Mi segunda (y última) cita con David Bowie

Bowie's Thin White Duke persona, smoking a Gitanes cigarette, 1976.

Por ANDRÉS TAPIA

Tomé un tren en la estación Zoologischer Garten de Berlín. Era la tarde casi fría del 23 de septiembre del año 2003. Con más de 18 millones de votos, Gerhard Schröder, el abanderado del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), había sido reelegido nuevamente Bundeskanzler de Alemania. Dieciocho millones de votos eran demasiados, pero no habrían sido nada sin la ayuda de un partido incipiente, en apariencia insípido, pero contundentemente disruptor: Die Grünen (Los Verdes).

El Nachtzug (tren nocturno) arribó a la estación y lo abordé con sentimientos encontrados: Yolanda Yebra, entonces mi editora en el periódico Reforma de la Ciudad de México, me había escrito un e-mail horas antes: “Y ahora quiero un texto sobre el día después”. Hasta ese momento, mi cobertura sobre las elecciones federales del año 2002 había rayado en la perfección… hasta ese momento. No tenía un texto, tampoco la previsión de hacerlo: ni por mí, ni por ella, ni por el diario. Tú te habías presentado, la noche anterior, en la Max-Schmeling-Halle de Berlín, y yo había renunciado a verte en la consciencia de que la elección sería muy cerrada y que habría de decidirse a horas muy tempranas de la madrugada del día siguiente.

Así fue.

Los 18 millones de votos de Schröder apenas superaban por poco más de seis mil a la cifra similar obtenida por el candidato de la CSU/CDU, Edmund Stoiber. Pero Los Verdes de Joschka Fischer inclinaron la balanza a favor del SPD. Alrededor de las 3:00 horas del lunes 23 de septiembre, di por concluido mi trabajo y, al oprimir la tecla “send”, imaginé que todo había concluido.

Abordé el Nachtzug con la cabeza baja. En mi mente resonaban las palabras de Yolanda: “Y ahora quiero un texto sobre el día después”; y también mi respuesta: “No lo sé, ahora mismo estoy viajando a París, pero los trenes son modernos, quizá tengan Internet a bordo”.

En ese tiempo ya existían Google y Amazon, ya se había lanzado el iPod, pero el iPhone apenas era una bacteria necia y resiliente en la mente de Steve Jobs. Y la idea de un teléfono inteligente, un sueño de opio.

En una cabina incómoda con cupo para seis personas maldecí mi atracción por ti. Y luego, sin darme cuenta, en algún momento me quedé dormido.

La interacción del hombro de una mujer entrada en años golpeando mi mejilla me hizo despertar: mi cabeza se había rendido al esfuerzo de los días y noches anteriores en los que reportaba durante el día y escribía por las noches. Maldije mi decisión de no haber pagado un gabinete; me crucifiqué por no haber previsto la solicitud de Yolanda, pero entonces, en un recodo de mi imaginación, apareció la pupila dilatada de tu ojo izquierdo, y con ello la promesa que me había hecho años antes de volver a verte. De verte otra vez.

Cerré los ojos. Dormité y acaso es posible que haya dormido verdaderamente un poco. La llegada del Nachtzug de Berlín a París estaba pactada a eso de las 6:00 horas del martes 24 de septiembre en la estación Gare du Nord. Con los modos de un reloj antiguo, el reloj antiguo de la vieja Europa, así ocurrió.

Abandoné la estación con la idea de conseguir un taxi, pero la mañana de París me hipnotizó. Sin darme cuenta de lo que hacía, pese al cansancio y a esa noche terrible casi en vela, comencé a caminar por las calles de París. “En la siguiente calle cogerás un taxi, en la próxima intersección descenderás al metro, en ese cafetín que se acerca comerás un croissant”. Todo eso me dije y no me escuché. Cuando al fin pude darme cuenta, caminaba por Les Champs Élysées. Fue en ese momento en que al fin decidí abordar un taxi para dirigirme a mi hotel en la Rue de la Roquette.

El mediodía casi había llegado, y el sol de París presagiaba alegría. Pero yo sólo pude desplomarme sobre la cama en la consciencia de que esa noche, al fin, te vería.

Desperté con la emoción de un adolescente que habría de enfrentarse a su primera cita. Me duché, comí algo por ahí, y entonces abordé un taxi. Media hora más tarde arribé a Le-Zénith. Me sobraba un boleto, un boleto para alguien que nunca llegó, y apenas caminar unos cuantos pasos alguien me preguntó si me sobraba alguno. “Uno, sí”, dije. “¿Cuánto?”, preguntó mi interlocutor. “Cincuenta euros”, respondí. No dijo nada más, sólo extendió el billete y me marché.

La sala de conciertos no estaba llena en ese momento, y en realidad nunca se llenó. Yo descendí las escalinatas rojas y, aunque pude situarme en primera fila, decidí guardar la distancia respetuosa y pasional de los amantes eternos.

Las luces se apagaron, y percibí el ostinato. Como en el Nachtzug de Berlín a París, cerré los ojos. Escuché:

You’ve got your mother in a whirl
She’s not sure if you’re a boy or a girl
Hey babe, your hair’s alright
Hey babe, let’s go out tonight
You like me, and I like it all
We like dancing and we look divine
You love bands when they’re playing hard
You want more and you want it fast
They put you down, they say I’m wrong
You tacky thing, you put them on

Rebel Rebel, you’ve torn your dress
Rebel Rebel, your face is a mess
Rebel Rebel, how could they know?
Hot tramp, I love you so!

Regresé a Berlín la noche del día siguiente, esta vez con una extraña sonrisa en el rostro y habiendo pagado un gabinete con una cama para mí solo.

Aún me perseguían las palabras de Yolanda Yebra (“Y ahora quiero un texto sobre el día después”), pero también las imágenes y los sonidos de la que fue mi segunda y última cita contigo. De eso han pasado 15 años, tres meses y 17 días.

Te marchaste hoy, hace dos años, y dos meses más atrás de eso nos advertiste que te estabas muriendo. No todos los supimos, sólo unos cuantos, y me enorgullece, con mucha tristeza, haber sido uno de esos pocos que, por amarte tanto, supimos que te despedías de nosotros.

15 años, tres meses y 17 días después le entrego a mi editora, Yolanda Yebra, el texto que no le di aquel 23 de septiembre de 2002.

A ti, amado David, sólo te digo lo que canté con lágrimas en los ojos esa noche solitaria que te vi por última vez en Le-Zénith de París:

Rebel Rebel, you’ve torn your dress
Rebel Rebel, your face is a mess
Rebel Rebel, how could they know?
Hot tramp, I love you so!

 

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