El Rey Den mató a la estrella de radio (y a The Buggles y Queen también)

Por ANDRÉS TAPIA

¿Qué tienen en común una etiqueta labrada en marfil de hipopótamo hallada en la tumba del Rey Den de Egipto (que murió alrededor del año 2985 a.C.), la canción “Video Killed The Radio Star” de la banda británica de new wave The Buggles y la organización terrorista Estado Islámico? Casi podría decirse que lo mismo que la máscara mortuoria de James Joyce, los tacones cubanos y un matrimonio que sí funciona. Nada, aparentemente… pero quizá sí.

El 1 de agosto de 1981 fue una fecha histórica que hoy nadie recuerda. Ese día, el canal de videoclips MTV inició operaciones asegurando en voz de sus presentadores que a partir de ese día el mundo no volvería a “ver” a la música de la misma manera.

Premeditada, ominosa y proféticamente, eligieron una canción escrita en 1978 por Trevor Horn, Geoff Downes y Bruce Woolley, que fue un éxito en Canadá el año siguiente, pero no logró trascender internacionalmente. Sin embargo, tiempo después, bajo el nombre de The Buggles, Horn y Downes harían una nueva versión de la melodía y la convertirían en un éxito mundial, a la vez que en el primer videoclip que fue proyectado al aire por MTV: “Video Killed The Radio Star”.

Pero el video no mató de manera literal a la estrella de radio, simplemente, en términos de mercadotecnia, le dio más proyección. Producir en video, ex profeso, pequeñas historias gestadas a partir de canciones, cambió a la industria de la música, pero también auguró, si bien en ese momento nadie lo sabía, el advenimiento de una era en la que los videos serían literalmente usados para matar.

“Conocí a tus hijos / ¿Qué les dijiste? / El video mató a la estrella del radio / El video mató a la estrella del radio / Las imágenes llegan y destrozan tu corazón”, rezaba el estribillo de la canción de The Buggles interpretada alternativamente por la vocalista Tina Charles y Trevor Horn, mientras el mundo entero se descomponía en una danza frenética, tribal e hipnótica.

El video de The Buggles no fue en rigor el primero de la historia, pero sí la piedra filosofal de un nuevo discurso que se cebaba en la muerte del vanguardismo y en el incipiente imperio del postmodernismo, así fuese a partir de un concepto terriblemente populista.

La narrativa de una canción, una composición en verso a la que se añade música, prefigura imágenes caprichosas, arbitrarias y únicas a partir de la conciencia e imaginación de cada individuo. En el inconsciente colectivo de la humanidad en la década de 1970, tales imágenes estructuraban historias simples, ingenuas y comunes. El videoclip fungió entonces como un catalizador de las emociones y las amalgamó en un solo y tiránico argumento.

Fue así como, a partir de la imaginación (o la ausencia de ella) de unos cuantos, una narrativa oral devino visual y el mundo, entonces, cruzó un umbral detrás del cual una puerta se cerró.

El advenimiento de la Internet como fenómeno global, hizo colapsar a la industria de la música a finales del siglo pasado. Las ventas cayeron, algunas discográficas quebraron o se fusionaron, para sobrevivir, con otras. Y aunque al día de hoy se siguen produciendo y vendiendo discos, ya sea en formatos tradicionales o digital, la industria de la música es tan sólo una pálida sombra de lo que fue en los últimos 20 años del Siglo XX.

Muerta la estrella de la radio, sería previsible que la estrella del video también tuviese que morir. Y, sin embargo, no ha sido así.

El 14 de febrero de 2005, hace justamente diez años, la iniciativa de tres ex empleados de la compañía PayPal, puso al aire el canal de videos en Internet conocido como YouTube. Steve Chen, Chad Hurley y Jawed Karim, imaginaron un lugar en el que la gente pudiera exhibir y compartir videos. Tales videos, pudiendo ser musicales o no, contar una historia o no, en ese momento provenían mayormente de cámaras portátiles creadas especialmente para tal efecto.

Paralelamente al nacimiento de YouTube, los fabricantes de teléfonos móviles estaban gestando una revolución. Los teléfonos ya no sólo eran teléfonos, también cámaras fotógraficas. ¿Podrían también grabar video? El mes de septiembre del año 2006, la firma finlandesa Nokia ofreció la respuesta al presentar el Nokia N95, un teléfono móvil que grababa video a razón de 30 cuadros por segundo.

Llegado a este punto, tenemos que dar un brutal salto hacia atrás de más o menos 5,000 años. Estamos en Egipto y el Rey Den, uno de los primeros faraones, muere. De acuerdo a las tradiciones de esa civilización, es embalsamado y sepultado con aquellos objetos que le aseguren un tránsito seguro en el mundo de los muertos y que, al mismo tiempo, le garanticen el linaje del que gozó en vida.

Así pues, uno de los objetos que porta la momia del Rey Den es una suerte de etiqueta atada a sus sandalias, de cinco centímetros por lado, que parece una tarjeta de presentación, si bien ha sido elaborada y tallada en el marfil de un colmillo de hipopótamo. En una de sus dos caras, aparece el Rey Den –con un tocado real, una maza en la mano derecha y un látigo en la izquierda– golpeando a un hombre que aparece hincado delante suyo. Y entre uno y otro hay una serie de jeroglíficos que rezan: “Ellos dejarán de existir”.

El Rey Den, en su tiempo, enfrentó un Egipto dividido, de muchas tribus, al que tuvo que someter al orden para unificarlo. Y lo hizo del modo más primitivo que conocemos los hombres: con mano dura y violencia. Eso no debe asombrarnos. Sin embargo, el grabado en la etiqueta de las sandalias del Rey Den sí debe hacerlo: “El ‘otro’ va a ser eliminado”, cuenta Neil McGregor, director del British Museum, en el extraordinario libro La historia del mundo en 100 objetos. “Todos los trucos de la propaganda política más salvaje están ya aquí: el gobernante tranquilo y victorioso, enfrentado al enemigo extraño, derrotado, deforme”.

La etiqueta de la sandalia del Rey Den, que forma parte del acervo del British Museum, es, probablemente, la escaleta del primer videoclip de la historia. Y si no lo es, por lo menos, como el video de The Buggles, marca el inicio de una nueva narrativa, una no oral, en la que las imágenes van a determinar el curso de la historia.

Llevamos semanas, meses, asistiendo, de manera involuntaria, a las ejecuciones perpetradas por el grupo terrorista Estado Islámico. Decapitaciones, la mayor de las veces, y la última, el asesinato de un piloto de origen jordano quemado vivo. Imágenes que dan la vuelta al mundo, que narran una historia, y apuntalan las palabras que el arqueólogo Toby Wilkinson, dijo a Neil McGregor a propósito de la etiqueta de las sandalias del Rey Den: “Creo que comprendieron (el rey y sus consejeros), como han comprendido los líderes mundiales a lo largo de toda la historia, que nada une con tanta eficacia a una nación y a un pueblo, como una guerra en el extranjero contra un enemigo común, tanto si dicho enemigo es real o inventado”.

El primer videoclip de la historia que ostenta efectos especiales es “Bohemian Rhapsody”, de la banda británica de rock Queen, y se filmó en 1975. No hay propiamente una historia visual, pero sí una lírica dramática, de acuerdo, por supuesto, a la tradición oral que permeaba en la década de 1970: un hombre joven condenado a muerte, cuenta que mató a un hombre y se lamenta y pide perdón a su madre por ello, al tiempo que le suplica interceda por él.

Los videos de las ejecuciones perpetradas por el Estado Islámico, ostentan metafóricamente los efectos especiales que exigiría un productor-dramaturgo versado en los vericuetos de la tragedia, es decir, las claves para narrar una historia breve pero memorable. Al mismo tiempo, se detienen superficialmente en los detalles de la vida de un hombre que está a punto de morir.

Hace 5,000 años el rey egipcio Den fue inmortalizado en una especie de etiqueta torturando a un enemigo. Hace una semana, el Estado Islámico asesinó al piloto jordano Maaz al Kasasbeh quemándolo vivo y produjo un video que todo el mundo miró.

Entre uno y otro hecho la humanidad escucha, observa, los videos “Bohemian Rhapsody” y “Video Killed The Radio Star”.

El primero narra la historia de un condenado a muerte que se pregunta si vive en la realidad o en una fantasía. En el segundo, además de anunciar la muerte de la música como la conocíamos, Trevor Horn, con sus lentes espaciales, su calvicie incipiente y ominosa, y su voz atónica y sinfónica, asegura: “Conocí a tus hijos / ¿Qué les dijiste? / El video mató a la estrella del radio / El video mató a la estrella del radio / Las imágenes llegan y destrozan tu corazón”.