Ozymandias (o la era del terror)

Por ANDRÉS TAPIA

Para Aníbal, él sabe porqué

Más de una vez me he planteado, en el más absoluto de los silencios, qué es lo que restaría de la humanidad –y cómo sería recordada– si, por ejemplo, el día de mañana un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios cayera sobre la Tierra y acabase con toda la vida en el planeta.

Como no habría ningún ser vivo para atestiguarlo –y ofrezco disculpas por las visiones apocalíticas de mi imaginación–, me da por pensar que en algún momento una raza de alienígenas llegaría a la Tierra, no para conquistarla, sino tan sólo para averiguar quienes vivían en ella, cómo vivían, qué pensaban, qué querían.

En tanto el escenario es improbable –que no imposible– hacerlo aun más improbable excepto ir en contra de mi cordura no lo descalifica ni lo convierte en una aberración. De modo que imagino a estos seres extraterrestres descendiendo en lo que fue el sur de la Ciudad de México, justo en la frontera con el estado de Morelos.

Un comandante, un capitán, un explorador, lo que sea, ordena recorrer a pie la zona en dirección norte, de modo que no pasa mucho tiempo antes de que se encuentren con las ruinas de una construcción colosal. Si alguien ha decidido cometer la temeridad de seguirme hasta aquí, habrá adivinado que esas ruinas son las del Estadio Azteca.

Los alienígenas no lo sabrán pronto, de hecho pasarán muchos años antes de que eso ocurra, pero cuando lo hagan sabrán que el meteorito que devastó ese planeta que desde el espacio se miraba azul, cayó en el Océano Atlántico. Por esa razón, la parte sur del Estadio Azteca se halla totalmente destruida si bien la parte norte (protegida del impacto por aquella) se halla razonablemente en buen estado.

Mientras contemplan lo que, en equivalencia, contemplamos nosotros cuando visitamos Roma y nos situamos en algún punto del Coliseo, uno de los exploradores descubre una placa de metal empotrada en lo que resta de una pared que ofrece una imagen y una inscripción en caracteres que a los extraterrestres les resultan extraordinarios pero inentendibles.

Debajo de tres círculos –el que se halla en el centro parece cumplir la función de unir a los que se ubican en los extremos, que a los ojos de los azorados vistantes lucen como si fueran ¿planetas?– están inscritos los siguientes caracteres:

México86

El Estadio Azteca rinde homenaje

a Diego Armando Maradona por su extraordinario

gol anotado en el partido Argentina-Inglaterra

con el cual pasaron a semifinales

22 de junio de 1986.

Se me ocurren varias preguntas, pero supongo que los alienígenas tienen muchas más. La primera que viene a mi cabeza y que ellos pueden formularse es la más simple y obvia: ¿Qué es esto, qué significa esto? Y excepto concebirlos palpando los caracteres resaltados en metal, no puedo imaginarlos haciendo otra cosa.

En su recorrido por todo lo que alguna vez fue la Tierra, los extraterrestres descubren muchas más cosas y objetos que recolectan y se llevan consigo, de vuelta, a su planeta: sea cual sea, llámese como se llame y esté situado en el punto del Universo –o del Multiverso– en que esté situado. Pero aquella primera placa que contemplaron –aquellos primeros símbolos, aquellos dos círculos que parecían planetas y estaban unidos por uno más que no lo parecía tanto– es lo que más les fascina y que más empeñados están en descifrar.

Un elegido, un líder, un rey, alguien que domina a una sociedad extraterrestre del futuro, ordena a sus científicos con un golpe de puño en algo que parece una mesa: ¡Descífrenlo, cueste lo que cueste!

Es en este momento en que yo vuelvo al presente, a la realidad, al planeta Tierra, al año 2015 d.C.

Estoy sentado en un sillón de piel negra y leo un libro extraordinario: La historia del Mundo en 100 objetos, de Neil McGregor, el director del British Museum. Acabo de dar vuelta a la página 170 en cuyo final leo un poema de Percy Bysshe Shelley:

“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:

¡Contemplad mis obras, vosotros los poderosos y desesperad!”

No queda nada más. En torno a la decadencia

de aquellos colosales restos, infinitas y desnudas,

las solitarias y llanas arenas se extienden hasta el horizonte.

Shelley escribió ese poema poco antes de la llegada de la estatua colosal de Ramses II a Inglaterra el año 1818. Se trata de un busto labrado en una sola piedra de granito bicolor de 7.25 toneladas de peso, que las tropas Napoléonicas hirieron el año 1798 tratando de llevarlo a Francia, y que alguien más fracturó en 1799. Sería un italiano, Giovanni Battista Belzoni, quien 17 años más tarde lograría arrancar el monumental busto de Ramses II del santuario mortuorio de Tebas, llevarlo a la orilla del Nilo, transportarlo a Alejandría, previo paso por El Cairo, y entregarlo finalmente en Londres al British Museum.

La estatua de Ramses II que hoy en día aún puede contemplarse en el British Museum, data de apróximadamente el año 1250 a.C., y fue mandada a edificar por el propio faraón no sólo para convencer el pueblo egipcio de su grandeza, sino también para implantar la imagen de un Egipto imperial en todo el mundo conocido en ese entonces.

En esa misma época, esos mismos años, el siglo XIII a.C., una pequeña ciudad llamada Calah situada cerca del Río Tigris, a unos 30 kilómetros de lo que hoy es Mosul, Irak, fue fundada por Shalmaneser I, rey de Asiria. Calah carecería de linaje e importancia hasta que, cuatro siglos más tarde, el rey Ashurnasirpal II decidió convertirla en ciudad imperial y en la capital militar de Asiria.

Con el paso del tiempo Calah mutaría su nombre a Nimrud. Pero hoy su nombre da igual, porque ya no existe más. Hace unos días, las milicias del grupo terrorista Estado Islámico la destruyeron con picos, palas, retroexcavadoras y dinamita. Algo así como 3,265 años de historia se fueron al infierno por culpa de unos fanáticos extremistas que secuestran, decapitan y asesinan a los hombres distintos a su culto. Y también a la memoria.

El capítulo 20 de La historia del Mundo en 100 objetos cuenta la historia de la estatua de Ramses II. Pero hoy, tristemente, a partir de la destrucción de la ciudad de Nimrud, también parece contar la decadencia de la civilización a la que Percy Bysshe Shelley se refirió, hace poco menos de dos siglos, en Ozymandias.

Me sirvo un whisky, enciendo un cigarrillo y, sin querer, repentinamente, cierro los ojos.

Tengo entonces un sueño.

Un súbdito del elegido, el líder, el rey de los alienígenas que llegaron a ese planeta azul destruido, descubre en otro sitio, un lugar localizado al sur de lo que alguna vez fue la Tierra, los caracteres “Diego Armando Maradona” a un lado de lo que identifica como un tetragrámaton y que contiene los siguientes símbolos: D10S. Entonces todo –piensa, cree, asegura– tiene sentido y solicita audiencia con él.

“Emperador, señor, rey de reyes –lo que sea–, he descubierto el significado de los símbolos de la placa que descubrimos hace 500 años. Diego Armando Maradona es el nombre de un Dios, el Dios del mundo que descubrimos. Ese Dios descendió de los cielos a ese planeta, a ese lugar que hallamos, en algún momento de algún tipo de celebración pagana. Y bendijo a todos y todos lo bendijeron. Hasta que otro Dios –cuyo nombre no puedo precisar ahora– se alzó en irá y destruyó su imperio y todo ese planeta que hoy sé se llamaba Tierra”.

Ozymandias alguna vez fue Ramses II. Ozymandias alguna vez fue Diego Armando Maradona. Ozymandias es hoy el Estado Islámico.

Ojalá, cuando termine la era del terror, quede alguna piedra –viva, inscrita, sanguinolenta o latente– que nos recuerde lo que fuimos cuando escribíamos en las piedras.

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