El naufragio de diciembre (y la comida feliz)

Por ANDRÉS TAPIA

En los Estados Unidos, cuando un periodista consigue meter un pie y evitar que cierre la puerta del Salón Oval de la Casa Blanca, el vocero de la misma tiene que maniobrar para evitar algún tipo de daño público a la institución presidencial o al presidente mismo.

Sus maniobras –en rigor un control de daños establecido para situaciones de emergencia– pueden ir, por ejemplo, desde conceder la primera y dos preguntas más en una conferencia de prensa del Presidente de los Estados Unidos, hasta una entrevista exclusiva corta (15 minutos) o larga (de 30 a 45 minutos) con el inquilino de la Casa Blanca; todo ello, por supuesto, en función de la información en posesión del reportero y del impacto negativo que pueda causar la publicación del mismo.

Este tipo de deferencias, empero, son empleadas mayormente por la Casa Blanca para paliar el daño a la figura del presidente o tan sólo para ganar tiempo. Pero nada más. La tercera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, prohibe al Congreso emitir ley alguna que abrevie, resuma, sintetice o compendie la libertad de expresión y de prensa. En consecuencia, ni el Congreso, ni la Casa Blanca, ni el Presidente de los Estados Unidos pueden impedir que un periodista o un medio, debidamente acreditados, publiquen una historia.

Una versión nunca confirmada pero tampoco desmentida, asegura que en plena Crisis de los Misiles, John F. Kennedy, en persona, llamó al editor de un connotado diario para pedirle que retrasara, por 24 horas, la publicación de una nota que podría haber desencadenado una conflagración nuclear. Ante la casi súplica de Kennedy, el editor habría asentido a la petición del presidente.

Ahora bien, que un periodista meta el pie en la puerta del Salón Oval de la Casa Blanca, es algo que ha pasado muy pocas veces en la historia. Pero cuando ha ocurrido (la mayor de las veces obedeciendo a intereses aviesos de opositores políticos), el presidente sólo tiene dos opciones: mentir, o bajar la cabeza y conceder (el affaire de Bill Clinton y Monica Lewinsky es quizá el caso más arquetípico de ambas circunstancias).

En México las cosas no son tan idílicas.

Hace unos días, en la residencia oficial de Los Pinos, en la Ciudad de México, un grupo de periodistas asistió una comida con Enrique Peña Nieto. Quizá era un festejo decembrino, guadalupano (se celebró el 12 de diciembre, fecha que en México se celebra a Santa María de Guadalupe) o una manera de paliar la crisis que enfrenta desde hace semanas el presidente de México.

En cualquier caso no se trató de un encuentro promovido por la temeridad, osadía o rebeldía de alguno de los periodistas presentes, sino de un acto de relaciones públicas cuya finalidad era la de reparar la imagen de un presidente que, desde que era candidato, poseía las cualidades del oropel: deslumbrar con el brillo el oro… aunque careciente de su valor.

Poco se ha hecho público de dicha reunión, acaso porque se trató de un evento privado en el que las declaraciones fueron hechas off the record en un ambiente festivo de camaradería, viandas, vinos y algún tequila.

Así como el presidente de la República a veces se equivoca (Enrique Peña Nieto dixit), también el presidente de la República ejerce su derecho de invocar a quien le plazca para compartir el pan y la sal… incluso si los convidados son periodistas. Y si son afines, comunes, poco hostiles, empáticos y le profesan cierta admiración, mucho mejor.

Cuando enfrenta a la prensa, Enrique Peña Nieto se siente mejor si enfrenta a un grupo. Y los periodistas que conforman ese grupo (usualmente los mismos), pareciera se sienten mejor de hacerlo así que individualmente, de otro modo no se explica que existan tan pocas entrevistas “uno a uno” con el presidente de México desde que es el presidente de México, especialmente si muchos de los periodistas a los que se las concedería son afines, comunes, poco hostiles, empáticos e incluso le profesan cierta admiración.

Pero tampoco es un misterio: cuando la responsabilidad se comparte con sospechosa generosidad, eludir la culpa o la cobardía es mucho más sencillo.

Un periodista que estuvo presente en tal comida, en dos columnas recientes, ha publicado algunas declaraciones que se dieron ahí. Lo que escribió que dijo Enrique Peña Nieto a mí no me importa ni tiene relevancia. Lo que dice él, ahora matizando –si bien sesgando como lo ha hecho en los últimos dos años–, sí. Tal colega era otrora algo así como el hermano mayor de muchos periodistas: nos encaminaba, aconsejaba, nos mostraba el camino y nos pedía no claudicar. Cuando Enrique Peña Nieto fue elegido presidente, el que claudicó fue él.

No lo digo porque se decantase por algo, por alguien, por una idea, un proyecto, un conato de esperanza (¿quién no tiene derecho a ello?). Lo digo porque ese conato de esperanza (y no me cansaré de repetirlo, especialmente por aquellos que como perros falderos defienden a Enrique Peña Nieto como si fuese el Mesías), siendo aún candidato demostró que no estaba capacitado para el puesto: no leía, no recordaba, no hablaba inglés (o bien lo hablaba como lo hablan los vendedores de artesanías de Teotihuacán, aunque esto no es exacto: tales vendedores lo hablan mejor).

Por ese hombre tan limitado, incapaz de citar de memoria tres libros y tres autores que hubiese leído (concediendo sin conceder que lo haya hecho), tal colega, tal periodista, uno de los pocos que en un tiempo consideré podía haber metido el pie en las puertas de Los Pinos, se decantó.

Acaba el año 2014. El mercado mundial del petróleo hace retroceder a menos de 50 dólares el precio de la llamada mezcla mexicana. El dólar alcanza un precio superior a 15 pesos. La economía mexicana se sacude –por esas razones, por una reforma fiscal fallida y estúpida, por una crisis de asesinatos en masa, impunidad, corrupción, ingobernabilidad, incapacidad– como un bote de remos en plena tormenta.

No es un secreto que hace tiempo ese bote de remos hace agua y se hunde (aunque aun hoy hay quienes quieren hacerlo parecer un secreto).

En un camarote del mismo, el presidente de México y un grupo de “periodistas” comparten el pan y la sal.

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