Por ANDRÉS TAPIA

Zoe Marie Barnes nació el 10 de junio de 1986 en la ciudad de Chicago, Illinois, y murió el 5 de noviembre de 2013 en la estación del metro Cathedral Heights de Washington D.C.; en el momento de su muerte tenía 27 años.

Tiempo antes había conseguido un trabajo como reportera en el diario Washington Herald, pero sus asignaciones siempre estaban consignadas después de la página 15 y en las partes más recónditas del impreso. Quizá porque su signo zodiacal era Géminis, Barnes era ambiciosa, inteligente, bella y medianamente naïve. Tal vez –y sólo tal vez–, por ello hizo todo lo posible por ascender en el periódico hasta que, debido a la futilidad que mostraba su editor por su trabajo, decidió renunciar y unirse al portal de noticias en línea Slugline.

Por ANDRÉS TAPIA

La cinematografía, en tanto invento, precede a la televisión y su origen se remonta a los últimos años del siglo XIX. A partir de una máquina llamada cinématographe patentada en 1895, los hermanos Louis y Auguste Lumière fueron capaces de filmar y proyectar imágenes en movimiento. La televisión, sin embargo, si bien en los hechos ofrecía cierta similitud con la cinematografía, difería de aquella en tanto estaba dotada de la capacidad de ofrecer la proyección de imágenes en tiempo real.

Tres décadas separan a la invención del cinematógrafo y el primer televisor comercial, cuya creación fue obra del ingeniero escocés John Logie Baird en 1925. Consecuentemente, el cine dispuso del privilegio de imaginar, crear y establecer una narrativa visual.

Los primeros televisores se comercializaron a finales de la década de 1920, pero representaron tan sólo el privilegio de unos cuántos y lo que proyectaban era prácticamente nada. Y si bien su auge se potenció durante las siguientes dos décadas, su oferta era mínima y circunscrita a ámbitos locales. El cine, en cambio, comenzaba a experimentar.

Por ANDRÉS TAPIA

Un verso de una canción de Joaquín Sabina reza lapidario: “Más vale que no tengamos que elegir entre el olvido y la memoria”. El cantautor andaluz planteó tal disyuntiva en 1994, año en que la telefonía móvil era sólo el privilegio de unos cuantos y la Internet un mito urbano con los modos de una profecía.

La advertencia de Sabina, formulada al amparo del romanticismo, nada tenía que ver con el mundo en el que hoy vivimos. Y, sin embargo, hoy describe el modus operandi de los seres humanos, quienes puestos a elegir decidimos que era preferible el olvido en tanto podíamos hacernos de una memoria alterna que no ocupase espacio en nuestros cerebros.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1991, en Holanda, se transmitió un programa de televisión llamado Nummer 28. Siete jóvenes que no se conocían entre sí, fueron alojados en una residencia de estudiantes y sus vidas observadas por espacio de varios meses. Parecía un experimento interesante, pero la audiencia no lo vio así y el programa fue cancelado luego de una temporada. El año siguiente MTV intentó algo similar, y también la BBC, pero el resultado fue el mismo.

Las cosas cambiarían algo menos de una década más tarde con la aparición de los programas Survivor y Big Brother. Por un tiempo pareció interesante observar a un grupo de extraños reunido en un sitio cercado, fuese éste una isla, una región o una residencia. Sin embargo, con el paso de los años, el modelo se agotó –si bien no por completo– y la vida de una decena de desconocidos que interactuaban y competían entre sí se volvió un asunto soso e idiota.