidente del país, Enrique Peña Nieto, no sabe cómo reaccionar, ni qué decir, y lo que parece es que dentro del libreto que le escribieron no estaba contemplada una eventualidad como ésta. Y ya se sabe que Enrique Peña Nieto es un pésimo histrión: cuando llega el momento de improvisar, la lengua se le paraliza y excepto nada no dice nada.

No hay retratos hablados de los asesinos, tan sólo vaguedades: fueron policías, fueron los narcotraficantes, fue el alcalde, fue su esposa, fueron todos, los sarracenos incluidos (y quizá James Bond, Harry Potter, Hermione y los X-Men).

Si como parece el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, es responsable de la muerte de seis personas y de la desaparición (y seguramente masacre) de 43 más, ¿por qué no se ha detectado el uso de una tarjeta de débito, de crédito, una llamada a través de una línea fija o celular para detenerlo?. Vamos, ¿cómo un representante legal le tramita el recurso absurdo, moralmente improcedente y “mexicano” del amparo (ni siquiera tenemos suficiente cultura para nombrarlo en latín: habeas corpus), sin que en ese momento el abogado del sospechoso sea detenido e interrogado?

Cuando fue arrestado por Charles J., Hanger, Timothy McVeigh llevaba puesta una camiseta con una fotografía al frente de Abraham Lincoln y una leyenda en latín que rezaba: Sic semper tyrannis (así siempre con los tiranos), que fueron las palabras que pronunció John Wilkes Booth tras asesinar al presidente Lincoln. En la parte de la espalda, había una imagen de un árbol con tres gotas de sangre y debajo de él una frase de Thomas Jefferson: “El árbol de la libertad debe ser regado, de cuando en cuando, con la sangre de los patriotas y los tiranos”.

¿Qué nos dice esto? Que Timothy McVeigh quería ostentarse como el perpetrador de la masacre de Oklahoma y llegado el momento ser detenido y condenado a la pena de muerte por ello. Eróstrata miserable, por lo menos fue consecuente con sus estúpidas y abyectas ideas.

Los asesinos de los 43 estudiantes desaparecidos (yo no tengo ninguna duda: están muertos), miserables mexicanos de mierda, ni siquiera amparados en la impunidad que ha gobernado este país desde tiempos inmemoriales y les protege, son capaces de dar la cara y decir: “Yo lo hice”.

En inglés, la palabra para cobardía es cowardice. El diccionario Merriam-Webster ofrece dos acepciones: 1) miedo que te vuelve incapaz de hacer lo correcto o lo que se espera; 2) falta de coraje. Y ofrece un ejemplo: “La cobardía mostrada por los dirigentes políticos que estuvieron dispuestos a darle a los Nazis todo lo que querían”. La definición de la RAE es mucho más simple y escueta: “Falta de ánimo y valor”.

Creo que puedo enriquecer las definiciones de ambas lenguas: Cowardice / Cobardía: Miedo que vuelve a los mexicanos (habitantes del país llamado México) incapaces de hacer lo correcto o lo que se espera de una persona decente. Pero son tan faltos de ánimo y valor, tan pusilánimes, que llegado el siglo XXI excepto que sigan siendo cobardes, no se espera nada más de ellos.

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