El suicidio de las morsas

Por ANDRÉS TAPIA

En Nuestro planeta, la serie documental de televisión producida por Silverback Films y la World Wild Fund for Nature, y puesta al aire por Netflix en la primavera del año 2019, en el capítulo dos de los ocho que la componen, hay una secuencia que debería ser sobrecogedora y que, sin embargo, muy pocos parecen entender. 

En una isla cercana a la Península de Chukotski, la cual está situada en la zona más nororiental de Rusia, una multitud compuesta por más de 100,000 morsas se ha aglomerado en ese lugar con el afán de descansar. Ahí está su zona de caza, justo en ese sitio que es uno de los extremos del Estrecho de Bering, pero en tanto la banquisa del Círculo Polar Ártico, su hogar natural, se ha derretido y encogido por causa del calentamiento global, regresar ahí implica un suicidio, al menos durante el verano. 

Por ello han sobrepoblado la isla: cazarán en los alrededores y pernoctarán ahí hasta que el invierno haga crecer el hielo y su viaje de regreso a casa sea mucho más corto. Es sólo que el hacinamiento tampoco es algo soportable y algunos cientos de morsas comienzan a escalar los acantilados de la isla con tal de hallar un sitio para recobrar energía sin enfrentar conflictos. 

Lo que parece una solución es un error de consecuencias que no se pueden deshacer: cuando experimentan hambre o quieren descender al agua, premeditada o accidentalmente caen de alturas cercanas a los 80 metros. En tanto son animales que pesan entre 500 kilos y una tonelada, la caída es inevitablemente mortal.

No existen estudios ni investigaciones que sean concluyentes en torno al aparente suicidio de las especies animales. Sin embargo, es innegable que existen casos inexplicables en los que un grupo de individuos pareciera estar perpetrando una suerte de control demográfico con tal de perpetuar su especie.

Donald Trump, el todavía inquilino de la Casa Blanca y por ello presidente de los Estados Unidos, ha negado en innumerables ocasiones el calentamiento global. Para él se trata de una mentira, de un hecho no sólo no comprobado, sino de una invención de la mente de unos cuantos. En su diminuta concepción del Mundo, la cual es afín a sus millones de seguidores, un evento como el suicidio de las morsas es algo fútil e inocuo.

No es el único de su clase ni tampoco de su especie: los “líderes” de otros países, en su ignorancia y megalomanía, también han negado tres veces sin la advertencia de un mesías la posibilidad de que fenómenos naturales, físicos, geográficos y climáticos tengan lugar e incidencia en el planeta TierraAndrés Manuel López ObradorBoris Johnson y Jair Bolsonaro, por nombrar a los más evidentes, son algunos de los síntomas de esa epidemia creada al amparo del triunfo de ese concepto llamado democracia.

Queda claro que los líderes mundiales, al menos la mayor parte de ellos, obedecen a intereses personales que pasan por motivos egoístas, ideologías caducas o pasadas de moda y en algún caso taras inmemoriales. El problema, sin embargo, es que esos hombres y mujeres son de algún modo el reflejo de las sociedades que los encumbraron.

El advenimiento de la era de Internet hizo cambiar al Mundo en tan sólo tres décadas de una manera vertiginosa. El surgimiento de una pandemia ha acelerado ese cambio y al mismo tiempo nos devolvió, aunque no del todo, a un status anterior en la cronología de la evolución del homo sapiens.

Dios sigue siendo un concepto sagrado, pero bajo ciertas circunstancias es posible pisotearlo. A partir de lo anterior la ciencia también es cuestionable: HeródotoGalileoEinsteinNewtonFlemingCurie… ¡que les den por culo! Una horda de salvajes armados con una herramienta llamada Twitter así lo han decidido, poco importa que de los dos hemisferios de su cerebro el único que funcione sea el que está situado a la derecha.

En la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático que tuvo lugar en diciembre de 2018, David Attenborough, el científico y naturalista británico quien, además, es el narrador de la serie Nuestro planeta, advirtió a los ahí presentes: “Ahora mismo enfrentamos un desastre provocado por el hombre a escala global, es nuestra mayor amenaza en miles de años. Si no tomamos medidas, el colapso de nuestras civilizaciones y la extinción de gran parte del mundo natural se miran en el horizonte”. 

Unas semanas más tarde, en el Foro Económico Mundial de Davos 2019, Attenborough mostró a los hombres y mujeres que toman decisiones por la humanidad las escenas del suicidio de las morsas. El surgimiento del virus SARS-CoV-2 en WuhanChina, en noviembre de ese mismo año, aunque parezca un asunto no relacionado, es la prueba de que las palabras del científico y las imágenes que difundió fueron ignoradas de manera flagrante.

La película Contagio (Steven Soderbergh, 2011), una historia ficticia sobre la propagación de una pandemia, es hasta cierto punto un ensayo de lo que ocurriría el Mundo en 2020. La advertencia estaba ahí, pero la humanidad decidió ignorarla. Y cuando al fin la ficción usurpó a la realidad, 6,000 años de civilización parecieron esfumarse de golpe. 

Hubo quienes, hay quienes, menospreciaron y menosprecian los hechos y los atribuyeron alternativamente a un acto de fe o los calificaron de superchería, en uno y otro caso sin hacerlos pasar por el tamiz de la ciencia y la razón. El nuevo brote de contagios que se registró en Europa, el aumento de los mismos en Norteamérica y la aparición de una nueva cepa del virus en Reino Unido, deberían bastar para aplastar la soberbia y la ignorancia. Infortunadamente no será así

Al igual que las morsas, animales sociales por naturaleza, los seres humanos, motivados por las circunstancias, han abandonado el confinamiento y, acaso sin saberlo, de alguna manera han comenzado a trepar a los acantilados que parecen ofrecer seguridad y confort. 

Lo que sigue y hay ahí abajo, hasta ahora sólo lo saben las morsas.